22 de abril 2015 - 00:00

Una convivencia difícil, a bordo de una casa rodante

Claudio Tolcachir, creador de “La omisión de la familia Coleman”, estrenó ahora “Dínamo”, sobre tres mujeres que comparten una casa rodante.
Claudio Tolcachir, creador de “La omisión de la familia Coleman”, estrenó ahora “Dínamo”, sobre tres mujeres que comparten una casa rodante.
Claudio Tolcachir es uno de los pocos directores surgidos en la escena alternativa que no fue absorbido por el circuito comercial. Después de dirigir a figuras como Norma Aleandro y Mercedes Morán, en "Agosto. Condado Osage", o a Lito Cruz y Ana María Picchio en "Todos eran mis hijos", el dramaturgo y director siguió al frente de Timbre 4 (su teatro, escuela, compañía y cooperativa de trabajo), donde sigue desarrollando una intensa actividad desde hace más de una década.

En dicho espacio del barrio de Boedo creó "La omisión de la familia Coleman", su pieza más aclamada, con la que luego de transitar por numerosos festivales internacionales y varias temporadas de éxito, recaló en el Paseo La Plaza (Av.Corrientes 1660).

Fiel a su compromiso de teatrista independiente, el creador de "Tercer cuerpo", "Emilia" y "El viento en un violín" estrenó un nuevo espectáculo en la sala mayor de Timbre 4 (México 3554) llamado "Dínamo", que en esta oportunidad escribió y dirigió junto a Lautaro Perotti y Melisa Hermida.

La acción transcurre en una antigua casa rodante, donde conviven tres mujeres: una ex rockera (Marta Lubos), una tenista dispuesta a retomar su carrera deportiva después de varias décadas y una extranjera de lengua incomprensible que aparece y desaparece sigilosamente. Las acompaña en escena el músico y compositor Joaquín Segade.

Las funciones son los viernes y sábados a las 21 y 23. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Qué lo llevó a escribir y co-dirigir en trío?

Claudio Tolcachir:
Mucha gente me ha dicho: "¡Cómo se te ocurre! Es mucho más trabajo, todo hay que consultarlo antes". Pero como es una obra sobre la soledad, yo necesitaba crearla entre muchos. Y por otro lado, en cada obra siempre intento probar cosas nuevas. En esta oportunidad preferí no escribir solo y compartir la puesta, desde el inicio, con estos compañeros de equipo que además son mis amigos.

P.: ¿Sobre qué otro elemento se propuso experimentar?

C.T.:
Sobre el lenguaje. No queríamos que las situaciones dramáticas pasaran por lo textual. Eso nos generó algunos inconvenientes porque yo me formé haciendo obras de texto y sólo dirigí obras de texto. Fue un esfuerzo muy grande encontrar la manera de generar teatralidad sin que sea danza ni teatro de imagen. Hubo mucha experimentación a lo largo de un año y las actrices aportaron mucho a sus personajes.

P.: Eso de vivir en una casa rodante parece una imagen de película norteamericana.

C.T.:
Yo tuve mucha casa rodante y mucho camping en las vacaciones de mi infancia. En este caso, la casa rodante -al igual que las vidas de las protagonistas- es algo quedó a mitad de camino, esperando que llegue algún remolque. Las tres mujeres cohabitan casi sin saberlo. Transitan por un espacio común sin conectarse entre sí y esa mínima distancia potencia muchísimo su carga de soledad. Prefiero no anticipar más nada porque lo interesante de la obra es como se va filtrando la información. Hay gente que ha construido historias muy diferentes a partir de lo que vio en escena.

P.: ¿Los personajes no dialogan entre sí?

C.T.:
La que más habla es la extranjera que utiliza un idioma extraño pero es a la que más se le entiende lo que necesita y lo que le pasa. La rockera se comunica a través de la música y la tenista usa las palabras pero para no decir nada. Acá no hay un conflicto entre personajes, el conflicto lo tiene cada una con ella misma. Sólo se conectan con los objetos, hasta que en un momento empieza a haber una especie de acercamiento. No es que se unan pero logran una especie de convivencia extraña que las alimenta a las tres y pone algo de esperanza donde no la había. De allí el título, "Dínamo", que alude a algo que genera en sí mismo su propia energía.

P.: Pese a su exitoso paso por el circuito comercial, usted nunca abandonó su bastión en el teatro independiente.

C.T.:
Nunca. Es lo que me alimenta y me posibilita probar nuevas cosas que nos absorben la sangre entera. Trabajamos mucho y obsesivamente, pero siempre tratando de pasarla bien. Igual, hay algo de locura en todo esto, porque en los primeros diez años de Timbre nadie tuvo pareja, nadie tuvo hijos, ni auto, ni perro, ni nada (se ríe). Recién después de inaugurar nuestra segunda sala, todos respiramos un poco y empezamos a tener más vida propia.

Entrevista de Patricia Espinosa

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