La 31° Feria Internacional del Libro, ya camino del polirrubro (relojes, guitarras y discos lo atestiguaron), fue escenario el último 26 de abril de la aparición de uno de los pocos libros valiosos presentados allí: «Mi estimado señor: cartas de Mary Mann a Sarmiento». Patricia Pasquali, Horacio Reggini, María Sáenz Quesada, Barry Valleman y María Ester Vázquez formaron el abultado panel que, en una sala con estructura, materiales y acústica de caja de zapatos, y acosada por los altavoces de este lado y preparativos de un espectáculo equino por aquél, intentó saludar la aparición del libro. Vázquez, representando a la Fundación Victoria Ocampo, fue la desdichada conductora. Tan desmedidos fueron los elogios que derramó sobre sus compañeros que las sombras de Mary Mann y Sarmiento no se hubiesen atrevido a asomarse ante la sapiencia de semejante quinteto. Sin estar por supuesto a la altura de las alabanzas recibidas (ningún mortal podría estarlo), Pasquali habló, sin papel por delante, amena e inteligentemente, sobre el tema en cuestión. La superpoblación sobre el escenario no le permitió extenderse, cosa que el público seguramente lamentó. Sáenz Quesada expuso, también con conocimiento y convicción, sobre las mujeres de Sarmiento. Propuso también que una calle en la zona de Puerto Madero llevase el nombre de Mary Mann. Homenaje que, pese a su absoluta justicia, el anacrónico espíritu antiyanqui de los argentinos (esto es de quien firma y no de la disertante), hará seguramente difícil. Bueno sería que esta historiadora dedicase un libro a las matronas y amantes de Sarmiento, ya que los dos existentes, el de Fariña Núñez y el de Guerrero, poco y nada importan.
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Tras la feliz aparición de ambas damas, cayó la noche de los caballeros. El ingeniero Reggini comenzó leyendo mal su propio prólogo al libro y dejando en claro, con intrascendentes comentarios, que lo suyo es la ingeniería. Ni el escrito mencionado ni su endeble libro «Sarmiento y las telecomunicaciones» lo hacen acreedor al título de «experto en Sarmiento» que Velleman, generosamente, le otorga. El trabajo editado por Velleman es, sin embargo, valioso, y su contribución al mejor conocimiento de nuestro escritor, sino esencial, al menos significativa.
Lo mejor de su introducción son las cinco páginas dedicadas a la reforma educativa norteamericana inspiradora del argentino. El trabajo del profesor tiene su lado más flojo en las copiosas notas al pie; el treinta o cuarenta por ciento son descartables. ¿Qué importancia tiene que «La hija de Emerson, Edith (1841- 1929) se casaba con William Hathaway Forbes (1840-1897)» (n. 22); «esta carta fue escrita el viernes, no el sábado» (n. 368), o la presumible identificación de un comerciante de maderas, cuyas oficinas estaban en 242 Water Street, Chicago (n. 328).
Ciertos resabios puritanos parecen rondar por su noterío; Ida Wickersham, la joven amante norteamericana de Sarmiento, tiene una nota (n. 532) más asexuada que la del mencionado maderero. Y cuando en su introducción hace referencia al platónico Eros que vinculaba al argentino con la ilustre viuda, cita a Patricia Ard.
Tampoco es Velleman de aquéllos capaces de arriesgar: innumerables son sus « presumiblemente», «tal vez», « probablemente», « posiblemente», y otros reaseguros. Para este tipo de erudición no se necesita importar sabios. En definitiva, Barry L. Velleman no es de la misma madera que Bunkley cuyo «The Life of Sarmiento» será leído siempre con placer y provecho. Como cierre del acto, María Esther Vázquez sumó su último y más morrocotudo elogio al más grande de los eruditos sarmientinos, sin obra alguna de valor por supuesto. (*) Especialista en temas sarmientinos.
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