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Valiente registro de la realidad birmana
El documental «Burma VJ» está hecho con imágenes registradas por periodistas birmanos que, corriendo graves riesgos (tortura, cárcel y muerte), se las ingenian para enviar su mensaje al mundo exterior.
Burma, Birmania, o su nombre oficial, Myanmar. Un país lejano, exótico para muchos, que aprecian la belleza de sus templos dorados, la platería de Mandalay, los muebles de teca y las jovencitas cariñosas. País de lluvias tropicales, posición estratégica, y gobierno militar socialista («la vía birmana al socialismo») desde 1962. Aliado principal, su defensor en los foros mundiales, China Comunista, que tiene allí una base. Grandes figuras, el general Aung San, que independizó al país del yugo británico y enseguida murió a manos de otros militares, el embajador U Thant, que llegó a secretario general de la ONU, desempeñó gran papel en los 60 y se quedó a vivir en Nueva York, y Suu Kyi, hija del primero, amplia ganadora de las elecciones presidenciales de 1990, y desde esa misma semana presa en su casa hasta el 13 de noviembre de este año.
No se gana para sustos en Birmania. Pero aun así, hay en ese país unos periodistas que, sufriendo los peores sustos y hasta tortura, cárcel y muerte, se las ingenian para existir y enviar sus mensajes al mundo exterior. «Noticias de un país cerrado», se subtitula este documental danés, que muestra cómo ese grupo, bajo el nombre internacional de Democrativ Voice of Burma, cubre la información más peligrosa, la envía secretamente al exterior, y desde una base noruega la da a conocer al mundo y a su propio país. Así se difundieron, por ejemplo (y están en Youtube) las multitudinarias manifestaciones del 2007 encabezadas por monjes budistas, la represión que mató al fotorreportero japonés Kenji Nagai, el cuerpo de un monje flotando en el Rangún. Todo con camaritas digitales ocultas, celulares con cámara, transmisión por internet, si anda, o por contrabando a Tailandia, si alguien se anima y tiene suerte.
Defecto perdonable
Anders Ostergaard recrea con un personaje ficticio, alias Joshua, la actividad de esos reporteros forzosamente anónimos, y centra la historia en esas jornadas del 2007, cuando por unos pocos días se tuvo la ilusión de un cambio. Bueno, cambio hubo. En 1988 el gobierno mandó matar más de 3.000 manifestantes a lo largo de un solo día y a la vista de todos. Esta vez, por miedo a las cámaras, sólo hubo tiros al aire, una veintena de muertos en la calle, y el resto, hasta completar el promedio, fue asaltado a la noche y muerto en prisión. Es cierto, emplear un personaje ficticio en un documental disminuye la credibilidad, pero las imágenes callejeras que vemos y el testimonio de los monjes golpeados en el monasterio, son harto convincentes. Esa gente merece nuestro mayor respeto, y el documental, aunque parezca algo ingenuo por momentos, realmente vale la pena.
Dato al margen, de Ostergaard se vio años atrás, en Mar del Plata, otro documental interesante: «Tin Tin y yo», biografía del amado y polémico dibujante Georges Remi, alias Hergé, el papá de Tin Tin. Ese también vale la pena.
P.S.


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