7 de marzo 2006 - 00:00
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Paul Haggis, con sus
dos Oscar (Guión y
Mejor Film por «Vidas
cruzadas): ni él lo podía
creer el domingo. Al
lado, el taiwanés Ang
Lee, ganador como
Mejor Director por
«Secreto en la
montaña» pero
perdedor en la categoría
mayor. Tampoco él lo
podía creer.
Este atípico Oscar número 78 siguió acumulando diferencias con respecto a los años anteriores. Esta vez, no hubo un claro favorito (como «La lista de Schindler», «Titanic», «El señor de los anillos III»), y ni siquiera dos (como el año pasado, cuando dividieron honores «Million Dollar Baby» con «El aviador»). El reparto de los premios pareció, más que el resultado de un sufragio vasto y recíprocamente inconsulto entre los miembros de la Academia, el efecto de una calculada partición.
Salvo la ambigua «Munich» y la anti-establishment «Buenas noches, buena suerte» (algo que era obvio, y así fue), ninguno de los candidatos restantes se quedó sin premios, pero todos ellos con un techo preciso. «Secreto en la montaña» lo tuvo en guión adaptado, en música (por fortuna nacional éste, ya que le correspondió a Gustavo Santaolalla) y por mejor director a Ang Lee, cuyo gesto de volver a subir al escenario del Kodak Theater minutos después quedó congelado como en el cine. El también. En carne propia, debió digerir esa inexplicable aunque tantas veces repetida paradoja de Hollywood, según la cual el mejor director no hace la mejor película, y a la mejor película no la hace el mejor director.
«Capote», con varias nominaciones, se circunscribió en honores al favorito Mejor Actor Philip Seymour Hoffman, dejando en el camino a la notable Catherine Keener entre las secundarias (Oscar que recayó en la mucho más bella Rachel Weisz por el flojo film «El jardinero fiel»). La Mejor Actriz para la mediática Reese Witherspoone («Johnny y June») también tronchó la distinción a Felicity Huffman, protagonista de otra película molesta, « Transamerica», donde Huffman interpreta a un hombre que cambia de sexo.
El Oscar al Mejor Film Extranjero reprodujo, dentro de los límites de los llamados «rubros menores», la misma dirección que la de la Mejor Película: la favorita en las encuestas era la más resistida y controversial «Paradise Now», la producción originada en la Autoridad Palestina (llamada Palestina a secas en los rubros), sobre dos terroristas suicidas, que se quedó sin nada. Y la que ganó fue, una vez más, la menos esperada: la sudafricana «Tsotsi», del sudafricano Gavin Hood, dejando en el camino las candidatas de Italia, Alemania y Francia, con mayores visos de triunfo que ella.
Otro elemento muy singular de la premiación, que volvió a reforzar la tendencia conservadora de la Academia, tuvo que ver con los premios técnicos y estéticos obtenidos por «King Kong» y «Memorias de una geisha». Hollywood ama incondicionalmente el gran espectáculo, y los Oscar a «El señor de los anillos», «Chicago» y «Titanic», entre otros tantos títulos a lo largo de la historia, así lo prueban. Y, si las superproducciones sobre el icónico gorila gigante y la refinada oriental se quedaron sin nominaciones en las categorías mayores, ganaron en cambio, en las que sí figuraban, tres cada una: es decir, el mismo número de Oscar que la ganadora «Vidas cruzadas» y la escolta «Secreto en la montaña».
En este Oscar custodiado con la mayor de las seguridades, con estrellas que se abstuvieron de las habituales arengas políticas (más allá de algunas referencias humorísticas del buen presentador Jon Stewart), y donde nadie volvió a lucir, como era habitual, la cinta roja de la lucha contra el sida, el único que hizo explícito lo que se respiraba esa noche fue George Clooney, con su madrugador Oscar consuelo al Mejor Actor de Reparto por «Syriana». «Esto quiere decir que no voy a ganar el de mejor director» (por «Buenas noches, buena suerte»), se resignó con una sonrisa. Tenía razón.



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