28 de noviembre 2007 - 00:00

Gran escritor largamente ignorado

«Cuentos completos» de Antonio Di Benedetto. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, 2007. 706 págs.

Diversos factores impidieron que la obra de Antonio Di Benedetto (1922-1986) tuviese la difusión que se merecía. Su prosa experimental, impregnada de existencialismo, alejada de la corriente regionalista y generosa en apuntes fantásticos y neokafkianos, no era lo que se esperaba de un escritor de provincia. Por no hablar de sus dolorosos años de exilio y de su abierta incapacidad a la hora de editar su obra narrativa con un criterio organizativo claro y coherente.

Aun cuando muchos de sus pares (y muy especialmente Juan José Saer que hizo público su reconocimiento) coincidieron en incluir a su novela «Zama» entre los diez títulos más importantes de la literatura argentina, la obra del mendocino siguió soslayada durante décadas. Así lo asevera Julio Premat en el breve y profundo análisis crítico que precede a estos «Cuentos completos» publicados en 2006, justo al cumplirse veinte años de la muerte del escritor y que ahora han sido reeditados.

La compilación sigue un escrupuloso orden cronológico, lo que permite apreciar con mayor claridad las distintas etapas que fue atravesando su escritura. Pero, para debutar en la lectura del autor de «El silenciero» y «Los suicidas» recomendamos comenzar por sus narraciones más extensas y elaboradas. Por ejemplo, «El juicio de Dios» (en pleno desierto y a causa de un malentendido, un orgulloso jefe ferroviario queda a merced de un grupo de paupérrimas familias que le endilga la paternidad de una criatura); «As» (una humilde mucama se revela como una imbatible jugadora de naipes despertando la codicia de su familia) o «Aballay», un relato antológico, que narra las vicisitudes de un gaucho que para expiar un antiguo crimen decide emular a los estilitas (aquellos ascetas que pasaban años trepados a una columna) manteniéndose sobre su montura día y noche. Al comienzo el atormentado Aballay provoca cierta gracia por su ingenuidad y candidez, pero a lo largo del relato se va transformando cual personaje borgiano en una figura mítica entregada a su destino.

El narrador transmite sus historias en forma elíptica, describiendo climas enrarecidos o dejando entrever, mediante parcas acotaciones o mínimos diálogos, la complejidad psicológica de sus personajes o sus preocupaciones metafísicas, casi impensables en ambientes rurales donde la vida aparenta ser mucho más simple o menos torturada que en las ciudades.

Su veta más experimental se percibe en los primeros relatos de «Mundo animal» (1953), historias de metamorfosis, mutilaciones y de cruentos enfrentamientos entre animales y humanos; pesadillas muy fáciles de relacionar con la obra de Kafka.

No faltan las historias de amor (condenadas al fracaso) ni aquellas que aluden al agobio de la vida matrimonial, a conflictos entre padres e hijos y a la incomunicación que subyace en todo tipo de vínculo.

Su narrativa está profundamente ligada al silencio, la soledad, la amenaza de muerte y a cierta desesperación reprimida. Pese a ello, invita a sumergirse en sus páginas con gran avidez, tomándose el tiempo necesario para meditar (y/o subrayar) sus inteligentes reflexiones y comentarios.

Patricia Espinosa

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