Los Angeles (Reuters) - Elia Kazan fue uno de los más grandes directores de Hollywood y Broadway. Pero el legado de Kazan, el hombre que también ayudó a convertir a Marlon Brando y a James Dean en actores de talla mundial y consolidó las carreras de Arthur Miller y Tennessee Williams, está ensombrecido, por ofrecer testimonio ante el caza comunistas Comité de Actividades Antiamericanas. Kazan mencionó a 16 personas, incluyendo a un amigo cercano. Luego, cometiendo el mayor error de su carrera, publicó un aviso en «The New York Times» defendiendo lo que había hecho y se transformó en Hollywood en el símbolo del informante.
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Actualmente, una biografía de 544 páginas del historiador de y crítico de la revista «Time», Richard Schickel, trata de poner las cosas en su lugar y de darle a Kazan, quien murió en 2003 a los 94 años, el crédito que merece por ser una figura de peso en el cine y teatro americanos. Al mismo tiempo, el libro de Schickel, «Elia Kazan» abre viejas heridas y sostiene que el «crimen» del director, por el que muchos en Hollywood nunca lo perdonaron, fue la respuesta de un hombre que había arremetido contra el comunismo unos 17 años antes de su testimonio y lo consideraba una amenaza para la sociedad democrática. «Kazan estaba en contra de ellos... No fue que oportunistamente delató a sus amigos», dice Schickel en una entrevista. Schickel también cita a Kazan diciendo entonces que el dejaría de hacer películas por una causa noble, pero ésta no lo era. «¿Para qué mierda dejaría todo esto, para guardar algo en secreto lo que no considero correcto y para defender a personas que ya habían sido delatadas o que pronto lo serían por otra persona? Dije que odiaba a los comunistas hacía muchos años y no me parecía correcto dejar mi carrera para defenderlos». Pero años más tarde Kazan admitió arrepentirse profundamente: «Pensé qué cosa más terrible hice; no el aspecto político porque tal vez eso era correcto, pero no importaba ya. Correcto o incorrecto, todo lo que importaba era el costado humano del asunto. Sentí que no valía la pena herir a otro ser humano por ninguna causa política».
No obstante, el pecado de Kazan llevó a, por ejemplo, que un tercio de las estrellas de Hollywood se negó a ovacionarlo de pie cuando recibió un Oscar honorario en 1999. Tal fue la emoción del momento, pero Schickel dice que se debe ver más allá de aquel incidente para entender su magia. «El cambió la actuación en la pantalla al conseguir que los actores externalizaran sus sentimientos, como una forma de llevar a la pantalla lo que la gente está pensando, lo que los está moviendo». «En una década, toda nuestra idea de juzgar el desempeño de una película fue dada vuelta» agregó.
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