China fue el destino del último grupo de judíos que lograron con documentos, y visa en la mano, escapar del terror racial que Hitler hacía crecer en Europa. Ese hecho poco conocido es el punto de partida de “Pequeña Viena en Shanghái” (Plaza y Janés), el nuevo y admirable libro de Silvia Plager, novela coral de un conjunto de familias que vive pasiones y tragedias en un territorio que sienten ajeno. Plager ha publicado una veintena de libros, donde están sus novelas “La rabina”, “Las mujeres ocultas del Greco”, “Complacer”, “Boleros que matan”, y “Malvinas, la ilusión y la pérdida”, entre otras, y libros de cocina, de humor como “A mal sexo, buena cara” y “Como papas para varenikes”. Dialogamos con ella.
"Pequeña Viena en Shanghái": un insólito choque de culturas
La autora revela un gueto poco conocido en esta ficción sobre hechos reales: el de los judíos que, huyendo del nazismo, se afincaron en la China.
Periodista: ¿Cómo fue aquella historia de los judíos en China?
Silvia Plager: A partir de 1936, y sobre todo tras la “Noche de los cristales rotos”, algunos judíos lograron salir de la Austria y Alemania nazi, cuando todos los países estaban cerrando sus embajadas y fronteras, gracias al visado de un cónsul chino que les abrió la posibilidad de viajar a Shanghai, que era de puertas abiertas. En China llegó a haber 30.000 judíos refugiados que lograron escapar de la Shoa. Después ya no pudieron entrar más en Shanghai porque los japoneses invadieron China y ocuparon esa zona. Y los japoneses, si bien no eran antisemitas, no querían tener problemas con sus aliados alemanes. Los que llegaron después de 1937 fueron llevados a un lugar de confinamiento en el barrio de Hongkou, que llamaron Sector de Refugiados Apátridas, sector al que no denominaron gueto porque no conocían esa palabra ni la idea a la que corresponde. Los japoneses jamás llegaron a cometer los horrores que cometieron los alemanes. En los contingentes europeos que llegaban había profesionales, médicos, economistas, músicos, artistas que al verse sin un centavo, en un país donde no conocían el idioma y la cultura era totalmente distinta, debieron trabajar de lo que fuera. Para defender su propia memoria, su propia cultura, mantener las costumbres, las tradiciones y, a pesar de todo, el humor, crearon Viena Shanghái, una calle con confiterías, tiendas, teatro, negocios.
P.: ¿Cómo le surgió la idea de contar estos hechos?
- P.: Algunas musas, cuando regresan, son peligrosas. Mi amiga Donata Chesi, cuando volvió de un congreso médico en Shanghai, me dijo: tenés que escribir sobre los judíos en China. ¿Hay judíos en Shanghái? Ahora no sé; pero hubo miles. La gente que no escribe piensa que uno puede escribir sobre todo, que tiene armado todo en la cabeza. Me trajo folletos sobre un Museo de los Refugiados Judíos, de una antigua sinagoga. De pronto me escuché diciendo: qué interesante. A partir de ahí comencé a leer, a estudiar, hasta sentir que estaba muy consustanciada, que me venían las ganas de contar una historia, que podía imaginar desde una realidad que había hecho mía.
P.: Su novela se emparenta con las de los escritores judíos estadounidenses, como Bernard Malamud y Philip Roth.
- P.: Puede ser. Confluyen en uno montones de experiencias que quedan en el olvido pero están. En mi casa natal oí hablar español, alemán, idish, polaco, mis tías tocaban Chopin y cantaban canciones en ruso. Y se contaban historias. Yo oía decir que alguien, señalado una foto, decía: éste era mi “hermano de barco”, quería decir que era alguien que había escapado con ella del horror y con los mismos sufrimientos. Escuchar otra historia y descubrir que la certeza es la marca del fanático. Uno tiene todo eso incorporado. Las historias que fue recibiendo, sin ser idénticas, dan consistencia a los personajes de ficción que escribe. La chica que, para que no sufra, la mandan a un colegio de monjas, y de grande se entera que es judía. La judía que se enamora de un chino, forma familia en Shanghai, y se queda ahí para siempre. Las familias apátridas de Shanghái de “Pequeña Viena” finalmente hacen patria en Israel, en Italia, en China.
P.: En la novela reunió la saga familiar, la novela histórica, la sentimental, la feminista, la de tradiciones judías, la gourmet.
- P.: No lo hice con esa intención. Se fue dando cuando me entusiasmé con la terrible historia de ese grupo de judíos europeos, urbanos y cultos, forzados a vivir en el Lejano Oriente, en la pobreza, el hambre, el gueto, el hacinamiento, la mugre, la invasión, los muertos en las calles, la multiplicación de prostíbulos, los fumaderos de opio para ricos y para pobres, la guerra, los bombardeos, y el terrible desarraigo. Y al escribir surgía un tema que siempre me fascinó, el choque de culturas. Y a la vez, que ese choque abre la posibilidad de comprensión, de aceptación, de integración. A medida que me fascinaba con la historia comenzaban a crecer los personajes, y la novela se me iba de algún modo de las manos por las cosas que pasan. Son muchas, y era difícil aunar todo ese mundo, contar la vida de una comunidad judía que trata de sobrevivir en un mundo para ella extraño, y que eso al leerlo sonara fácil a pesar de ser tan complejo. En un momento, en plena creación, en medio de la escritura, se cree atisbar que si bien uno inventa la historia, también la historia lo inventa a uno. Hoy siento que en “Pequeña Viena en Shanghái” hay una conjunción de todas esas cosas que a mí me gustan, y que son el desarrollo de los sentidos, que en las palabras este el tacto, la vista, los olores, el oído, acaso porque sin la sensibilidad no somos nada. Y me gustan los personajes que escapan del corralito en que tendrían que haber visto transcurrir su vida. Los que se salen del gueto, cualquiera que sea.
P.: Uno de los rasgos que distingue buena parte de su obra es el humor.
S.P.: Yo creo que los judíos tienen tantos humoristas, tanto sentido del humor, porque es una manera de salvarse.
P.: Y ahora, ¿qué planea escribir?
S.P.: Ahora estoy como tras una larga caminata por un lugar sinuoso en donde no paré de decirme quiero llegar viva a mi casa. Valery decía: poeta es el que inspira, y a mí me inspira la literatura. Leer me da ganas de escribir. Y mi vicio es leer. Así que no tardaré mucho en empezar algo nuevo.


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