26 de noviembre 2008 - 00:00

"El último gran mago"

Guy Pearce yCatherineZeta Jones en«El últimogran mago»:un amormediado porla magia y elchampagne.
Guy Pearce y Catherine Zeta Jones en «El último gran mago»: un amor mediado por la magia y el champagne.
«El último gran mago» («Death Defying Acts», Gran Bretaña-Irlanda, 2007; habl. en inglés). Dir.: G. Armstrong. Int.: G. Pearce, C. Zeta Jones, T. Spall, S. Ronan y otros.

En «El último gran mago», el célebre Harry Houdini es uno de esos hombres que aman demasiado, pero a la madre. Cuando eso ocurre (como lo demostró Edipo de Tebas), a esos hombres se les vuelve muy complicado, si no imposible, llegar a amar a otra mujer en sus vidas. Tanto es así que, si eventualmente intentaran vincularse con alguna, lo que no es muy habitual, la desdichada suele terminar sufriendo un poco.

Así pues es el gran Houdini en este nuevo film de la australiana Gillian Armstrong: un mago prodigioso que no sólo carga cadenas cuando se sumerge, sino que sobrelleva otras más pesadas que lo atan al triste recuerdo de la santa desaparecida. Con ese dolor a cuestas llega en 1926 a Edimburgo, en el marco de una gira mundial, para continuar reiterando allí el mismo desafío que planteó en vano en otros sitios: recompensar con 10.000 dólares a aquella auténtica vidente que se comunique con el espíritu de su madre, y para probar lo cual deberá repetir exactamente sus últimas palabras. El film, que nada tiene que ver con dos éxitos del año pasado como «El ilusionista» y «El gran truco», cruza allí a Houdini con una adivinadora de vodevil y su avispada hija, que sí cree tener poderes (y tal vez los tenga, nunca se sabe). Ese cruce es el comienzo del hechizo que experimenta el mago por la adivinadora, más romántico que parapsicológico, aunque como el espectador descubrirá más adelante, alguna triquiñuela sobrenatural podría haber influido para que se produzca.

«El último gran mago» es una película pequeña, inofensiva, que se ve con agrado aun con sus errores y su humor involuntario. La escena del cortejo en un restaurante de lujo, cuando ella sólo pide pan porque no sabe leer el menú en francés es casi antológica -y está hecha con seriedad-, lo mismo que cuando Houdini la invita a dar unos pasos por la gárgola de una catedral, a una enorme distancia del piso (un mago como él no podría rebajarse a invitarla a un café).

Pero lo más absurdo es la caracterización de los protagonistas: Houdini (Guy Pearce, el de «Memento») se mueve siempre con la suficienciay el estilo canchero de un hombre de mundo habituado a romper corazones, todo lo opuesto del torturado y traumado penitente de una madre muerta que postula el guión (sería como poner a George Clooney a hacer de Norman Bates en «Psicosis»). Catherine Zeta Jones sigue luciendo una figura espléndida, pero como pseudopitonisa escocesa no llega, en fin, a ser demasiado persuasiva.

M.Z.

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