1 de diciembre 2009 - 00:00

Un Verdi grave y bien cantado

La enorme calavera plateada concebida por el director escénico Louis Désiré le da un aire más ominoso a «I due Foscari».
La enorme calavera plateada concebida por el director escénico Louis Désiré le da un aire más ominoso a «I due Foscari».
«I due Foscari». Tragedia lírica en tres actos. Mús.: G. Verdi. Lib.: F. M. Piave. Dir. mus.: C. Vieu. Régie, esc. y vest.: L. Désiré. Ilum.: R. Conde. Prep. Coro: M. Ayub. Orq. Est. y Coro Est. Teatro Colón. (Teatro Coliseo). Próx. Funciones: 1 y 5/12. 

El Teatro Colón clausuró su temporada lírica con una nueva producción de «I due Foscari», de Giuseppe Verdi. En ella, el maestro de Busseto continúa explorando el universo lírico aspirando a una consolidación de su manera de componer, sin dejar de ser fiel a los procedimientos típicos de su tiempo y siendo recurrente en la plasmación de melodías y canto que se ligan a la tradición patriótica que le brinda, esta vez, el original de Lord Byron, un drama en verso en cinco actos, de 1821. Aunque parezca paradójica la actualidad de «I due Foscari», para los argentinos es providencial.

Los grandes temas y subtemas que se barajan en la historia trazada para la lírica de Verdi por Francesco María Piave tocan de cerca a esta sociedad actual, donde la justicia es tan rígida, oscura y desigual como en la Venecia del Cuatrocientos, donde la tortura psicológica es un método eficaz y se ejerce impunemente, en la que la relación filial resulta siempre tortuosa, donde el aglutinamiento familiar para luchar contra el «afuera» es moneda corriente y el dolor del exilio tiñe la existencia de los perseguidos políticos.

El director escénico Louis Désiré, creador además de una escenografía y un vestuario de fuerte carga simbólica, imaginó una puesta potente, de enorme vitalidad. Creó una vez más, como lo había hecho en el «Werther» de 2007, un espacio psicológico rodeado por rejas negras, prescindiendo de los oropeles venecianos del Renacimiento, concentrándose en la impunidad de las acciones, en la desesperación y en el camino de la muerte.

Como símbolo de ella, una enorme calavera plateada preside la escena en los actos I y II y se sienta a esperar en un ángulo de escenario, en el tercero, coronada de flores rojas como en las imágenes del mexicano José Guadalupe Posada, llenas de humor y aire tenebroso. Sólo cuando el canto del tenor recuerda la belleza de Venecia entrevista a la distancia, un sector del escenario se ilumina de un diáfano celeste.

Gran trabajo del director escénico que asimismo le da preeminencia a los hijos de Foscari en el intenso drama familiar. Las luces de Rubén Conde son acordes con la propuesta teatral. La interpretación musical tuvo poderoso impulso en el director verdiano Carlos Vieu que condujo la Estable con su habitual garra pero también con sensibilidad y emoción. El Coro Estable cantó muy bien dirigido por Marcelo Ayub y en el reparto sobresalieron las voces de la valenciana Amparo Navarro, aguerrida y musical para un papel de grandes exigencias de volumen y dramatismo. En lugar de Luis Gaeta cantó un gran Foscari el barítono verdiano Fabián Veloz, que a pesar de su juventud resolvió con calidad su trabajo exigente en lo vocal y dramático. Cantó bien Gustavo López Manzitti una personificación muy demandante y trabajaron con capacidad Homero Pérez Miranda, Fernando Chalabe, Haydée Dabusti, Duilio Smiriglia y Mario De Salvo en papeles menores.

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