7 de octubre 2010 - 00:00

Una historia sueca con ecos reconocibles

«Momentos que duran para siempre» es la historia calma y sensible de gente de la otra punta del mundo, que nos llega como la de gente de la pampa gringa o del conurbano de hace un siglo.
«Momentos que duran para siempre» es la historia calma y sensible de gente de la otra punta del mundo, que nos llega como la de gente de la pampa gringa o del conurbano de hace un siglo.
«Momentos que duran para siempre» (Maria Larssons eviga ogonblick, Sue.-Din.-Nor.-Fin.-Al., 2008, habl. en sueco). Dir.: J. Troell. Guión: N. Radstrom, A. Ulfsater-Troell, J. Troell. Int.: M. Persbrandt, M. Heisakanen, J. Christensen.

¿Cuánto hace que no veíamos una película de Jan Troell? La última fue en Mar del Plata 1996, «Hamsun», con Max von Sidow, sobre el notable escritor filonazi Knut Hamsun, descripto como un hombre honesto. Esa pasó desapercibida. Pero una generación de espectadores recuerda todavía las tres muy exitosas que Troell realizó a comienzos de los 70, sobre los nórdicos en los EE.UU. del Siglo XIX, las tres con Liv Ullmann: «Los emigrantes», «La nueva tierra», en ambas haciendo pareja con von Sidow, y «La esposa comprada» (Zandys Bride), con Gene Hackman, sobre la novela de Lilian Bos Ross «The Stranger». Permisos del idioma, «stranger» era tanto la mujer inmigrante como el vaquero bueno pero medio bruto que pasaba largo tiempo fuera de casa.

Con estos personajes tienen cierta coincidencia los de la película que ahora vemos, ambientada entre 1907 y comienzo de los 20. Una esposa finlandesa, trabajadora, de mucho aguante, una familia numerosa, y un marido jovial, mujeriego, borrachín, muy trabajador, compasivo con los animales, habituado a imponer disciplina con el cinto grueso. Nada fuera de lo normal en esa época. La propia maestra de su hija considera que el rey de Suecia les habrá pegado un poco también a los príncipes, para criarlos como es debido.

Cierto que la mujer está mejor cuando el hombre se queda en la cárcel por un tiempo, y que incluso tiene quien la valore fuera de casa, alguien que percibe su lado artístico y la ayuda a trabajar por su cuenta como fotógrafa, con una Contessa de placa, todavía no de rollo, que le abre un mundo nuevo, del que su marido recela. Como buen bruto, desconfía de todo lo que no conoce. Por ejemplo, del crecimiento de su esposa. Pero quizá se quieren, deduce la hija, que es quien cuenta la historia.

Gente pobre que paulatinamente va progresando en la vida, y que tiene su pequeña emigración, del puerto viejo a un pueblo agradable, del conventillo a mejores casas, y de una sola bicicleta al carro y la camioneta. Gente cuyos hijos Jan Troell alcanzó a conocer.

Ésta es la historia de la familia de su esposa, que participó en el guión. Una historia sueca, de gente de la otra punta del mundo, que, sin embargo, nos llega como cualquier otra historia de gente de por acá, de la pampa gringa, o del conurbano de hace un siglo, de nuestras propias familias. Sólo que sin mayores gritos ni exabruptos, porque son nórdicos y no latinos, y porque Troell siempre amó el medio tono, la contención, apenas la sugerencia del drama. No fueron muy logradas las pocas películas que hizo con picos dramáticos a pedido de Hollywood. Lo suyo es esto que ahora vemos, el relato tranquilo, como de esa gente vieja que recuerda a sus padres sin juzgar sus limitaciones, sólo considerando los sacrificios que hicieron, los momentos de duelo, de revelación, y de fiesta. Momentos que duran para siempre, como dice el título que acá, muy adecuadamente, le pusieron a esta película.

En la dirección de fotografía, el propio Troell, que ya había hecho esa labor en sus viejos films. Ahora lo secunda el ruso emigrado Mischa Gavrjuslov. Una fotografía de luz mayormente natural, tranquila, como la que conocieron sus mayores, sin digitalizaciones, ni edulcorantes, ni saborizantes. La vida real.

P.S.

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