12 de marzo 2008 - 00:00

"Angel-A"

RieRasmussen,el ángeldanés de LucBesson en elirregularpolicialnew age«Angel-A».
Rie Rasmussen, el ángel danés de Luc Besson en el irregular policial new age «Angel-A».
«Angel-A» (Id., Francia; 2005; habl. en francés). Dir.: L. Besson. Int.: J. Debbouze, R. Rasmussen, G. Melki, S. Riaboukine.

Un año atrás, el director francés Luc Besson dijo a este diario que había filmado «Angel-A» en los momentos libres que le dejó la fatigosa producción de «Arthur y los Minimoys». Quería despejar la mente y regresar al cine para adultos, casi -confesó- como si se tratara de un ejercicio terapéutico. Algo de eso puede advertirse en este raro experimento consistente en mezclar cine noir con la envejecida moda new age de los «ángeles», que reinó y murió con los '90, y cuyo mayor ejemplo en el cine fue el film de Wim Wenders «Las alas del deseo».

En realidad, lo que le ocurre a André (Jamel Debbouze) se parece más a lo de James Stewart en «Qué bello es vivir»: que lo salve un ángel en el preciso momento en que está por arrojarse a un río. Con algunas diferencias, desde ya, porque ni André es un padre de familia ejemplar sino un marginal que le debe 40.000 euros a mafiosos parisienses (alega que hizo un mal negocio en la Argentina, claro), ni el ángel un viejito bonachón sino la descomunal danesa Rie Rasmussen, cuyas piernas miden casi tanto como todo André.

La fábula, tantas veces vista, tiene la particularidad de transcurrir contra un fondo que aparentemente la rechaza, como es el noir francés (París, además, está estupendamente fotografiada en blanco y negro, tonalidad por excelencia del «cine de ángeles»), y esa mixtura, si bien estimulante y creativa en ciertos momentos, decae en otros cuando aflora lo peor del lenguaje new age, que envuelve a Angel-A y André en devaneos sobre identidad, amor propio, etc. Todo demasiado trillado. Allí es cuando se extraña que el policial como tal no siga su curso.

Queda, como dulce para los ojos, no sólo esa recreativa fotografía de París sino sobre todo el magnetismo de la Rasmussen, capaz de hasta hacer olvidar sus lecciones sobre autoestima transcendental.

M.Z.

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