2 de marzo 2006 - 00:00

"Capote"

Philip Seymour Hoffman, como Truman Capote, y Catherine Keener como Harper Lee, en el ejemplar film de Bennett Miller.
Philip Seymour Hoffman, como Truman Capote, y Catherine Keener como Harper Lee, en el ejemplar film de Bennett Miller.
«Capote» (id., EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: B. Miller. Int.: P. S. Hoffman, C. Keener, C. Collins Jr., C. Cooper, B. Balaban y otros.

En 1966, hacia el fin de sus días literarios y antes de sobrellevar sus últimos 19 años de vida sepultado en alcohol y droga (casi dos décadas inútiles, en las que apenas pudo publicar recopilaciones de artículos periodísticos), Truman Capote solía citar un acápite de Santa Teresa de Jesús, que cierra esta película: «Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas que por las ignoradas». A Capote no le fueron esquivos el poder y la gloria en cuya obtención puso todas sus energías, aunque fueron ellos los que terminaron destruyéndolo. «Plegarias atendidas», justamente, iba a ser el título de su último libro, del que sólo llegaron a editarse fragmentos, y de manera póstuma.

El ejemplar film de Bennett Miller se concentra en esa transición, tal vez menos una hipótesis de relato cinematográfico como una fotografía veraz del personaje: la que va del hombre mundano, amanerado hasta la exasperación, envidioso, brillante, tan voraz de conocimientos como de adulación, al individuo que, cumplidos sus propósitos en demasía (tanto, que llegó a asomarse adonde no quería), se convertirá en un patético fantasma silencioso.

Ese pasaje se circunscribe a seis años, los que enmarcan la vida de Capote en el proceso que lo llevó a escribir «A sangre fría», la crónica del asesinato de una familia de granjeros en el ignorado pueblito de Holcomb, Kansas, que modificó la historia de la literatura y el periodismo norteamericanos («novela real» que Richard Brooks llevó al cine en 1967, en gran versión).

El guión de Dan Futterman, basado en el libro de Gerald Clarke, da pie a una película que se distingue, con toda deliberación, de la tradicional «biografía integral». El método consiste en evitar todo flash retrospectivo, todo racconto de infancia y adolescencia, aunque más no sea a la manera de recuerdo; toda escena crepuscular o mortuoria; y así, logra echar mucha más luz sobre su personaje, recreado por Philip Seymour Hoffman casi como una reencarnación, según afirman quienes lo conocieron y trataron.

A través de esos seis años se conoce más sobre el hombre Capote que con cualquiera de esas posibles reconstrucciones (que suelen servir para darle trabajo a actores niños, y prolongar innecesariamente una película). En este período afloran su genialidad y sus mezquindades, su mundanidad magnética y agresiva; su energía, la que lo llevó primero desde el sur natal a la cosmopolita Nueva York, y de allí a exhibir sin pudores, en la machista Kansas de los 60, su personalidad de «loca» ante la policía local mientras se empeñaba en investigar y dar cuenta de los crímenes. Allí esa teatralidad empieza a hacerse añicos cuando choca, sin defensas, con la mirada de Perry Smith, uno de los dos asesinos de Holcomb (verosímil interpretación de Clifton Collins Jr.)

La relación entre
Capote y Smith fue largamente debatida por historiadores y biógrafos. Se habló inclusive de un enamoramiento latente (hipótesis que, más allá de su eventual veracidad, resulta irrelevante para el giro que toma su vida). La piedad, la repugnancia, el encandilamiento, la ternura, la dominación, la identificación, la culpa, el miedo: Smith despertó en Capote sentimientos que nadie, y mucho menos aduladores y pares, habían logrado hacer asomar hasta entonces, y cuya sucesión o simultaneidad van reconstruyendo la crónica de su crónica, y reproduciendo su extenuante odisea.

El film de
Miller, además, está sostenido por un conjunto de notables secundarios: en primer lugar, Catherine Keener, que interpreta a su asistente Harper Lee y luego futura autora de «Matar a un ruiseñor» (en la escena de la première de esa película tiene lugar, sutilmente, una de las más abyectas reacciones de Capote, que lo definen tanto como sus esplendores).

El buen actor canadiense
Bruce Greenwood da con el tono justo de Jack Dunphy, amante satélite de Capote a lo largo de muchos años; Bob Balaban (uno de los intérpretes favoritos de Woody Allen) encarna al famoso editor de «The New Yorker», William Shawn, y Chris Cooper al receloso, frío y finalmente flexible policía Alvin Dewey.

Finalmente, y además de la reconstrucción mimética de la figura de
Capote, la labor de Hoffman tiene una valía adicional, tal vez casi de la misma dimensión: permitir que el espectador, a través de su interpretación al desnudo, pueda terminar amando un personaje con tantos rincones abominables.

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