Desde la última exposición retrospectiva en las Salas Nacionales en 1989, la obra de Juan Batlle Planas (Cataluña, 1911 Buenos Aires, 1966) ha tenido poca visibilidad en nuestro medio. Es destacable. entonces, que la Fundación Alon para las Artes siguiendo el criterio de recuperar para la memoria a grandes maestros argentinos, haya dedicado su última exposición de 2006 a la exhibición de 20 obras realizadas entre 1935 y 1946, series que incluyen «Radiografías Paranoicas», «Tibet o El Mensaje», collages, dibujos y bocetos del mismo período.
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Coincidentemente se editó un excelente libro catálogo con una presentación a cargo de Rosa María Ravera, un texto de investigación de Gabriela Francone, curadora de la muestra, una cronología artística y un apéndice con testimonios de sus contemporáneos, entre ellos Roberto Aizenberg, Jorge Kleiman, Noé Nojechowicz, Antonio Berni, Marcelo Pichón Riviere y Aldo Pellegrini, creador en Buenos Aires de la efímera revista «Qué», primera publicación surrealista en lengua castellana. Ravera estima que en Batlle hay un barroquismo que se aprecia especialmente en un desnudo frontal «Sin Título» (grafito sobre papel, 1935), con cabeza de caballo, perforaciones a lo largo del cuerpo, un brazo trunco, un pájaro, una letra E, una imagen de fuerza arrolladora.
Lo mismo sucede en «Radiografía Paranoica», (cartulina recortada, 1936), una figura con pico de ave, garras de carácter inquietante que junto a otra «Radiografía Paranoica» (témpera y grafito, 1936 Colección Constantini) reflejan «vida y muerte, lo dramático y lo grotesco, lo lejano y lo cercano, la curva y la recta».
El ensayo de Gabriela Francone recorre los inicios de uno de los movimientos culturales de vanguardia del siglo XX, generador de polémicas y de significativo aporte a la historia del arte. Breton, Aragon, Nadeau, Artaud, son los nombres que influyen en Batlle que adopta el surrealismo hacia 1930 y que se aprecia en sus dibujos automáticos y collages de clara raíz surrealista mezclada con una visión freudiana, producto de sus lecturas sobre psicoanálisis. Hacia 1940 se acerca a la metafísica de De Chirico y a las atmósferas espiritualizadas de los simbolistas. Su ensayo propone una aproximación a la obra del artista focalizado en el período mencionado y su exhaustiva investigación la lleva a las circunstancias de su vida y a todo lo que aquí se genera con la llegada de los exiliados por la guerra civil española. Desfilan así los nombres de Planas Casas, su tío, Guillermo de Torre, Maruja Mallo, Joan Merli, fundador en 1942 de la Editorial Poseidón.
Aunque Batlle fue amigo de Spilimbergo, de Gambartes, de Xul Solar , que le hizo una carta astral y al que le escribe un prólogo-poema en una muestra homenaje en 1965, dos años después de su fallecimiento.
Es un hecho esencial que la pintura simbólica, casi religiosa, que despierta extrañas asociaciones de este pintor que nunca se nacionalizó pero que forma parte de los maestros argentinos, no sea olvidada. De mirada azul penetrante, gran bailarín de tangos, amante de San Telmo, hincha de Racing, Batlle Planas manejó lenguajes científicos y psicológicos, fue un teórico comprometido con los problemas del hombre de su tiempo, realizó bellísimas obras, especialmente témperas de tonos fríos, figuras despojadas de carnalidad que comportan una lírica melancolía. Aunque mantuvo una tradición subordinada al surrealismo, congregó una serie de lenguajes que representaban su ficción existencial, su cultura y contribución a la indagación estética.
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