El guitarrista y cantante de Los Rodríguez,
Pato Rollínguez, DJ pionero en combatir con
riff de guitarras eléctricas los monocordes teclados
tecno, fenómeno hoy comprobable en
varios reductos porteños.
Hoy, la expresión «DJ» se asocia automáticamente a la música electrónica. Grave error: Alan Freed, el hombre que le puso su nombre al género rock & roll (literalmente «Descontrol», que sirvió para dejar de nombrarlo con eufemismos racistas) era un DJ, que difundía su música favorita no sólo en radios sino en fiestas memorables en las que pinchaba discos y presentaba grupos en vivo. En 1986, Alan Freed estuvo entre los primeros nombres en ser incluidos en el Rock & Roll Hall of Fame. Por lo tanto, de su tumba deben salir rayos y centellas cada vez que se dice DJ como sinónimo de raves de jovencitos dedicados al agua mineral.
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En Buenos Aires, desde hace algún tiempo, una nueva generación de pinchadischos rockers totalmente despreocupados por la modernidad, están dándole volumen al bueno y viejo rock & roll y, aparentemente, a la gente le gusta.
Los pioneros en combatir con riff de guitarra los monocordes teclados tecno son Pato Rollínguez y Gorian Gray (el cantante de Fantasmagoría), creadores de la «Simpathy for the Party», clásico de los viernes en Le Click que ya va por su sexto año, eventualmente cambiando de día de la semana o sitio físico, pero sin moverse nunca de zonas céntricas («el downtown es especial para el rock» dice Pato Rollínguez, guitarrista y cantante del grupo Domínguez, tambien artista plástico y tatuador experto). Lo curioso de su decisión a contramano de pinchar discos de rock en la era de la electrónica, es que la tomó cuando organizaba las primeras -y mejores- raves; aquellas del Parque Sarmiento llenas de gadgets, elementos visuales y hasta globos dignos de Julio Verne.
En medio de los sonidos que dividen la noche entre tecno y cumbia villera, a este dúo decidido a pasar temas de Kiss, Alice Cooper Black Sabath y T Rex en un boliche no le fue fácil encontrar cabina. Lo intentaron en la sede central del club GEBA (de donde salieron disparando luego del debut) y, luego de varios intentos frustrados, consiguieron meterse los domingos en el sótano del Shamrock, donde por razones de sangre, nadie iba a quejarse de un buen rock (la música tecno nunca fue el fondo más adecuado para un pub irlandés, aún si está ubicado en Barrio Norte).
Algunos de los temas favoritos del DJ Rollínguez se siguen escuchando un lustro más tarde, incluyendo temas que denotan una audacia total, más un talento especial para ser aceptados en la pista de una disco por una multitud danzante. Por ejemplo, «Somebody to Love» de Jefferson Airplane, «Lady Ramona» de Los Ramones, «Rock & Roll» de Led Zeppelin o -más increíblemente- «Paranoid» de Black Sabbath.
A medida que la fiesta dominguera iba formando su culto, muchos empezaron a copiar la fórmula de Pato y Gori, y finalmente ellos se adelantaron a los viernes en Le Click, un inmenso edificio de la década de 1920, ubicado detrás del Congreso de la Nación, que era una fábrica de químicos. Allí hay dos pistas (a veces una está dedicada a otro estilo con otros djs, permitiendo que el público cambie de música, lo que es una ventaja) y toda una gama de espacios, incluyendo el más amplio donde se organizan muestras de arte y performances varias (en este momento se exhiben obras de Alejandro Vila).
Rollínguez cuenta que la lucha en este momento es seguir pasando rock vintage para un público a veces muy joven y claramente poco estimulado desde los medios masivos. En todo caso, no hay «SFTP» sin temas de The Who, los Shakers y sorpresas variadas de los Kinks. Incluso, la escuela del rock de Pato y Gori ha generado discípulos que realmente hacen bien los deberes. El mejor alumno quizás sea el DJ Cesare que asalta la cabina casi al final de las fiestas y sorprende con su talento para lograrque la pista siga llena con música de Zappa, Love & Rockets y hasta « Heartbreak Hotel» de Elvis.
Otro alumno adelantado es el baterista-Gero Cica, que todos los jueves, en el ambiente más elegante del Piano Bar detrás del Hipódromo, propone su propia versión de la fórmula que aprendió con Rollínguez (tocaban juntos en Sacachispas) con un saludable criterio de variar temas de bandas clásicas sin perder estilo ni dejar que decaiga la energía en la pista.
El sábado pasado se agregó en Niceto un revival de rock y pop de los '80 con matices rockers: nada menos que la resurrección de la disco underground Nave Jungla, famosa por sus sus cruces culturales de todo tipo, que volvía con sus liliputienses y muy buena música, evitando cuidadosamente el tecno. En el mismo sitio una vez al mes hay una variante de rock en castellano, gentileza del uruguayo DJ Jara, fanático de Alaska, Siniestro Total, y todo el punk y rock español (sus fiestas «Divas y Divos» se han exportado a toda Latinoamérica y últimamente también a Barcelona).
Hay muchas otras discos de Buenos Aires, desde los after office de Puerto Madero hasta las palermosas que simplemente combinan ignorancia con falta de audacia, y al final apelan a estéticas y señales del rock clásico sólo para enmascarar lo peor del rock blando de FM. Por suerte con tanta escuela de rock dando cátedra, el público adepto nota la diferencia y huye rápidamente.
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