Para Sophie Dannenberg,
la consecuencia de «las
ideas del ’68» fue la
renuncia a la puntualidad,
la eficiencia y el trabajo.
Berlín - Se ven a sí mismos como una minoría casi clandestina, como excéntricos en el paraíso del consenso que es Alemania. Algunos se denominan liberales; otros, neoconservadores; otros rehúyen etiquetas. Dicen no a los que dijeron no, a la llamada generación de 1968. O como mínimo, ponen en duda su herencia.
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Jóvenes escritores, periodistas y universitarios alemanes han irrumpido con una dura crítica al '68: la generación de las revueltas estudiantiles, la revolución sexual y antiautoritaria. La novedad no es que se ponga en duda a la generación de los '60, en círculos conservadores, «sesentayochista» es desde hace tiempo un insulto, la novedad es que los ataques procedan ahora de posiciones alejadas del conservadurismo alemán tradicional, que sea la generación de los hijos del '68 quien eleve la voz contra sus mayores. Sophie Dannenberg, nacida en 1971, es una de las sensaciones literarias con «El pálido corazón de la revolución», sátira de la revolución de los '60. «Primera novela que enfrenta a los del '68 desde el punto de vista de sus hijos». Para Dannenberg de la hegemonía del '68 ha resultado la renuncia a valores como la puntualidad, la eficiencia o el trabajo, considerados tradicionalmente alemanes. Otro reproche es a la educación antiautoritaria, que ahora algunos hacen responsable del descenso de los niveles educativos. «Los hijos del '68 están a menudo desorientados, tanto políticamente como espiritualmente», constata Dannenberg, quien advierte de que no es hija de sesentayochistas, aunque compartió experiencias de éstos, como ir a una guardería alternativa. A raíz de su libro recibió muchas cartas de jóvenes que sufren secuelas por la educación de la época. Aunque Sophie Dannenberg rechaza cualquier etiqueta política, subraya que ella «se siente inscrita en la tradición de la Ilustración». «Este libro ha roto un tabú. Verbalizó lo que ya se sabía. A muchos les ha parecido una traición. Que desde el principio los conservadores atacasen el 68 es lógico -dice-, pero que el libro haya desenmascarado el 68 con argumentos e interpretaciones de izquierdas ha dolido».
Por su parte, los universitarios Ingo Way y Michael Holmes, que difunden sus ideas liberales por internet, provienen de la izquierda radical proisraelí, pero rompieron con ella porque discrepaban de sus críticas al capitalismo. Y ahora, desde «Amigos de la sociedad abierta», combaten el antiliberalismo, el antisemitismo y el antinorteamericanismo. Ellos no se consideran hostiles al '68. «Creo que está sobrevalorado, se cuelgan medallas por avances que habrían sucedido igual, como la revolucion sexual», opina Way, de 30 años.
Contra esta supuesta hegemonía del '68, que se pone de manifiesto en el rechazo masivo de los alemanes a la política exterior de EE.UU. o en la defensa del Estado de bienestar, se elevan autores como Mariam Lau, nacida en 1962, jefa de opinión del diario conservador «Die Welt».
A diferencia de los conservadores tradicionales alemanes, que siempre han sido críticos con el'68, muchos neoconservadores alemanes, como sus modelos norteamericanos, provienen de la izquierda. «Los neoconservadores quizá son cien personas en toda la República. Pero he escrito sobre ellos porque antes en Alemania no existían», dice Mariam Lau, durante un almuerzo en el club de la Axel Springer Haus, en Berlín, desde el que se divisa toda la ciudad. El edificio - y su relación con Mariam Lau- tiene historia. El magnate de la prensa Axel Springer, fundador de «Die Welt», lo hizo construir en la parte occidental de la ciudad, justo al lado del Muro, como símbolo de la libertad, cuya visión era ineludible desde el Berlín comunista. Springer, fallecido en 1985, era el archienemigo de los sesentayochistas. Por ejemplo, del padre de Mariam Lau, exiliado iraní en la Alemania de los '60 y activista al lado de Rudi Dutschke, líder de la izquierda radical estudiantil de la época. Su hija, Mariam Lau, luego de ocupar cargos de responsabilidad en el «Tageszeitung», el diario de la izquierda contracultural berlinesa, se pasó de bando. En 1989, la caída del Muro la encontró estudiando en EE.UU. y, ante el entusiasmo de sus colegas americanos, se dio cuenta de la indiferencia de la izquierda germanooccidental respecto a la dictadura vecina, mientras se movilizaba por Nicaragua. Lau no tiene inconveniente en ser llamada neoconservadora, aunque prefiere la etiqueta de liberal. No niega los logros de la revolución del '68, como mayor libertad individual en las relaciones de pareja. Pero cree que el antiautoritarismo del 68 influyó en fenómenos como la prolongación de la adolescencia hasta bien entrada la treintena, el que los alemanes sean reticentes a tener hijos o el que muchos padres jóvenes rehúyan el conflicto con los hijos.
Frente a posiciones consesivas, la novelista Sophie Dannenberg ve en el '68 un problema que va más allá de la revolución en las costumbres. Algunos elementos de la izquierda radical de los '60, que se rebeló contra los restos del nazismo que quedaban en la sociedad alemana de la época, derivan del nazismo, sostiene y cita el ensayo «La bomba en la casa de la comunidad judía», del historiador Wolfgang Kraushaar, nacido en 1948. Kraushaar, que estudió en ensayos anteriores el carácter violento del movimiento estudiantil de los '60, investigó el atentado frustrado contra la sede de la comunidad judía en Berlín del 9 de noviembre de 1969, fecha en que, 31 años antes, los nazis organizaron el pogrom de «La noche de los cristales rotos». Kraushaar abrió una polémica sobre vínculos entre antifascismo y antisemitismo, canalizado a través del combate contra Israel. El debate sobre el '68 entronca así con el trauma alemán, con la Alemania nazi y el holocausto.
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