6 de junio 2006 - 00:00
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«Imagen» (1965), de Ernesto Deira. Oleo sobre tela, 170 x
130 cm.
Luego se presentó en el Museo de Arte Moderno de Caracas, dirigido en ese momento por William Niño que la había visto en Buenos Aires.
Uno de de los factores que dominaron la temática de Deira, además de su intención permanente por romper con los sistemas establecidos a partir de la Segunda Guerra Mundial, fue su interés por el espectador. El dibujo, la pintura, y el grabado, movieron a Deira a dejar su carrera de abogado. La neofiguración fue siempre en él una actitud rebelde.
La distorsión de la figura a partir de un expresionismo donde cabe la burla y la indignación ante la realidad circundante, es emblemática. Deira no desdeñó la retórica, un estilo hecho por descomposiciones, de líneas cada vez más acentuadas que reflejaban el caos de la sociedad.
Los signos de Deira, al estar reunidos y formados en conjuntos en los que el artista urdía innumerables redes materiales, hicieron de su obra un singular bastidor de representaciones que el observador empleaba para su propia interpretación. Así su obra devino en escritura. La fuerza expresiva permanezadoció en sus obras de los años setenta, y fue al mismo tiempo el lugar donde sus licencias pictóricopoéticas se tornaron cada vez más difusas dejando terreno a las formas de un dibujo seguro, que se recompuso en una anatomía discursiva que caracterizó toda su producción. Los modelados de color se pusieron al servicio de una imagen que sin hacer hincapié en lo lógico, tampoco desdeñó la idea de peso y representación.
Es la escritura lo que Deira privilegió, es decir un sistema de notaciones cromáticas y escriturales. No se interesó por el sentido de la obra sino por su forma, es decir, por llevar a primer plano la materia en sí misma. Deira no representó al mundo; el mundo que describió fue el de las peripecias internas. Hizo presente la problemática del manierismo: la plurifocalidad y lo terrible. Manierismo es un término que, en algunos artistas aún conserva un carácter peyorativo, asociado al amaneramiento, por su tardía aparición en el universo de las categorías histórico-artísticas.
Sin embargo, es en este primer momento post-renacentista que lo moderno aparece, entendido como reflexión inteligente acerca de las relaciones entre arte y sociedad, y entre las prácticas artísticas tradicionales y su actualización. El manierismo del siglo XVI -cortesano y aristocrático- imperante en los países de Europa, desintegró la estructura espacial unitaria renacentista, en una actitud que resolvía las partes -en la tela, en la obra arquitectónica- y las organizaba en distintas escalas, diferentes valores témporoespaciales.
Esta plurifocalidad fue, en síntesis, una ruptura valiente con el realismo y el dogmatismo. Fue su rechazo por lo académico lo que lo llevó a su período lineal y le permitió a Deira incursionar en esta ausencia de sentidos. Fue entonces cuando promovió y propugnó una técnica desprendida de lo concreto (exterior) para centrarse en lo interior. No hay psicologismo sino ironía y sarcasmo en sus obras que envió al Camden Art Center de Londres (1969). No se puede hablar entonces de intenciones en Deira, quien fuera de toda armazón lógica fue estructurando sus obras a partir del libre juego de las formas.
El artista sabía que la pinturadirecta o las manchas o las líneas, iban produciendo por sí solas un significado. La premisas que lo condicionaron desde los primeros años de los setentas, fueron buscar una progresiva coherencia en el color; abandonar la deformación violenta; reacondicionar la paleta a un lirismo que no eludiera la realidad descarnada, pero que atendiera simultáneamente los problemas de la composición.
En la etapa posterior a 1974, inició su discurso contra la representación. Su autocrítica lo llevó a convencerse de que la labor de pintar no era un don sino algo de quien se ha esforpor conseguirlo. Desde el blanco y negro de Identificaciones, 1971 donde acentuó el expresionismo hasta Sobre Moctezuma, 1976, donde se puede reconocer su actitud manierista, Deira desplegó un recorrido poco común. Son signos que al estar reunidos y configurados en conjuntos en los que el artista tejió innumerables redes, hicieron de su obra un excelente bastidor de representaciones que requirieron del espectador un esfuerzo de interpretación. Este esfuerzo era propio también de la figuración tradicional, pero fue en la retórica de Deira donde se manifestó de manera explícita. Una muestra que es necesario ver para comprender dos importantes décadas de arte argentino, los '60 y los '70.



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