Si México
fuera
Hollywood, el
malo lleno de
matices de
Daniel
Giménez
Cacho
merecería los
6 millones de
dólares que
costó el film
más caro del
cine
mexicano.
«Arráncame la vida» (México, 2008, habl. en español). Guión y dir.: R. Sneider. Int.: A.C. Talancón, D. Giménez Cacho, J.M. de Tavira, J. Cosio, F. Becerril, I. Azuela, C. Beato.
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"Arráncame la vida", tango abolerado de Agustín Lara, que según dicen escribió en Buenos Aires. Lo popularizó la veracruzana Toña la Negra, lo embelleció Pedro Vargas (versión bolero), lo asentó Libertad Lamarque (tanguera) y ahora lo exagera un poco Eugenia León.
«Arráncame la vida», novela de Angeles Mastretta, sobre el matrimonio de una quinceañera con un pícaro general, especialista en masacres varias, negocios turbios, y mujeres limpitas, en el Puebla de los '30 y el DF de los '40, asunto que ella dijo inspirado en cosas que le contó su abuelita sobre el matrimonio de una tal Margarita Richardi con Maximino Avila Camacho, gobernador del Estado (uno de sus pichones fue Díaz Ordaz, el de la masacre de Tlatelolco, 1968) y aspirante a la presidencia, que por suerte le ganó su hermano, el comparativamente dialoguista Manuel Avila Camacho. Luego Mastretta negó tal inspiración, pero era tan evidente (incluso la muerte nunca aclarada del sujeto) que terminó rubricándola. Dato interesante, la escritora no destaca las crueldades del hombre, sino su demagógica y compradora simpatía. Y describe a una mujer que va madurando en el matrimonio por conveniencia, el adulterio, las amenazas de abandono, hasta que al final lo mata y lo hereda, siempre haciéndose la víctima inocente.
«Arráncame la vida», la producción mexicana más cara de su historia, 6 millones largos de dólares en vestuarios, autos, utilería general, cantidad de extras y figuras de reparto, la reconstrucción del Zócalo original, con sus árboles y jardines, y de otros lugares públicos, variedad de locaciones y ambientaciones, fotografía del vasco Javier Aguirresarobe, una banda que, además del tema del título, incluye «Cielito lindo», « Tipitipitin», el Danzón nro. 2 de Arturo Márquez a toda orquesta, etc., y un señor actor que, si eso fuera Hollywood, a él solo tendrían que pagarle los seis millones: Daniel Giménez Cacho, un tipo capaz de insinuar toda la capacidad del personaje para hacer daño del modo más hipócrita y seguro, y al mismo tiempo y en la misma escena mostrarse autoritario y paciente, amistoso y reservado, y amar y respetar a la mujer, a su manera y también como se debe. Solo él puede decir, por ejemplo, encantadoramente, «cuando digo 'mi mujer' me refiero a usted, mi señora, las demás son anécdotas», y traerle los hijos de las otras para que los críe. Y ella, Ana Claudia Talancón, fuera de algunas objeciones, cubre debidamente un arco que va de los 15 a los 30 años, y de la ansiedad a la sequedad,y además sabe vestirse y desvestirse muy bien. Lástima, en cambio, un actor que confunde lo modernista con lo modernoso, y una adaptación que no pasa de ilustración de algunas páginas en menoscabo de otras que ni figuran. Dirigió, con habilidad de productor, Roberto Sneider, que había empezado en 1989 como asistente de locación de «Gringo viejo».
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