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Vibrante pintura de la intimidad del poder
Aunque un poco discursivo ya que privilegia el debate de ideas sobre la acción dramática, interesa el espectáculo de la compañía francesa D’Ores et Déjà; lástima que en el Polo Circo hace frío y se filtra el ruido de la calle.
Justo donde finaliza «La muerte de Dantón» de Georg Büchner (escrita en 1835), da comienzo «Nuestro terror», pieza de creación colectiva de la compañía DOres et Déjà («de aquí en más»; nominada en Francia al Premio Molière en el rubro revelación teatral masculina)- que recrea el período denominado «la terreur» (el terror) de los años 1793-1794.
Tanto la obra de Büchner como este espectáculo que dirige el joven director Sylvain Creuzevault, están basados en documentos históricos. El elenco francés privilegió los discursos y el debate de ideas por sobre la acción dramática, sin afectar la honda humanidad de estos personajes que no disimulan sus debilidades, desbordados por los disturbios internos, el descontento popular, la creciente rivalidad entre distintas facciones y el acoso de fuerzas enemigas en las fronteras de Francia.
Son las semanas previas a la caída de Robespierre (ejecutado en 1794). En escena, ocho miembros de su entorno se reúnen con su líder alrededor de una gran mesa, entre bandejas de sándwiches, botellas de vino, mapas y blocks de notas, con el fin de discutir todo tipo de medidas, que van de la introducción del cultivo de la papa (para paliar la hambruna general) a estrategias militares, políticas represivas y hasta una precursora ley de divorcio.
La muerte de Dantón se proyecta como una sombra ominosa sobre los miembros del Comité de Salvación, que carecen del carisma de su ex camarada y deben gobernar en medio de una guerra de egos y de mutua desconfianza (todos creen encarnar la verdad y la ley). El entusiasmo revolucionario choca contra la burocracia de la autoridad y se corrompe seducido por la perversa concentración de todos los poderes en una sola mano. Acallar a los disidentes termina siendo el objetivo principal de quienes se rebelaron contra el despotismo monárquico.
Esta vibrante reconstrucción de la intimidad del poder (es como espiar por el ojo de la cerradura una reunión de gabinete en medio de una catástrofe) tal vez peque de discursiva ya que resulta casi imposible apartar la vista del subtitulado electrónico durante las dos horas de función.
En la segunda parte se introducen algunas escenas oníricas (un fantasmal Danton acompañado por un cellista) y explotan chorros de sangre por todos lados. Robespierre, ya caído en desgracia, blanquea su rostro con pintura y se cambia su ropa de calle por otra de época. Sobre el final comparte con su camarada Saint Just un bellísimo contrapunto vocal.
El público ocupa dos gradas enfrentadas (muy cerca de los actores) como mudo representante de un pueblo que ha dejado de confiar en sus representantes.
Pese al gran interés que despierta este material, no resulta fácil concentrarse en la acción dramática, dada la falta de aislamiento acústico (los ruidos de tránsito se hacen sentir) y el frío invernal que obliga a no quitarse los abrigos, por más que la carpa esté calefaccionada. Estas incomodidades no amedrentaron a los que asistieron, el lunes, a la función de prensa e invitados. Fueron ellos quienes aportaron el calor que faltaba con sus entusiastas aplausos.

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