29 de octubre 2007 - 00:00
La ciudad, tema de dos reconocidos fotógrafos
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La intimidad como territorio de descubrimiento
«Memento
Mori» refleja
la pasión
por la
belleza
femenina y
el gusto por
explorar la
noche de
Arturo
Aguiar, a
diferencia de
Marie
Jeanne
Hoffner,
quien
muestra los
misterios de
las ciudades
a la clara luz
del día.
Los personajes femeninos, cargados de artificio y maquillaje, son protagonistas privilegiados en la producción de Aguiar. La pasión por la belleza femenina queda a la vista en «Memento mori», título que hace referencia a los elementos utilizados en la pintura barroca para recordar la brevedad de la vida. Un desconcertante zapato rojo puesto en un rotundo primer plano, oficia de calavera, es el memento mori que agrega humor y contemporaneidad a la estudiada escena. El zapato se recorta sobre las sensuales piernas con medias negras de una joven dormida. Una pañoleta también roja abriga ese cuerpo que se acurruca en la cama y, sobre él, como si fuera un cuadro, aparece la ciudad con sus edificios bañados por una luz verdosa.
Esa luz, que en el interior de esa buhardilla adquiere tintes azules, y que junto a los brillos que recorren las curvas del cuerpo acentúan la teatralidad de la escena, conforma en gran medida el estilo del artista. Todo parece confabularse para crear un clima de ficción, y la imagen puede verse como el punto de partida de un relato fantástico. Hay símbolos, pequeños íconos, signos y minirrelatos que componen sabiamente la «intriga». Así, sus ficciones o puestas en escena fotográficas, revelan los desplazamientos y fusiones de la práctica artística actual.
«Hoy, los artistas inventan atajos», observa Estol. «Y un atajo no es más que una forma de poner en movimiento las ideas. Una forma de relacionar ideas. Las ideas siempre están buscando personas que las lleven a otro lado, como las semillas, ésas que vuelan por el viento o ayudadas por pájaros, hasta encontrar un lugar más próspero en donde crecer. El trabajo de Marie-Jeanne parte de esos azarosos vuelos».
En el barroquismo de las obras de Aguiar, «Cocina con aloe», «La cocina del artista» o «Bodegón con azucena», se advierten las múltiples influencias y referencias a la pintura, la atmósfera es dorada y la luz se proyecta sobre los objetos en sombra con la agilidad de una pincelada. El tenebrismo de gran parte de las imágenes deriva de la reelaboración de las viejas relaciones que, desde sus orígenes, la fotografía ha mantenido con la pintura.
En las últimas fotos, el tema es la acumulación de objetos, al punto que la retina se resiste a registrarlos y percibe manchas abstractas que, como sucede con la pintura impresionista, cambian al acercarse o alejarse de la obra.
El conjunto de estos trabajos encierra una lección visual, pero el camino hacia el corazón de la noche tiene un tinte emotivo. El deseo del artista de encontrar el aura o «la manifestación irrepetible de una lejanía», el afán de arribar a lo «lejano», está encarnado en las imágenes. Y el aura tiene la dimensión del deseo.




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