«Diario de un mal año» de J.M.Coetzee. Buenos Aires. Mondadori, 2007. 243 págs.
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El señor C. es un célebre escritor sudafricano, radicado en Australia que prefiere escribir sobre cuestiones filosóficas, políticas y morales antes que enfrentar el agobio de una nueva novela. A los 72 años se siente demasiado viejo y agotado, aunque esto no le impide enamorarse a primera vista de una joven de origen filipino que vive en su mismo edificio. De inmediato la convence para que desgrabe sus artículos aún cuando ambos saben que no es la persona ideal para esta tarea.
Anya tiene un marido australiano, especialista en finanzas, que un poco por celos (no reconocidos) y otro tanto por codicia se va entrometiendo en la intimidad de su vecino, al que considera un viejo patético y algo perverso que ni siquiera sabe cómo invertir su dinero. Y obviamente se engaña, porque el señor como buen alter ego de su autores un viejo lobo con piel de cordero. No es que termine teniendo sexo con la chica, pero en definitiva es el que saca más provecho de este extraño triángulo amoroso.
«Diario de un mal año» es el nuevo experimento literario del escritor y Premio Nobel J.M. Coetzee en el que retoma la línea iniciada en su antepenúltima novela « Elizabeth Costello», pero de manera mucho más desembozada. Ya no necesita esconderse tras las faldas de aquella astuta viejecita que utilizaba su fama de escritora best seller para escandalizar a sus diversos auditorios (y/o lectores) con sus polémicas disertaciones; Coetzee sigue opinando sobre todo aquello que le preocupa (Al Qaeda, la educación, el anarquismo, la pedofilia, la gripe aviar, la vejez, la matanza de animales, Harold Pinter, el uso del inglés, etcétera) ya sin tomarse el trabajo de infiltrar sus reflexiones personales dentro de una ficción.
De todos modos, no deja de ser una apuesta muy atrevida el haber dividido esta novela en varias ventanas, como la pantalla de una computadora. En la parte superior se leen los artículos del señor C. ya desgrabados por Anya, mientras que en el nivel inferior se narran los pormenores de esta relación. La historia se pone mucho más interesante cuando un campo empieza a invadir al otro y viceversa, por ejemplo, a través de las críticas que recibe el escritor de parte de Anya y su pragmático marido.
Quienes haya disfrutado de «Desgracia», «La edad de hierro» y otras obras mayores de Coetzee seguramente echarán de menos la potencia narrativa de este autor. Pero al menos podrán ser partícipes de sus apasionantes debates.
Coetzee es de los que gustan patear el tablero. Se mete en terrenos ríspidos, cuestiona lo que nadie se atreve y por más que insista en hacerse pasar por un viejito decrépito, en realidad sigue siendo un incansable removedor de tabúes.
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