Pese al paso del tiempo, «La historia de una monja» se resiste al envejecimiento gracias a su noble materia cinematográfica. Si bien su naturaleza excesivamente melodramática la aleja un tanto de la sensibilidad actual, la película, que dirigió Fred Zinneman («A la hora señalada», «Julia») fue en su momento fuerte e inteligentemente controversial.
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En primer lugar, mostró a una Audrey Hepburn por completo apartada de la imagen ligera y burbujeante que tenía de ella el público. Su personaje, la belga Gabrielle van der Mal, es el de la hija de un científico que no puede entender que ella abrace la vida religiosa. Hepburn actúa casi siempre a cara lavada, nada más lejos del glamour de «La princesa que quería vivir» o «Muñequita de lujo».
Pero además, el film terminó representando una bisagra entre la intachable tradición de las películas sobre religiosas y lo que sobrevendría, en las décadas siguientes, con los « cuestionamientos» al dogma (es decir, al cine de «esa segunda inocencia que da en no creer en nada», hoy tanto más envejecido que el anterior).
Con astucia y buen gusto, el libro eludió el todavía vigente Código Hays en los EE.UU., en momentos en que también la Iglesia comenzaba a acercarse al Concilio Vaticano II. La historia de la monja Hepburn es la de una religiosa, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que lleva en su interior el infierno de las contradicciones junto a la fe. Su personaje no duda en el Misterio, pero a la vez no entiende por qué debe evitar la compañía masculina (se enamora del médico que interpreta Peter Finch) y abomina de las monjas que sirven al nazismo. Su duración de dos horas y media no se siente. Es una película que mereció su resurrección gracias al DVD. Marcelo Zapata
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