14 de abril 2011 - 00:00

Una magistral lección de improvisación

En 1720, Johann Sebastian Bach visitó Hamburgo y durante dos horas improvisó en el órgano para el gran Johann Adam Reincken, un anciano maestro de la improvisación. Después de escucharlo, éste dijo a Bach: «Yo creía que este arte había muerto, pero ahora veo que aún vive en usted». Si bien es evidente el abismo entre lo que podemos intuir de aquellas improvisaciones bachianas, hechas sobre la base de melodías preexistentes y pautas más rígidas, y las de Keith Jarrett (nacido en 1945), el paralelo entre ambos surge por sí solo: Bach en su momento y Jarrett en el suyo son máximos representantes de este arte tan complejo, sutil, fugaz.

La sala, colmada hasta sus últimos huecos (salvo en la platea, donde no faltaron las butacas vacías), era conciente de estar asistiendo a una noche irrepetible. Jarrett, uno de los espíritus más inquietos del mundo musical, que ha transitado por el clave, el clavicordio, el órgano, el saxo, la batería, que ha grabado obras de autores «clásicos», y que hoy se encuentra en toda su madurez artística, puede abrevar en todas esas fuentes y experiencias y ponerlas al servicio de un momento y un lugar.

A lo largo de los 13 bloques en los que se dividió la velada (contando los «fuera de programa», si es que se puede hablar de programa en una propuesta como ésta), el pianista desplegó una gama variada de texturas entre las que se destacó el «impresionismo» de los bloques 2, 8 y 11. La suerte de «berceuse» del quinto tramo, en que su cuerpo se fundió con el piano, mostró su delicadeza más sublime, y su técnica ilimitada le permitió trazar líneas veloces en el inconfundible «estilo Jarrett» en otros momentos del recital.

Ese festín de música hubiera podido ser disfrutado en toda su medida de no haber sido por su irritabilidad, ya que parece pretender de un auditorio de más de 3000 personas enfervorizadas por su presencia una conducta monacal. De hecho, se podría hacer una crónica entera sólo de sus interrupciones, reprimendas al público por toser o sacar fotos, pero parece más válido hablar del efecto que causaron: un ambiente tenso de personas que habían esperado ese momento con avidez y pagado mucho para estar ahí, y que sentían que una sola tos podría terminar de repente con el sueño. El maestro de la improvisación, del hecho artístico irrepetible en un momento y lugar, parecía haber olvidado que la música no existe sin oídos que la escuchan, y que esos oídos son, pese a él, irremediablemente humanos.

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