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Urnas preludian un tiempo de más ajuste y dolor
A Nuno le pasa como a la mayoría de sus compatriotas. En el país más pobre de Europa occidental, sacudido por una crisis económica, financiera, política y social, las perspectivas no son nada buenas.
Es que las noticias son demasiado malas, las advertencias demasiado aterradoras como para que surja la más mínima esperanza. «Tras las elecciones, todo será diferente, será mucho peor». Quien afirmó esto, en un artículo para el Diario de Noticias, es nada más ni nada menos que el legendario Mario Soares.
El exjefe de Gobierno y expresidente del país, fundador del Partido Socialista (PS) y gran artífice de la democratización lusa tras la Revolución de los Claveles en 1974, critica lo que califica de «mezquino juego de intrigas» de los partidos políticos y de falta de planificación del futuro.
Las elecciones anticipadas se convirtieron en necesarias después de que el primer ministro socialista José Sócrates tiró la toalla en marzo, luego que su Gobierno de minoría no consiguiera el apoyo del Parlamento para un nuevo programa de ahorro -el cuarto en menos de once meses.
En las elecciones de 2005, Sócrates había guiado a los socialistas al mejor resultado de su historia, obteniendo una festejada mayoría absoluta en la Asamblea de la República. Pero el primer mandato del «sonnyboy» estuvo marcado por un magro crecimiento económico, así como por varios escándalos de corrupción. Por ello, en las elecciones de 2009, los socialistas se impusieron con sólo el 36,5% de los votos. Ahora los portugueses le pasaron una factura mucho más abultada.
La mayoría de los portugueses, empobrecidos y desesperanzados, desconfían de todos los políticos, pero saben que es necesario un Gobierno fuerte para tener mínimas posibilidades de salir de la crisis.
«Un Gobierno fuerte es indispensable. Por el bien del país, terminemos con esas guerras de partidos», pidió varias veces el presidente de la Federación Industrial CIP, António Saraiva. Las campañas proselitistas estuvieron marcadas por fuertes acusaciones e incluso ofensas. El nuevo Gobierno deberá asumir un mes después de los comicios, o sea, a principios de julio. Y no tendrá tiempo «ni para sentarse», como dijo el ministro de Finanzas, Fernando Teixeira dos Santos.
Y es que ya en julio, Lisboa tiene que comenzar a poner en práctica las draconianas medidas de ahorro acordadas con la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
El país negoció un paquete de ayuda de 78.000 millones de euros. Muchos, sin embargo, creen que esta ayuda no será suficiente.
Mientras tanto, los portugueses se preguntan dónde podrán o deberán apretar sus cinturones, tras un año y medio de innumerables medidas de ahorro y aumentos de impuestos, en un país que tiene un salario mínimo magro de 475 euros y un desempleo récord del 12,5%.
«A las familias ya no se les pueden pedir más sacrificios», advierte Eugenio Fonseca, presidente en Portugal de la organización humanitaria Caritas. Sólo en lo que va de 2011, los pedidos de ayuda a Caritas en Portugal aumentaron el 40% frente al año pasado.
El diario Público difundió la semana pasada un informe de la Universidad Técnica de Lisboa, según el cual el 40% de los niños portugueses viven en situación de pobreza.
Todos los días hay protestas en el centro de la capital, las huelgas aumentan y los entendidos afirman que el país registra la segunda mayor oleada de emigrantes de los últimos 160 años.
Pero la revista Visão trata de ver las cosas de forma optimista: «Ya estuvimos una vez en la bancarrota, ya perdimos nuestra independencia, ya vimos a Lisboa totalmente destruida (por un terremoto). Y todavía estamos aquí», afirmó recientemente en primera página.
Agencia DPA


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