Alfredo Arias:
«En este
caso no
quise escribir
yo, porque el
problema
con los
artistas es
que creen
que todo lo
que les pasa
es
importante,
cuando no
es así».
El director Alfredo Arias ya no arrastra el karma de ser una celebridad en el circuito teatral parisiense (donde, entre otras cosas, se dio el gusto de dirigir a Isabelle Adjani en «La dama de las camelias») y ser casi un desconocido en Buenos Aires, su ciudad natal. A lo largo de más de una década estrenó aquí varias óperas, obras de teatro y espectáculos musicales, pero recién ahora se lo ve distendido en un camarín de la calle Corrientes.
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Arias acaba de presentar en Francia e Italia «Concha bonita» y ya está preparando su próximo musical «Divino amore» a estrenarse en París con un elenco internacional del que participarán Alejandra Radano y Sandra Guida. Además está en tratativas con el teatro Nouveau Monde de Montreal para estrenar «El escenario Proust» («Es el guión de 'En busca del tiempo perdido' que Harold Pinter escribió para Joseph Losey», aclara). Mañana, Arias debutará junto con Marilú Marini en el Teatro Presidente Alvear con la obra de Chantal Thomas «Incrustaciones», que él mismo dirige, y que ya fue presentada en 2004, como teatro semimontado, en el Festival Tintas Frescas de Buenos Aires.
La obra, de humor negro, examina la relación simbiótica entre madre e hijo, que se agrava cuando éste acepta casarse con una camarera. La llegada al hogar de la flamante esposa hará que ambos se apliquen a una despiadada lucha para eliminar a la intrusa.
Periodista: ¿Es cierto que «Incrustations» fue escrita especialmente para ustedes dos?
Alfredo Arias: Es parte de un proyecto que encaré junto al escritor René de Ceccatty, mi habitual colaborador, en respuesta al trabajo psicoanalítico que hice durante años alrededor de la temática de la madre, para ello convocamos a ocho nuevos dramaturgos. A Chantal le pedimos que desarrollara su escena original para crear esta obra. No quería escribir yo porque el problema con los artistas es que creen que todo lo que les pasa es importante, cuando no es así.
P.: En París les fue muy bien, ¿verdad?
A.A.: Sí, y además hicimos una gira de cien representaciones por toda Francia y la llevamos a Beirut.
P.: ¿Cuándo viajó a Beirut?
A.A.: En noviembre del año pasado, justo el día después de que asesinaran a Pierre Gemayel, ministro de industria libanés y líder antisirio. Hasta último momento y ya a punto de embarcar no sabíamos si viajábamos o no. Llegamos a una ciudad vacía y en pleno duelo nacional. Nos asombró que una ciudad tan pequeña tenga su barrio musulmán, su barrio católico, su barrio armenio. Allí me encontré, gran casualidad, con el mozo que atendía el bar en el Teatro de Aubervilliers, cerca de París, que yo dirigí entre los años '80 y '90. Fuimos a su casa y encontré los afiches de todas las obras que dirigí en ese teatro. Fue algo surrealista.
P.: Beirut antes era considerada una ciudad muy culta y decididamente francófila.
A.A.: En cierto modo lo sigue siendo. También nos encontramos con una señora libanesa conocida nuestra, muy bella, que a sus ochenta años sigue conservando una piel muy blanca y translúcida, como de marfil. Marilú, al verla, le dijo: «Está fabulosa ¿cómo hace para mantenerse así? Y la mujer le respondió: «Me aburro». Así es la ironía de los libaneses: «autodérision» dicen en Francia, esa manera tan elegante de tomarse el pelo a sí mismos.
P.: ¿Y cómo le fue con la obra?
A.A.: Yo me preguntaba: ¿tiene sentido el teatro en estos momentos de peligro y de guerra? Y sí, lo tiene, porque la gente está ávida de comunicar y de recibir cosas del exterior que la saque de ese aislamiento. Asistieron muchísimos estudiantes. Después del duelo fue muy complicado llegar hasta la universidad, con el tránsito en zigzag para que vaya más lento y un despliegue militar impresionante.
P.: ¿Dónde estrenará «Divino amore»?
A.A.: En París. Es un musical que yo inventé sobre la base a un repertorio italiano de los años '60 y '70.
P.: Mucho Festival de San Remo...
A.A.: Tiene ese aire. Trata sobre una experiencia de la que fui testigo en los años '70, cuando todavía funcionaba en Roma una compañía que hacía una especie de melodrama religioso en el sótano de una iglesia, a 400 metros del Vaticano. Era algo absurdo, porque obtenían exactamente el resultado opuesto de lo que querían, ya que siempre había errores. Ellos lo hacían en serio, pero cuando aparecía la santa la gente se mataba de risa. Era una catástrofe mística. Fue una compañía muy comentada por Pasolini y Fellini y yo felizmente tuve la suerte de asistir a esas representaciones absurdas y decadentes de algo que estaba muriéndose pero que todavía ofrecía unos estertores magníficos. Ese mundo es el que pienso recrear en escena... «al mio modo».
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