17 de febrero 2005 - 00:00

Hay fantasmas que aman mucho y cantan demasiado

Gerard Butler como el Fantasma en su versión cinematográfica. Un musical denso, menos apto que «Chicago» para saltar a la pantalla.
Gerard Butler como el Fantasma en su versión cinematográfica. Un musical denso, menos apto que «Chicago» para saltar a la pantalla.
«El fantasma de la ópera» («The Phantom Of The Opera», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: J. Schumacher. Int.: G. Butler, E. Rossum, P. Wilson, M. Driver, M. Richardson.

La seducción de «El fantasma de la ópera» no ha perdido vigencia. La novela de Gastón Leroux se leía en 1910, año de su publicación, con el mismo placer con el que en los años '80 y '90 se compraban paquetes turísticos a Nueva York o Londres que incluyeran al musical de Lord Andrew Lloyd Webber entre las ofertas de salidas.

Casi simultáneamente a la aparición del libro, en los tiempos del cine mudo, Lon Chaney le dio al fantasma del palacio Garnier un rostro casi definitivo, y luego, a lo largo de los años, fueron apareciendo (con menos fortuna de la soñada) diferentes variaciones de la misma historia. La mejor, quizá, fue la versión pop que rodó Brian de Palma en 1974, en la que Paul Williams le saqueaba una cantata al monstruo.

Hollywood tardó mucho en decidirse a llevar el musical a la pantalla. Más de un director se interesó en el proyecto para terminar rechazándolo, y varias generaciones de actores-cantantes, desde la creadora original del papel de Christine, Sarah Brightman, hasta Antonio Banderas, fueron igualmente tentados y luego dejados a un lado. Al ver ahora la película del ecléctico Joel Schumacher se entiende por qué. Como musical, «El fantasma de la ópera» es mucho más resistente al cine que, por ejemplo, «Chicago». En la versión Lloyd Webber, la vieja fábula de la joven y bella soprano, su diabólico protector y el intruso que se enamora de ella (Christine, el Fantasma y Raúl) es tan apta para satisfacer placeres melancólicos como rebelde para adaptarse a los requerimientos estéticos de un film musical contemporáneo. Si el amor es fugaz, cantarlo en el cine durante dos horas y veinte puede terminar matando el romanticismo. Los tiempos del cine no son los mismos que los del escenario.

• Adaptación

Entre todas las variantes posibles, la adaptación de Schumacher es lo más parecido a la que habría hecho Franco Zeffirelli si se hubiera tenido que enfrentar al mismo encargo (de acuerdo con el gusto particular de cada uno, esto hasta podría ser un elogio). Esta versión recuerda, por la óptica elegida, a la que treinta años atrás hizo Zeffirelli de «La traviata», película que no sólo puso en escena el drama de Violeta, Alfredo y el despiadado Germont, sino sobre todo la fatigosa lucha por tratar de imprimirle, a una obra concebida para la escena, el dinamismo del cine.

Schumacher
, como antes Zeffirelli, no quiso limitarse a filmar el musical sino que intentó «airearlo» cinematográficamente. Para ello, buscó puntos de apoyo en sus propios paisajes mentales, incurablemente mórbidos, sobre el destino de algunos de los personajes en el París sepia de 1917. Su película parte de un escenario gótico donde no sólo hay un Fantasma sino cientos de ellos, los suyos propios. Son esos espectros envejecidos, que concurren a la subasta de la ópera al iniciarse la película y sobre los que volverá más de una vez, quienes funcionan como la base de una trama en la que todo el musical representa un gigantesco flashback.

Entregarse a la seducción de sus melodías, gozar con ellas y sobre todo con su pegadizo leitmotiv con órgano, recompensa por supuesto la concurrencia al cine. Aunque eso no evita que, promediando la mitad del film, el conocido destino de sus personajes empiece a ser menos interesante. Tampoco faltará el espectador que desee, en ese momento, que el fantasma actúe más rápido y cante menos.

Porque aquí se plantea al problema de muchos musicales dramáticos llevados al cine: que la música, en algunas ocasiones, más que un placer sea una impertinencia.
Woody Allen, en «Todos dicen te quiero», parodió este peligro cuando, en medio de una situación tensa entre dos personajes, uno de ellos se ponía a cantar.Y eso ocurre en «El fantasma de la ópera».

El elenco es sólido, pero sólo en sus secundarios. Gerard Butler (el Fantasma) parece incapaz de transmitir pasión. A ello se suma el hecho de que la revelación de su rostro desfigurado, a diferencia de lo que ocurría desde Lon Chaney a Narciso Ibáñez Menta, sea un detalle accesorio (aquí está apenas chamuscado). Emmy Rossum, como Christine, es bonita y tiene buena voz, pero sólo eso. Patrick Wilson (Raúl) tampoco parece el vizconde ideal para conmover un corazón. En cambio, la magnífica Minnie Driver (la Diva), la sublime Miranda Richardson (regenta y vocera del Mal), y hasta el brillante actor de soporte Simon Callow (uno de los «impresarios») hacen mucho más por el film que sus protagonistas.

M.Z.

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