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Un Vivaldi glorioso, en lo instrumental
En reemplazo de la Orquesta Filarmónica de Liège programada originalmente (que tuvo que cancelar su visita a causa de los recortes presupuestarios impuestos a la cultura en Europa), el Mozarteum Argentino cerró su brillante temporada 2011 con el grupo véneto I Sonatori de la Gioiosa Marca. El prestigioso grupo, que debe su nombre al nombre que antiguamente recibía esa región italiana («La Marca Gioiosa») presentó el programa «Le donne di Vivaldi» («Las mujeres de Vivaldi») en el que se integró la música vocal -sacra y profana- e instrumental del «Prete rosso».
El toque original estuvo dado por las intervenciones de Filippo Plancher, quien tuvo a su cargo los textos de Myriam Zerbi que contextualizaron los sucesivos bloques en los que se dividió el concierto, narrando (en español) las instancias de la vida del compositor italiano con especial énfasis en las mujeres que poblaron su existencia, dividida entre la consagración a Dios y la sensualidad que trasunta su música. La idea de superponer por momentos el discurso hablado a la música, como en el «melodrama» que iba a surgir más adelante en el tiempo, aportó instantes de belleza, en especial sobre el final, antes del «In memoria aeterna» del «Beatus vir».
Integrado por excelentes profesionales guiados por el especialista Francesco Fanna, el ensamble instrumental tuvo un desempeño impecable, al igual que el solista Ivano Zarlenghi, quien interpretó el Concierto para laúd, cuerdas y continuo RV 93 e intervino con mandolina en una de las arias de «Juditha triumphans». Pero hubo una presencia que eclipsó (sin proponérselo seguramente) todas las demás: la de la flautista Dorothée Oberlinger, toda una estrella de su instrumento.
Con un físico escultural que bien podría valerle triunfos en las pasarelas, la alemana interpretó con un virtuosismo avasallante el famoso «Concierto para flauta sopranino» en Do RV 443. La ovacionada actuación de Oberlinger revitalizó un programa extenso y por momentos muy poco estimulante.
Lamentablemente el ensamble vocal no estuvo a la altura del instrumental, ya que las tres cantantes convocadas (que abordaron números de oratorios y óperas de Vivaldi) no tuvieron una performance acorde con el resto. Las empeñosas italianas Gemma Bertagnoli y Manuela Custer mostraron falencias en la proyección de sus voces, y su gestualidad rayana en lo caricaturesco no alcanzó para convencer plenamente en ninguna de sus intervenciones. Se debe sí rescatar la perfecta coloratura de Bertagnoli, que por desgracia fue casi inaudible en ciertos pasajes. La argentina Susanna Moncayo, mucho más sobria y siempre compenetrada con la música y el texto, no encontró sin embargo la forma de dar homogeneidad a su emisión, basculando con marcado contraste entre los registros de cabeza y pecho.
Con el bis «Segli è ver che la sua rota», trío de la ópera «La fida ninfa», cerró un concierto con algunos puntos memorables y otros menos afortunados, pero que constituyó un justo homenaje a uno de los más grandes compositores del Barroco.

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