2 de abril 2003 - 00:00

"Antes de escribir hago un casting"

Gonzalo Garcés
Gonzalo Garcés
A l estilo de algunos de los escritores del boom, el argentino Gonzalo Garcés decidió a los veinte años residir en París «no por ningún exilio sino por ganas», está allí ya desde hace 8 años. Como Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Cabrera Infante en los '60, Garcés ganó en 2000 el prestigioso Premio Seix Barral por su novela «Los impacientes», cuando tenía 25 años. Para, ese antiguo alumno de Abelardo Castillo, las coincidencias con esos grandes escritores sólo residen en el deseo de contar una buena historia. Visitó la Argentina para presentar su última novela, «El futuro». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué cuenta en «El futuro»?

Gonzalo Garcés: Miguel recién divorciado, cincuentón, llega a París a visitar a su hijo que se acaba de casar. La primera noche en París conoce a una mujer que lo deslumbra y de la que se enamora inmediatamente, y resulta ser la esposa de su hijo. Todo puede quedar en un enamoramiento pasajero, pero antes de volver a Chile, antes de que la sangre llegue al río, a Miguel se le viene encima la gran huelga del '95, y queda varado en París, y entonces la historia con su nuera se le pone seria. Adelantar el resto sería estropear la novela.

P.: ¿Como se le ocurrió una historia, escrita por un argentino, que sucede en Francia con un protagonista chileno?

G.G.: Vivo en Francia hace 8 años y llega un momento en que se tiene ganas de escribir sobre lugares que uno conoce bien. En cuanto al protagonista, mi padre es chileno. No es un retrato de mi viejo, pero en el casting de la novela dije: lo agarro a él, a algunos de sus modismos, eso me va a servir para que el personaje sea más verosímil. No tiene nada que ver con él, nunca le pasaron estas cosas, que yo sepa nunca se metió con mi mujer, ni ella es paquistaní, ni yo hago documentales. Cuando se escribe una novela de las llamadas realistas, y busca la verosimilitud, es como el cineasta que hace el casting y llama tal cara que le sirve para este papel, tal para otro.


P.:
«El futuro» parece una novela en clave...

G.G.: Siempre uso modelos reales. Nunca me ha pasado hacer un personaje que se parezca a una sola persona. Miguel tiene algo de mi padre, pero tambien rasgos de gente que recuerdo de mi infancia, de lo que era el círculo de amigos de mi padre, gente de cierto ambiente, profesionales, clase media acomodada, casi todos con un pasado de izquierda y con muchas desilusiones a cuestas. Tomando diversos elementos construí a Miguel.


P.:
El titulo de la novela corresponde al del documental que tiene que filmar Joaquín sobre
el pensador Raymond Bulteau...

G.G.: Bulteau le pide que el documental se llame «El futuro» porque lo único que le va quedando en común a gente de su edad es el deseo de reconciliarse con el futuro o redimirse en él.


•Modelos

P.: Dentro de ese estilo de casting que usted utiliza Bulteau parece una mezcla de Louis Althusser y de Pierre Bourdieu.

G.G.: Mis modelos fueron Althusser y Regis Debray, con algo de Robert Linhart, estudiante que a principios de los '60 fundó el primer partido maoísta en Francia y se hizo legendario. Su tragedia es que cuando ocurre el Mayo del '68 lo considera una «conspiración burguesa» para ahogar «la revolución verdadera» y, en medio de un discurso, tiene un brote psicótico, sale corriendo, escribe una carta llena de insultos a Mao, trata de suicidarse y lo internan. El que se consideraba «el estudiante más revolucionario» se pasa el Mayo francés internado en una clínica psiquiátrica. Eso está también en mi Bulteau.


P.:
¿La relación de Bulteau con el filósofo marxista Althusser se da en que ambos cometen un crimen? Althusser un uxoricidio, su personaje un filicidio...

G.G.: Exacto. No tiene gracia develar el entramado de mi libro, pero hay ese tipo de ecos. A veces suenan de modo opuesto. Hay dos escenas en la novela que secretamente son dos caras de lo mismo. Bulteau cuenta cómo mató a su hijo, dice que se acercó a la cama donde éste estaba enfermo y un auto pasó e hizo mover las sombras en el cuarto; en otra Miguel está por acostarse con su nuera y finalmente no lo hace. Las sombras, el cuarto, todo es semejante, salvo que Miguel, aunque sea simbólicamente, elige no matar a su hijo.


P.:
¿Cuánto tiempo le demandó su cinematográfica novela?

G.G.: Dos años y medio. Hoy se ha vuelto tan inusual que un libro esté más o menos bien contado que, cuando aparece uno que se acerca a eso, se dice «es cinematográfico». Esto se debe a que el relevo de la buena narración en nuestra época lo ha tomado el cine. La literatura usa esos recursos no porque sea cinematográfica sino porque está bien hecha. Hay una larga serie de lugares comunes estúpidos sobre qué es la literatura «seria», un desdén tilingo y arrogante de parte de plumíferos que se creen serios, frente a la literatura de factura clásica. Esa aristocracia de la letra ha inventado el mote despectivo «bestseller de calidad». Las novelas que cambiaron la literatura, y la vida a alguna gente, son todas de narración clara. Y que nadie venga a citar el «Ulises» de Joyce con ejemplo de lo contrario, porque tiene una historia muy clara y una progresión perfectamente lógica. En torno al «Ulises» se creó el mito del libro que por ser ilegible es bueno, eso ha permitido a un montón de gente que no tiene nada que contar hacerse respetar con cualquier bodrio que escribe. No hago la apología de la novela fácil, todo lo contrario, pero uno no puede permitirse el lujo de perder al lector. Eso lo dijo Borges, que difícilmente se lo pueda acusar de facilismo.


P.:
¿Hay aún autores interesantes en las letras francesas?

G.G.: Michel Houellebecq que luego de haber pegado mucho hay una puesta en cuestión. Yo creo que es un gran humorista. A mi me gusta ahora, con «Plataforma», menos ambiciosa que «Las partículas elementales» pero más novela. Houellebecq ve que los escritores franceses, con desdén aristocrático, desdeñan observar la realidad, cosa que a él, en cambio, le interesa mucho. A mí me gustan las novelas que le dan a uno la sensación de aprender algo que no sabía sobre el mundo, aunque más no sea el precio de una prostituta en Tailandia. Una escritora muy buena es Yasmina Reza, menos por obras de teatro como «Art» que por novelas como la magnífica «Una desolación». En Francia hay una industria de la literatura y un establishment con autores que se comportan como funcionarios. Más allá de la calidad de su obra saben que tendrán un público, subvenciones, espacios en los medios. Eso da una literatura que artísticamente no tiene ningún valor y, en el mejor de los casos, permite mantener una cierta cultura del libro.

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