Cándido López, mucho más que "cronista de pincel"

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"Cándido López parece jugar a hacernos recordar lo que se debe recordar (...). La buena memoria viviente irradia claridad en los trazos y en los colores de sus cuadros, contrapuesta a la penumbra de la mala memoria tocada por el hálito de la muerte que llenaba de miasmas los campamentos, los esteros y campos de batalla, mientras él pintaba. No son una apología de la guerra. Son más bien su plácida y serena negación", escribió Augusto Roa Bastos.

Singular pintor de la Argentina del siglo XIX, Cándido López (1840-1902), acreditó su preeminencia artística con sus escenas de la Guerra del Paraguay (1865-70), de la que participó en los tramos iniciales (1865-66). López pintó sus cuadros con la mano izquierda -había perdido el brazo derecho en la contienda-, sobre la base de bocetos trazados a lápiz en campamentos, operaciones y batallas. Al exponer parte de esta serie, en 1885, los comentaristas la encomiaron, aunque sólo por su interés histórico. Después, el olvido y el silencio se ensañaron con él durante largo tiempo. Su rescate como artista empieza a casi medio siglo de su muerte, cuando el crítico José León Pagano edita el primer estudio acerca de él, en 1949. Dos décadas después se inició la definitiva valorización del eximio pintor con su ingreso en el Museo Nacional de Bellas Artes (1971).

Santiago López y Josefa Viera, los padres de Cándido, viven en una casa del barrio de Monserrat, en la todavía ciudad chata y aldeana. El interés artístico de López despierta temprano. Sin embargo, no hay en Buenos Aires ningún centro de enseñanza: la cátedra de Dibujo y Pintura de la Universidad, abolida en 1834, sólo se reabre en 1856. López empieza a estudiar solo: copia, como tantos otros, las Academies Julien, importadas de París, láminas de inmensa boga en Europa y América, con representaciones de figuras humanas y objetos. Anota Pagano, que pudo examinar las imitaciones de estas litografías hechas por el adolescente López: «En los primeros de tales ejercicios, la mano es indócil; en otros, la reproducción del modelo es perfecta. Pasma la paciente dedicación evidenciada en este aprendizaje».

López toma lecciones, además, con el pintor argentino Carlos Descalzo (1813-79), quien lo inició en los secretos de la daguerrotipia, además de enseñarle dibujo y pintura; luego también con el italiano Baldassare Verazzi. Pero no se exagera al decir que fue un autodidacta.

En 1856, López exhibe el óleo «Un rasgo de caridad», inspirado en la vida de San Vicente de Paul, en el Salón de Recreo, local contiguo al Club del Progreso. Otras dos obras datan de 1858, un «Autorretrato» y «El mendigo», pintado del natural en las cercanías del Asilo de la Recoleta. Hacia 1860, sin embargo, se marcha al norte de la Provincia, para ganarse la vida como retratista al óleo y fotógrafo ambulante, dos especialidades compartidas entonces por muchos pintores. Se aleja de Buenos Aires y de su familia, y entre 1860 y 1863 deambula por Mercedes, Chivilcoy, Bragado, Luján y Carmen de Areco. A fines de 1864 se instala en San Nicolás de los Arroyos.

Cuando la Argentina le declara la guerra al Paraguay y se une al Brasil y el Uruguay, Cándido López se alista en el Batallón Nº 1 de Guardias Nacionales de San Nicolás. «Su modesto batallón, que integrara el primer Ejército del general Wenceslao Paunero, salió de San Nicolás con 800 ciudadanos voluntarios y sólo regresaron 83, de los cuales una parte volvió inválida como el propio López», escribió Juan José Cresto, director del Museo Histórico Nacional durante diez años, en el prólogo al libro editado por Velox, en 1998.

Desde un primer momento, López empieza a dibujar sus croquis de las acciones militares en las que participa. El general Mitre ve los croquis del teniente segundo López, en el campamento del arroyo Batel, en Corrientes, a mediados de noviembre de 1865. Mitre quiso conocer esos bocetos, enterado de su existencia por el general Paunero. López, quien lleva un minucioso diario de campaña, anota: «Después de examinar detenidamente mis dibujos, me dijo: ' Conserve usted esto; algún día servirán para la historia'. Me retiré lleno de entusiasmo y desde aquel día trabajé con más ahínco que nunca».

El teniente primero López interviene en los combates sucesivos, aún en la espantosa batalla de Curupayty, el 22 de septiembre de 1866. Ese día, la guerra termina para él: un casco de granada le despedaza la mano derecha. Dos amputaciones (una, después de la batalla y otra, en 1868) van a dejarlo sin el brazo, pero no lo alejarán del arte. Por el contrario, ha de sumirse en él por entero.

Educada la mano izquierda, vuelve a pintar, hacia 1869, y ya seguro de sus medios inicia, alrededor de 1870, la serie de la Guerra del Paraguay, que ha de ocuparlo por completo -«salvo la ejecución de varias telas de circunstancias»- hasta su muerte, el 31 de diciembre de 1902.

En marzo de 1885, a instancias del diplomático y ex diputado Norberto Quirno Costa, se inaugura en Buenos Aires, en los salones del Club Gimnasia y Esgrima, una exposición de los óleos de López, con los auspicios del Centro Industrial Argentino. La muestra recibe el unánime elogio de la prensa, aunque, sólo por su valor histórico. El Museo Histórico que abre sus puertas en 1890, es nacionalizado al año siguiente y, a fines de 1895, obtiene la donación de las 31 telas de López en poder del Ministerio de Guerra y Marina. Desde 1897, queda en la sede definitiva del Museo, en el Parque Lezama.

López sostuvo que había trabajado como «un cronista de pincel, sacrificando la armonía del arte a la verdad histórica». Y dos años más tarde, en 1887, al ofrecer en venta sus telas al Estado, insistía en que «no serán por cierto una obra maestra de la pintura, pero son la verdad de los hechos y los detalles» de la Guerra del Paraguay.

En 1898, el Museo Histórico Nacional incorpora una obra más de la serie del Paraguay, «Ataque del Boquerón visto desde el Potrero Piris», la de mayores dimensiones que ha sido comprada al pintor por el Gobierno. En 1968, el Museo de Bellas Artes recibía, por donación de los descendientes de López, varias pinturas de la serie, que expuso por primera vez en 1971. En ese lapso de tres cuartos de siglo, «la verdad histórica» perdió toda importancia -si no la había perdido ya mucho antes- y sólo quedó patente «la armonía del arte». El « cronista de pincel» se esfumaba entonces ante el portentoso pintor.

No fue sólo un documentalista de la historia. Su testimonio de la Guerra del Paraguay posee un alto valor artístico: es ese valor el que, satisfecha la historia, ha dado a las obras de López una perduración estética que va más allá de los episodios vividos por él y trasladados a lienzos. Se reconoce la preferencia por la naturaleza en las escenas bélicas de López: ríos, árboles, ensenadas, llanos, esteros, cielos, pero también naves, carretas, carpas, sables, uniformes, todos los elementos aparecen integrados al paisaje. Un paisaje que no es el encendido de los románticos ni el delicado de los preimpresionistas, sino un paisaje regional e intuitivo, que lo ubicó como el mejor artista argentino del siglo XIX.

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