20 de noviembre 2007 - 00:00
Geraldine Chaplin: "Fue sano pelearme con mi padre de muy joven"
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Geraldine
Chaplin, con la
camiseta de San
Luis Cine: «Si mi
madre no se
hubiera dedicado
de lleno a cuidar
a papá, quizás
habría sido
escritora.
Escribía unas
cartas
impresionantes».
G.C.: Si, de los 14 a los 21 años viví fuera de casa.
P.: ¿En plena adolescencia?
G.C.: En mi caso fue algo muy sano. Peor es cuando una se pelea con los padres a los cuarenta. O, como le pasó a mamá, que al casarse con papá, su padre (el dramaturgo Eugene O'Neill) no quiso saber más nada con ella. Inclusive se negó a conocer a sus nietos. No solo a mí, que nací al año siguiente, sino también a Michael y Josephine.
P.: Que aparecen junto a usted en «Candilejas».
G.C.: Si, y luego Victoria y yo aparecimos en «Una condesa de Hong Kong». Pero usted me preguntaba por las navidades de mi infancia... sea que viviéramos en California, en Londres, o en Suiza, recuerdo que eran de mucha opulencia, la mesa llena, adornos por todas partes, pero solo porque mamá adoraba esa época. Papá en cambio se deprimía, porque recordaba su infancia de niño pobre. Los suyos nunca tuvieron nada. «A mí me daban una naranja», decía mientras nos miraba abrir los regalos.
P.: Cuando él hizo fortuna, trajo consigo a su madre.
G.C.: Que ya estaba mal. Un día te reconocía, otro andaba como perdida. Para mi padre ese era un gran dolor. Todo su bienestar perdía sentido cuando la miraba. Del éxito mundial de su hijo, del amor que le tenía el público de todo el mundo, ella nunca pudo enterarse. En la película «Chaplin» reproduje sus gestos, con la mayor lealtad posible, y con una pena grande.
P.: Volvamos a la fiesta.
G.C.: Si, por favor. Caramba, no me esperaba esta pregunta. Sabe, me estoy acordando de mi madre. Ella (que murió hace quince años) era la mujer más maravillosa que haya habido sobre la tierra. Cariñosa, atenta, inteligente, con un sentido del humor impresionante, y además tan llena de besos. El suyo era un amor muy físico, lo que es muy raro entre los anglosajones. Además tenía dones notables, que voluntariamente dejó de lado. Pienso, por ejemplo, que si no se hubiera dedicado de lleno a cuidar a papá, ella quizás habría sido escritora, porque escribía unas cartas impresionantes. Pero así fue. Papá predicaba valores, pero era mamá quien daba el ejemplo. Yo la adoraba, y mis hermanos seguro que también. Las chicas queríamos ser como ella. Todas lo hemos intentado, pero yo creo que no le llegué ni a la punta de los talones.
P.: No puede ser.
G.C.: Ni a los talones. Algunas cosas heredamos de ella, es cierto. Por ejemplo, somos todos monógamos, o de relaciones largas. Y yo me sorprendo cuando uso con mis hijos las mismas palabras que ella usaba conmigo. Bueno, también lo de las fiestas navideñas, es una tradición que yo he seguido con mis hijos, y seguiré con mis nietos, aunque ya no siento lo mismo que cuando era chica. Además, nosotros éramos un montón, y yo he criado a cada uno de mis hijos casi como si fuera único, porque se llevan doce años de diferencia.
P.: Su hija se llama Oona, en homenaje a la abuela.
G.C.: Mi hija es un huracán, grande, hermosa, más que hija mía parece hija de Sofía Loren. Y es muy divertida. Ella está empezando a trabajar, ahora. Y tenemos una relación impresionante.
P.: ¿Y su hijo?
G.C.: También, ¡qué le voy a decir! Se llama Shane. Es psicólogo, ahora está haciendo el doctorado y enseña en la Universidad de Pittsburgh, pero antes pasó muchos años atendiendo a los enfermos terminales sin techo, que la policía recogía de la calle, y también en un hospital de niños de Miami, donde van las criaturas golpeadas, violadas. Un ambiente como ese debe haber conocido su abuelo cuando era niño en Londres. Bueno, no me haga hablar más.
Entrevista de Paraná Sendrós

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