17 de febrero 2005 - 00:00
Hay fantasmas que aman mucho y cantan demasiado
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Gerard Butler como el Fantasma en su versión cinematográfica. Un musical denso, menos apto que «Chicago» para saltar a la pantalla.
Schumacher, como antes Zeffirelli, no quiso limitarse a filmar el musical sino que intentó «airearlo» cinematográficamente. Para ello, buscó puntos de apoyo en sus propios paisajes mentales, incurablemente mórbidos, sobre el destino de algunos de los personajes en el París sepia de 1917. Su película parte de un escenario gótico donde no sólo hay un Fantasma sino cientos de ellos, los suyos propios. Son esos espectros envejecidos, que concurren a la subasta de la ópera al iniciarse la película y sobre los que volverá más de una vez, quienes funcionan como la base de una trama en la que todo el musical representa un gigantesco flashback.
Entregarse a la seducción de sus melodías, gozar con ellas y sobre todo con su pegadizo leitmotiv con órgano, recompensa por supuesto la concurrencia al cine. Aunque eso no evita que, promediando la mitad del film, el conocido destino de sus personajes empiece a ser menos interesante. Tampoco faltará el espectador que desee, en ese momento, que el fantasma actúe más rápido y cante menos.
Porque aquí se plantea al problema de muchos musicales dramáticos llevados al cine: que la música, en algunas ocasiones, más que un placer sea una impertinencia. Woody Allen, en «Todos dicen te quiero», parodió este peligro cuando, en medio de una situación tensa entre dos personajes, uno de ellos se ponía a cantar.Y eso ocurre en «El fantasma de la ópera».
El elenco es sólido, pero sólo en sus secundarios. Gerard Butler (el Fantasma) parece incapaz de transmitir pasión. A ello se suma el hecho de que la revelación de su rostro desfigurado, a diferencia de lo que ocurría desde Lon Chaney a Narciso Ibáñez Menta, sea un detalle accesorio (aquí está apenas chamuscado). Emmy Rossum, como Christine, es bonita y tiene buena voz, pero sólo eso. Patrick Wilson (Raúl) tampoco parece el vizconde ideal para conmover un corazón. En cambio, la magnífica Minnie Driver (la Diva), la sublime Miranda Richardson (regenta y vocera del Mal), y hasta el brillante actor de soporte Simon Callow (uno de los «impresarios») hacen mucho más por el film que sus protagonistas.
M.Z.



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