La nueva pieza del grupo La Arena comparte con las anteriores (que eran para grandes y
chicos) su buen mix de danza, acrobacia y actuación, pero su abstracción y sensualidad la
hacen exclusiva para adultos.
«Sanos y salvos» Compañía La Arena. Idea y Dir.: G. Hochman. Mús. y Dir. Musical: O. Giammarco. Acróbatas:C. Della Negra, L. Mosca, F. Valeri y otros. Mús.: P. Bronzini, N. Santamarina y otros. Esc.: D. Della Pittima. Vest.: L. Molina. Ilum.: G. Córdova. (Ciudad Cultural Konex.)
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Con una temática bastante más oscura y abstracta que la de espectáculos anteriores, «Sanos y salvos» podría ser considerada una obra de transición dentro de la amplia producción de Gerardo Hochman destinada, en general, a grandes y chicos. Esta vez el lenguaje de la acrobacia derivó en cuadros que, en su mayoría, parecen más ligados a la danza contemporánea que a situaciones dramáticas medianamente reconocibles.
En «Gala» (1999), Hochman logró llevar a escena la gozosa intimidad de los camarines, en «Bellas Artes» (2001) recreó la rutina cotidiana de un museo; mientras que en «Fulanos» (2004) ahondó como nunca en los vínculos humanos logrando transmitir en cada cuadro un amplio registro de emociones. «Sanos y salvos» comparte con esas obras su ritmo vertiginoso, el impecable trabajo en equipo y un buen entrelazamiento de danza, acrobacia y actuación. A esto se suma ahora la interpretación en vivo de un grupo de músicos que acompaña muy de cerca a los acróbatas en cada una de sus peripecias. Las sugerentes melodías de Omar Giammarco brindan una atmósfera sensual y poética a este espectáculo dedicado exclusivamente al público adulto.
El vuelo de dos trapecistas flotando en la noche con sus pechos al aire; la desesperación de un solitario entre cuerpos que duermen; acróbatas trepando y deslizándose enérgicamente por un mástil vertical o bien parejas que intentan dialogar con el lenguaje de señas de los sordos y terminan danzando. Escenas como éstas hacen que la obra adquierauna levedad muy placentera. Ni siquiera las divertidas apariciones de un clown -de aspecto infantil y empeñado en jugar con jaulas, ruedas de bicicleta y otros objetos- logran desplazar la suave melancolía que domina este espectáculo, en el que los artistas discuten, hablan con el público y transmiten sus pasiones con una energía contagiosa.
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