20 de mayo 2008 - 00:00
Cándido López, mucho más que "cronista de pincel"
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«El Ejército Argentino pasa el río Corrientes », obra de la serie de la Guerra del Paraguay, de un artista que dejó de ser valorado apenas como cronista histórico recién medio siglo después de su muerte.
Desde un primer momento, López empieza a dibujar sus croquis de las acciones militares en las que participa. El general Mitre ve los croquis del teniente segundo López, en el campamento del arroyo Batel, en Corrientes, a mediados de noviembre de 1865. Mitre quiso conocer esos bocetos, enterado de su existencia por el general Paunero. López, quien lleva un minucioso diario de campaña, anota: «Después de examinar detenidamente mis dibujos, me dijo: ' Conserve usted esto; algún día servirán para la historia'. Me retiré lleno de entusiasmo y desde aquel día trabajé con más ahínco que nunca».
El teniente primero López interviene en los combates sucesivos, aún en la espantosa batalla de Curupayty, el 22 de septiembre de 1866. Ese día, la guerra termina para él: un casco de granada le despedaza la mano derecha. Dos amputaciones (una, después de la batalla y otra, en 1868) van a dejarlo sin el brazo, pero no lo alejarán del arte. Por el contrario, ha de sumirse en él por entero.
Educada la mano izquierda, vuelve a pintar, hacia 1869, y ya seguro de sus medios inicia, alrededor de 1870, la serie de la Guerra del Paraguay, que ha de ocuparlo por completo -«salvo la ejecución de varias telas de circunstancias»- hasta su muerte, el 31 de diciembre de 1902.
En marzo de 1885, a instancias del diplomático y ex diputado Norberto Quirno Costa, se inaugura en Buenos Aires, en los salones del Club Gimnasia y Esgrima, una exposición de los óleos de López, con los auspicios del Centro Industrial Argentino. La muestra recibe el unánime elogio de la prensa, aunque, sólo por su valor histórico. El Museo Histórico que abre sus puertas en 1890, es nacionalizado al año siguiente y, a fines de 1895, obtiene la donación de las 31 telas de López en poder del Ministerio de Guerra y Marina. Desde 1897, queda en la sede definitiva del Museo, en el Parque Lezama.
López sostuvo que había trabajado como «un cronista de pincel, sacrificando la armonía del arte a la verdad histórica». Y dos años más tarde, en 1887, al ofrecer en venta sus telas al Estado, insistía en que «no serán por cierto una obra maestra de la pintura, pero son la verdad de los hechos y los detalles» de la Guerra del Paraguay.
En 1898, el Museo Histórico Nacional incorpora una obra más de la serie del Paraguay, «Ataque del Boquerón visto desde el Potrero Piris», la de mayores dimensiones que ha sido comprada al pintor por el Gobierno. En 1968, el Museo de Bellas Artes recibía, por donación de los descendientes de López, varias pinturas de la serie, que expuso por primera vez en 1971. En ese lapso de tres cuartos de siglo, «la verdad histórica» perdió toda importancia -si no la había perdido ya mucho antes- y sólo quedó patente «la armonía del arte». El « cronista de pincel» se esfumaba entonces ante el portentoso pintor.
No fue sólo un documentalista de la historia. Su testimonio de la Guerra del Paraguay posee un alto valor artístico: es ese valor el que, satisfecha la historia, ha dado a las obras de López una perduración estética que va más allá de los episodios vividos por él y trasladados a lienzos. Se reconoce la preferencia por la naturaleza en las escenas bélicas de López: ríos, árboles, ensenadas, llanos, esteros, cielos, pero también naves, carretas, carpas, sables, uniformes, todos los elementos aparecen integrados al paisaje. Un paisaje que no es el encendido de los románticos ni el delicado de los preimpresionistas, sino un paisaje regional e intuitivo, que lo ubicó como el mejor artista argentino del siglo XIX.



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