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Wall St. no se preocupa por el techo de la deuda
En 2011, la tozudez de los dos partidos mayoritarios provocó una zozobra que aún se recuerda. No dañó la fe en los bonos del Tesoro (nadie piensa que se querrá matar a la gallina de los huevos de oro afectando sus pagos), pero sí estremeció a la Bolsa. La paradoja fue notable: la deuda soberana perdió su calificación AAA a manos de Standard & Poor's, lo que nunca antes había sucedido, y el Dow Jones se hundió 1.900 puntos entre julio y agosto. ¿Los papeles del Tesoro? Subieron de precio por su rol incólume como refugio. ¿Será que la historia se repite en 2013? La intransigencia no cedió un ápice. Pero la situación es muy superior. No había holguras en 2011 y la solución política se forjó sobre el límite del reloj: el Tesoro disponía de caja hasta el 2 de agosto; el acuerdo se firmó el 31 de julio. Con la tinta aún fresca, pero espantada por la dinámica de la negociación, Standard & Poor's no trepidó en guillotinar la calificación pocos días después. Fue una semana para enmarcar. El Dow Jones, en una sola rueda, cayó más del 5%. Y más del 17% entre puntas. La volatilidad implícita de las acciones -el índice VIX - saltó a una lectura extrema de 50. Demandó medio año recuperar las cotizaciones: recién en febrero de 2012 se pudo sobrepasar la cumbre pos-Lehman de julio de 2011.
Si el riesgo de colisión con el "techo" rígido de la deuda era uno de los escollos más filosos en la agenda de la Bolsa -y lo era- es una excelente noticia que corresponda quitarlo de allí. El mérito es de las cuentas públicas. En abril, un mes clave por la concentración de vencimientos impositivos, el de mayor recaudación, los ingresos del Tesoro crecieron el 27% interanual. El superávit mensual -casi 113 mil millones de dólares- duplicó las cifras de un año atrás. Con esos números en mano, la Oficina de Presupuesto del Congreso corrigió sus estimaciones del ejercicio 2012-2013. Mochó el déficit en 200 mil millones de dólares para situarlo en 642 mil millones de dólares. Confirma así que, por primera vez desde la Gran Recesión, el desequilibrio se hundirá por debajo del billón de dólares. En la mejoría confluyen un sólido repunte de la recolección de impuestos personales y corporativos, fruto -en partes iguales- del fortalecimiento de la actividad económica y del cambio de las reglas tributarias; una reducción del gasto (que equivale en su magnitud al "sequester" compulsivo pero que también se beneficia de un menor pago de intereses, pese a la deuda creciente) y, también, el aumento en el giro de utilidades de Fannie Mae y Freddie Mac. Las agencias hipotecarias, intervenidas por el Gobierno poco antes del derrumbe de Lehman, han mutado a rendidoras vacas lecheras. Y, desde el año pasado, el Tesoro les ordeña, cada trimestre, toda su rentabilidad. Freddie Mac remitirá 7 mil millones de dólares. Y Fannie Mae, que ganó 8 mil millones, utilizará un recurso impositivo contable para transferir 59 mil millones de un envión (aunque luego deducirá la diferencia con un menor pago de impuestos). Las agencias le sacaron las castañas del fuego a Jack Lew, el tesorero de bajo perfil que reemplazó a Tim Geithner.
Hay un mensaje para Europa. EE.UU., que priorizó el estímulo, que puso el caballo del crecimiento delante del carro de la austeridad, progresa también en el frente fiscal. El déficit que supo ser del 10,1% del PBI en 2009 se reducirá al 4%. Y la proyección es que baje al 3,4% el año próximo y alcance un piso del 2,1% en 2015. Si la economía retiene la capacidad de crecer al 2% anual (y ello requiere simplemente no ponerle palos en la rueda), los resultados podrán ser aún mejores. El estímulo no está reñido con la austeridad, con el emprolijamiento de las finanzas públicas. En EE.UU. es lo que lo está haciendo posible.


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