7 de marzo 2006 - 00:00

Ante películas incómodas, una solución negociadora

Paul Haggis, con susdos Oscar (Guión yMejor Film por «Vidascruzadas): ni él lo podíacreer el domingo. Allado, el taiwanés AngLee, ganador comoMejor Director por«Secreto en lamontaña» peroperdedor en la categoríamayor. Tampoco él lopodía creer.
Paul Haggis, con sus dos Oscar (Guión y Mejor Film por «Vidas cruzadas): ni él lo podía creer el domingo. Al lado, el taiwanés Ang Lee, ganador como Mejor Director por «Secreto en la montaña» pero perdedor en la categoría mayor. Tampoco él lo podía creer.
Entre los estadounidenses, no ha de haber una sola encuesta de opinión en donde 90% de los entrevistados no respalde, e inclusive hasta aliente con simpatía, la posibilidad de que alguna vez el presidente de los EE.UU. pueda ser afroamericano. Sin embargo, a la hora de poner el voto en la urna, los resultados siempre son blancos. Lo que ocurrió el domingo en Hollywood no es muy distinto.

Los Oscar de anteanoche fueron los más «políticos» de los últimos años, aunque no en virtud de los contenidos de las películas en competición sino del casi transparente diseño de los fallos. «Secreto en la montaña», la ensalzada producción sobre dos vaqueros homosexuales (el ícono por antonomasia de la virilidad americana), elogiada hasta el hartazgo, ganadora de cuanta pequeña entrega de premios independientes hubo; cómoda favorita entre los apostadores de Las Vegas y los websites de aficionados y de profesionales, terminó derrotada por la más frágil de las candidatas, «Vidas cruzadas» («Crash»), el estratégico David ante el Goliat incómodo. Esta buena película de un debutante, atractiva aunque no novedosa, es casi una secuela discipular de la más profunda «Ciudad de ángeles», que en 1993 dirigió uno de los tardíos homenajeados del domingo, Robert Altman, y artísticamente menos audaz que «Magnolia», en la que también parece inspirada.

El Oscar a «Vidas cruzadas», además, contradijo otra tradición de la Academia, que suele recompensar películas de reciente estreno (en los últimos quince años, la otra excepción fue «El silencio de los inocentes»). En los Estados Unidos se conoció el 5 de mayo del año pasado, y entre esa fecha y septiembre, cuando bajó de cartel, recaudó la modesta suma de 55 millones de dólares. Para comparar -y sin recurrir a las superproducciones-, «Secreto en la montaña», lanzada a mediados de diciembre, llevaba 72 millones de dólares dos meses después. En la Argentina se vio a mediados del año pasado, con escasa repercursión, aunque ahora tendrá una segunda chance en cartel.

En definitiva, y más allá de su buena factura, «Vidas cruzadas» siempre fue vista como el título que hacía falta para completar el rubro de nominadas. Quienes apostaron por ella por dinero deben haber celebrado tanto anteanoche como su director Paul Haggis, quien repitió por segundo año consecutivo su felicidad en Hollywood (es el guionista de «Million Dollar Baby»).

A nadie escapa, por supuesto, que la heterogénea composición de la Academia (más de 6000 miembros) reproduce en escala, como en espejo, a la sociedad norteamericana que el año pasado volvió a darle cuatro años de gobierno a George Bush. Una película de cowboys homosexuales podrá recibir todos los honores, menos el Oscar a la mejor película: «Ahora me doy cuenta de que, quizás, los estadounidenses no quieren que los vaqueros sean homosexuales», dijo anteanoche Larry McMurtry, de 69 años, quien compartió el Oscar por el mejor guión adaptado con Diana Ossana por esta película. McMurtry es una autoridad en western, autor de la novela que dio base al clásico con Paul Newman «El indomable», y guionista de la afamada serie de televisión «Lonesome Dove».

Ayer, «The Washington Post» escribió que: «los aficionados al cine y las personas políticamente pensantes estarán discutiendo esta mañana si el Oscar a la mejor película de 'Vidas cruzadas' fue realmente por sus méritos o sólo fue un subterfugio de la Academia para no darle el premio a 'Secreto en la montaña'». «Los Angeles Times» interpretó el fracaso del film de Ang Lee como un signo de que «Hollywood todavía no estaba preparado para premiar una historia de amor homosexual».

Este atípico Oscar número 78 siguió acumulando diferencias con respecto a los años anteriores. Esta vez, no hubo un claro favorito (como «La lista de Schindler», «Titanic», «El señor de los anillos III»), y ni siquiera dos (como el año pasado, cuando dividieron honores «Million Dollar Baby» con «El aviador»). El reparto de los premios pareció, más que el resultado de un sufragio vasto y recíprocamente inconsulto entre los miembros de la Academia, el efecto de una calculada partición.

Salvo la ambigua
«Munich» y la anti-establishment «Buenas noches, buena suerte» (algo que era obvio, y así fue), ninguno de los candidatos restantes se quedó sin premios, pero todos ellos con un techo preciso. «Secreto en la montaña» lo tuvo en guión adaptado, en música (por fortuna nacional éste, ya que le correspondió a Gustavo Santaolalla) y por mejor director a Ang Lee, cuyo gesto de volver a subir al escenario del Kodak Theater minutos después quedó congelado como en el cine. El también. En carne propia, debió digerir esa inexplicable aunque tantas veces repetida paradoja de Hollywood, según la cual el mejor director no hace la mejor película, y a la mejor película no la hace el mejor director.

«Capote»,
con varias nominaciones, se circunscribió en honores al favorito Mejor Actor Philip Seymour Hoffman, dejando en el camino a la notable Catherine Keener entre las secundarias (Oscar que recayó en la mucho más bella Rachel Weisz por el flojo film «El jardinero fiel»). La Mejor Actriz para la mediática Reese Witherspoone («Johnny y June») también tronchó la distinción a Felicity Huffman, protagonista de otra película molesta, « Transamerica», donde Huffman interpreta a un hombre que cambia de sexo.

El Oscar al Mejor Film Extranjero reprodujo, dentro de los límites de los llamados «rubros menores», la misma dirección que la de la Mejor Película: la favorita en las encuestas era la más resistida y controversial
«Paradise Now», la producción originada en la Autoridad Palestina (llamada Palestina a secas en los rubros), sobre dos terroristas suicidas, que se quedó sin nada. Y la que ganó fue, una vez más, la menos esperada: la sudafricana «Tsotsi», del sudafricano Gavin Hood, dejando en el camino las candidatas de Italia, Alemania y Francia, con mayores visos de triunfo que ella.

Otro elemento muy singular de la premiación, que volvió a reforzar la tendencia conservadora de la Academia, tuvo que ver con los premios técnicos y estéticos obtenidos por
«King Kong» y «Memorias de una geisha». Hollywood ama incondicionalmente el gran espectáculo, y los Oscar a «El señor de los anillos», «Chicago» y «Titanic», entre otros tantos títulos a lo largo de la historia, así lo prueban. Y, si las superproducciones sobre el icónico gorila gigante y la refinada oriental se quedaron sin nominaciones en las categorías mayores, ganaron en cambio, en las que sí figuraban, tres cada una: es decir, el mismo número de Oscar que la ganadora «Vidas cruzadas» y la escolta «Secreto en la montaña».

En este Oscar custodiado con la mayor de las seguridades, con estrellas que se abstuvieron de las habituales arengas políticas (más allá de algunas referencias humorísticas del buen presentador Jon Stewart), y donde nadie volvió a lucir, como era habitual, la cinta roja de la lucha contra el sida, el único que hizo explícito lo que se respiraba esa noche fue George Clooney, con su madrugador Oscar consuelo al Mejor Actor de Reparto por «Syriana». «Esto quiere decir que no voy a ganar el de mejor director» (por «Buenas noches, buena suerte»), se resignó con una sonrisa. Tenía razón.

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