24 de noviembre 2005 - 00:00

Atractivo "Mercader" con mirada moderna

En busca de la «libra de carne»: Al Pacino, Jeremy Irons y Joseph Fiennes en la versiónde Michael Radford de «El mercader de Venecia» de William Shakespeare.
En busca de la «libra de carne»: Al Pacino, Jeremy Irons y Joseph Fiennes en la versión de Michael Radford de «El mercader de Venecia» de William Shakespeare.
«El mercader de Venecia» («The Merchant Of Venice», 2004; habl. en inglés). Dir.: M. Radford. Int.: A. Pacino, J. Irons, J. Fiennes, L. Collins, Z. Robinson y otros.

Es significativo lo que el tiempo ha hecho con esta incómoda comedia dramática de William Shakespeare. Si la crítica de hasta mediados del siglo pasado aceptaba su acentuado antisemitismo como algo natural (y en ciertos casos hasta lo justificaba), se fastidiaba en cambio, al punto de negarlo, con su fondo homosexual, un elemento que el autor jamás se preocupó por ocultar.

Hoy resultan irrisorios los esfuerzos del traductor por antonomasia de Shakespeare al español, Luis Astrana Marín, por forzar y adulterar en sus versiones lo que es obvio en el verso inglés: Astrana Marín llegó a escribir que cada vez que en Shakespeare un hombre le dice a otro «lover» o «I love thee» (y eso ocurre en «Hamlet», «Coriolano», etc., y especialmente en los «Sonetos»), lo que intenta decirle en realidad es que se siente su amigo.

«Osar creer que Shakespeare haya podido tener ciertas debilidades es deshonrar su memoria; es arrojar barro sobre la estatua de mármol blanco de su vida; es cometer, por poco que se sea inglés, un crimen abominable de lesa piedad nacional»,
se indigna el erudito sobre la presunta homosexualidad del Bardo. En cambio, cuando se refiere al antisemitismo, cita la siguiente frase del crítico inglés Hanley: «Quizá no exista otro personaje tan bien descrito como el de Shylock. El lenguaje, las ideas de éste pueden, dondequiera, apropiarse tan perfectamente a un judío, que el protagonista del sublime poeta puede exhibirse como un ejemplo de la raza judía». Textual, como puede leerse en la edición de «Obras completas» de Aguilar.

Esta versión cinematográfica de Michael Radford, director de «El cartero», se basa en conceptos un tanto menos goebbelsianos (no haría falta recordar que «El mercader...» era la obra shakespeariana favorita de Hitler), y por el contrario potencia la relación homosexual entre Antonio, el mercader, y el joven Bassanio. Y hay que reconocer que, en este caso, esa interpretación -a diferencia de tantos otros intentos por «sacar del closet» a personajes que nunca estuvieron en él- le da más coherencia y solidez al argumento, a la vez que un tono cínico que quizá no haya estado ausente del espíritu de su creador.

Desde esta óptica, es lógico que el melancólico y maduro Antonio (Jeremy Irons) arriesgue hasta la vida y «una libra de carne» por conseguirle a Bassanio (Joseph Fiennes) el dinero que necesita para ir a conquistar a la acaudalada y melindrosa Porcia (Lynn Collins), casamiento que tendría como única intención, por parte del frívolo Bassanio, la de acceder a esa riqueza, aunque la enmascare en las más sublimes metáforas amorosas.

En esa misma dirección, los pesares de Antonio no provienen sólo de su flota en riesgo en el océano, ni de la humillación cuando se ve forzado a pedirle los 3000 ducados al usurero judío Shylock (
Al Pacino) para financiar el viaje de su amante, sino sobre todo de la posibilidad de perderlo para siempre en los brazos de la mujer. Antonio es uno de esos hombres que aman demasiado.

Radford
no intenta suavizar el antisemitismo de «El mercader...» (propósito de muchos puestistas, que privilegian el monólogo humanitario de Shylock a la par que ocultan varias de sus conductas infames), sino que le añade a la obra un prólogo histórico muchas veces olvidado, por el cual se le recuerda al espectador que, en la Venecia del siglo XVI, los judíos no vivían de manera muy distinta que en la Varsovia de 1943.

La usura, la hostilidad y la revancha contra el cristiano, tan noblemente caracterizado por
Shakespeare, representaban, de esa forma, la única salida para quienes estaban obligados a residir en guetos, usar distintivos gorros rojos, ser ofendidos y escupidos por las calles, imposibilitados por ley de tener propiedades a su nombre, y cuya única vía de expiación era la conversión y el abandono de su fe.

Al Pacino
es un Shylock convincente, algo contenido, por momentos muy ansioso. Una década atrás, en su magnífica película «En busca de Ricardo III», aventuró una idea sin imaginar que años más tarde lo contratarían para este papel, y según la cual ningún actor norteamericano está en condiciones de hacer Shakespeare. Los oídos puristas tal vez lo aprueben, pero su Shylock es realmente sólido.

Jeremy Irons
se mueve cómodamente en un papel que lo muestra más sufrido que Dirk Bogarde en «Muerte en Venecia», y Joseph Fiennes (la contracara astuta de su hermano Ralph) recrea hábilmente el aire ligero y chispeante de su papel en «Shakespeare apasionado». El elenco femenino, Lynn Collins, Heather Goldenhersh (Nerissa) y Zuleikha Robinson (Jessica, hija de Shylock) cumple con la gracia y la picardía necesarias.

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