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Wolverine» («X Men Origins-Wolverine», EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir: G. Hood. Int.: H. Jackman, L. Schreiber, R. Reynolds, T. Kitsch, D. Huston.
El comienzo de la primera «X-Men» de Bryan Singer, con las escenas que presentaban al bestial lobizón mutante Wolverine, es uno de los mejores momentos de toda la saga que convirtió al australiano Hugh Jackman en uno de los actores mas populares del siglo XXI. Por eso, si había que seguir explotando la franquicia de los X Men, nada mejor que hacerlo a partir de un film con los pormenores biográficos del mutante mas famoso.
La idea era inclusive más atractiva que la premisa del film anterior con la batalla final entre los X Men y las intolerantes fuerzas del establishment; el prólogo, con dos niños mutantes perseguidos como animales a mediados del siglo XIX prometía una gran pelicula, pero sólo entrega un producto apenas pasable.
Algo similar ocurre con la larga secuencia de titulos que muestra al lobizón Jackman y su no menos bestial hermano mayor (Live Schreider) combatiendo en la Guerra de Secesión, las dos guerras mundiales y finalmente Vietnam, donde empiezan a marcarse las diferencias de carácter de los dos hermanos. Luego de negarse a cometer un par de atrocidades de más y ser fusilados sin mayores consecuencias, son reclutados para un escuadrón compuesto por marginales con superpoderes, como unos «doce del patíbulo» paranormales compuestos de mutantes de todo tipo y calibre, dando lugar a un par de escenas de super accion tan espectaculares como descerebradas: algunos diálogos son tan trogloditas como para avergonzar al mismísimo Chuck Norris.
Mas allá de que la historia siempre se mantiene en movimiento y nunca llega a aburrir gravemente, los guionistas podrían haber eludido los clichés sobre las múltiples traiciones que sufre el protagonista, hostigado por el jefe de experimentos mutantes del gobierno, y enfrentado a su hermano, ya convertido en un asesino despiadado.
El toque de cine de mensaje que caracteriza a la saga se expresa en la lucha por liberar a pobres mutantes jóvenes de una cárcel calcada de Guantanamo, situada en un extraño y atractivo decorado post atomico, Three Mile Island.
La cronica de la transformación de Wolverine de lobizón más o menos común y corriente a supermutante con garras de metal indestructible no deja de sorprender con situaciones e imágenes a la altura del personaje. La aparición de otros integrantes del comic que aún no habían sido llevados al cine ayuda a remontar las tonterías dignos de esas comedias paródicas de los hermanos Zucker que solía protagonizar Leslie Nielsen.
El director sudafricano Gavin Hood acaba de hacer films de acción de bajo costo para el mercado del directo a video protagonizados por Frank Zagarino o Mark Dakaskos, y curiosamente da la sensación de que ese estilo de matiné barata se le filtró en esta superproducción sobre un héroe de historieta que daba para más.
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