18 de mayo 2011 - 00:00

Una “Flauta” monumental y naif

Con una «Flauta mágica» musicalmente satisfactoria, volvió al Colón Sergio Renán como régisseur: su puesta, entre faraónica e ingenua, recibió muchos aplausos.
Con una «Flauta mágica» musicalmente satisfactoria, volvió al Colón Sergio Renán como régisseur: su puesta, entre faraónica e ingenua, recibió muchos aplausos.
«La flauta mágica», Singspiel en dos actos de W.A. Mozart. Libreto de E. Schikaneder. Coro y Orquesta del Teatro Colón. Puesta en escena: S. Renán. Dirección musical: F. Chaslin (Teatro Colón, 15 de mayo).

Además de su recordada gestión al frente del teatro Colón, Sergio Renán le legó algunas puestas inolvidables como «Lady Macbeth de Mtsensk» o la trilogía Mozart-Da Ponte, de belleza austera e impecable y un planteo teatral siempre eficaz. No deja de sorprender entonces, la versión de «La flauta mágica» que realizó para la actual temporada lírica.

Cierto es que uno de los atractivos mayores de este Singspiel mozartiano es la posibilidad de ser encarado desde distintos puntos de vista, y Renán parece haber elegido el más ingenuo de todos (elección totalmente válida, por otra parte). Proyecciones realizadas en vivo y otros efectos especiales, escenografías faraónicas, animales del bosque que parecen salidos de un espectáculo infantil, guiños bergmanianos: todos estos recursos, y muchos otros, se reúnen en esta puesta con algunos momentos muy logrados y otros menos felices. Si bien hay conceptos discutibles, la producción recibió una calurosa recepción por parte del público, que sin dudas estaba celebrando también el regreso de este gran artista al Colón.

Desde el podio, el director francés Frédéric Chaslin realizó una buena labor y llevó los «tempi» con mucha agilidad, logrando un óptimo resultado por parte de la Orquesta Estable; lo mismo puede decirse del Coro preparado por Peter Burian. Como Tamino, el argentino Darío Schmunck debió afrontar un doble desafío: por un lado, encarnar un papel expuesto y difícil como suelen serlo los protagónicos mozartianos, y por el otro, cantar por segundo día consecutivo la ópera completa, ya que después de haber hecho el ensayo general el sábado a la noche, el domingo del estreno tuvo que reemplazar al tenor Patrick Henckens (afectado por una laringitis); Schmunck sorteó estos avatares y cantó con impecable estilo.

La soprano Lyuba Petrova, dotada de un instrumento de importante caudal, fue una Pamina compenetrada con el papel, por más que el exceso de vibrato y cierta tendencia a tomar las notas desde abajo deslucieron algo su actuación. El austríaco Markus Werba, encargado de interpretar a Papageno, sobresalió tanto por cualidades vocales como por histrionismo. Tras un comienzo tímido (posiblemente su ubicación en lo alto del escenario en el inicio del aria la perjudicó acústicamente), la soprano Aline Kutan (Reina de la Noche) se fue afianzando. Sin graves impactantes, Reinhard Hagen resultó un Sarastro apenas correcto, mientras que Osvaldo Peroni hizo gala una vez más de su comicidad como Monostatos. En el trío de las Damas de la Reina, que completaron Florencia Machado y Mónica Sardi, la soprano Virginia Wagner descolló apliamente, y los tres Genios encarnados por integrantes del Coro de Niños del Teatro abordaron sus partes con gran empeño. Con un canto por momentos difícilmente audible, Laura Belli fue una festejada Papagena. Pese a su juventud, Fernando Radó otorgó a su Orador toda la autoridad y la imponencia requeridas.

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