«Bailarinas» (1948), del venezolano Armando Reverón. Hasta hoy, sólo habían llegado al
MoMA los latinoamericanos Rivera, Portinari y Matta.
Nueva York (Especial) - En la muestra del artista venezolano Armando Reverón en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) se incluyeron obras de las tres décadas más significativas de su trayectoria. Reverón es el único artista latinoamericano expuesto recientemente en el Museo de Arte Moderno. Transcurrieron cuarenta años desde la muestra del chileno Roberto Matta (1967), y antes sólo se habían exhibido el brasileño Cándido Portinari (1940) y el mexicano Diego Rivera (1931).
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«Hacia el año de su muerte, Reverón comenzaba a ser celebrado en Venezuela por el radicalismo de sus pinturas tempranas y por el misterioso carácter de sus obras tardías, como el más grande de los artistas modernos de su país», señaló John Elderfield, curador de la muestra. Incluyó paisajes, retratos y autorretratos junto a sus singulares objetos construidos con una refinada economía de medios, de los casi invisibles paisajes a las extraordinarias composiciones figurativas y los peculiares objetos.
Las obras del período azul, con atmósferas espesas y sensuales, como La Cueva (1920); retratos, Rostro blanco (1932); desnudos, Maja criolla (1939); paisajes luminosos, El Puerto de La Guaira (1941), Paisaje Blanco (1934); y sus singulares obras inspiradas en montajes teatrales con sus muñecas, Anciano, tres mujeres y niño (1948) y Navidad de muñecas (1949).
«Reverón no tituló ni dató sistemáticamente sus obras, por ello en algunos casos ha sido difícil lograr una documentación precisa de ellas (...)», señaló Nora Lawrence, del Departamento de Pintura y Escultura del MoMA. Más de cien piezas, la mayoría de coleccionistas privados, de distintos períodos de la obra de Reverón, incluso objetos de su antigua casa y taller, El Castillete, convertido en Museo.
En 1908, a los diecinueve años, ingresó a la Academia de Bellas Artes en Venezuela. Cuatro años más tarde se trasladó a España donde residió entre 1911 y 1915, con algunas interrupciones. Concurrió a la Academia de la Lonja de Barcelona. En un segundo viaje, continuó sus estudios con Antonio Muñoz Degrain, Director de la Academia de San Fernando de Madrid (de la que el autor de esta nota es miembro). En España tuvo la oportunidad de admirar a sus pintores preferidos, Goya y Velásquez.
En 1914, se trasladó a París y al año siguiente regresó a Caracas. No se ha podido confirmar cómo tuvo contacto con sus admirados maestros como Degas, Sisley o Cézanne, ya que en una tardía entrevista, en 1953, admitió que no había visitado los museos del Louvre y Luxemburgo, ya que estaban cerrados con motivo de la guerra.
Sus primeras obras muestran sus habilidades plásticas arraigadas en el impresionismo europeo. Pero luego se distancia y desarrolla una retórica propia. Como otros artistas latinoamericanos luego de repetir el viaje ceremonial, ponía fin a la antigua peregrinación a las fuentes europeas, recupera las de su tierra y afianza el regionalismo del que hoy da testimonio esta importante muestra. A partir de 1921 se traslada a a La Guaira -ciudad balcón del Mar Caribe venezolano-, donde pintó la incandescencia de la luz que casi ciega, en sus Paisajes blancos.
«Nunca había visto nada así», dijo el curador de la muestra, Enderfield, acerca de su descubrimiento del artista en la Galería de Arte Nacional de Caracas, donde expuso a los 25 años de su nacimiento el Grupo de La Nueva Figuración. Reverón pintó sus paisajes monocromos, blancos en un primer momento, y más tarde con tonos sepia.
«Es un pintor acromático, que buscó la ausencia del color y se dio cuenta de que, ante la luz tropical, el impresionismo se deshace», dijo Luis Pérez-Oramas, curador de Arte Latinoamericano del MoMA. También representó figuras femeninas desnudas o semivestidas, a veces en grupos, y generalmente con un carácter erótico. Realizó objetos utilizando materiales encontrados, alambre, hilo, plumas, cartón, papel, como lo hizo en la Argentina Antonio Berni, que lamentablemente no llegó al MoMA.
Reverón produjo sus célebres «paisajes blancos» en el pueblo de Macuto, en la costa del Caribe venezolano, donde se recluyó en una casa-taller construida por el mismo, y que llamó El Castillete. Una simple cabaña con techo de paja a la que luego agregó una segunda, como estudio. Allí también pintó a su modelo y esposa india, Juanita, que acompañó su vida de pobreza, aislamiento y precariedad en el pueblo costero de Macuto.
Con Juanita realizó sus muñecasde trapo de tamaño real que modeló para que posaran y hoy también están presentes en el MoMA. En numerosas de sus composiciones sólo pequeños detalles diferencian las figuras humanas de sus muñecas. En una entrevista, Reverón afirmó que la importancia de las muñecas en su vida comenzó después de una larga enfermedad en su niñez: «Desde entonces me interesó el mundo de lo fantástico, de las muñecas que parecen representar personajes pero no hablan. Sólo miran. Me miran y me escuchan».
Su mundo imaginario fue muy rico: objetos que imitaban seres vivientes, esqueletos a medida humana, máscaras y sombreros usados en rituales religiosos. Realizó obras con fuertes sensaciones táctiles utilizando con absoluta libertad soportes y materiales. Logró sus característicos empastes de óleo, gracias a sus pinceles fabricados con tallos de bambú y huesos de animales cubiertos de tela. Con una similar calidad artesanal elaboró sus objetos domésticos que no funcionan, espejos que no reflejan imágenes, botellas a las que no se puede ingresar líquidos o teléfonos que no suenan.
Encerrado en su mundo, aislado en las playas del trópico, Reverón desarrolló la obra singular de un artista libre de seguir movimientos o complacer al mercado.
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