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14 de agosto 2006 - 00:00

Malharro: impresionismo trágico, estilo argentino

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«Nocturno», de Martín Malharro: una obra impregnada por el sentimiento de desolación que le provoca una tierra hostil en muchos sentidos.
A pesar de que en los últimos años el Museo de Bellas Artes aceptó donaciones de obras que arbitrariamente se incorporaron a la colección; a pesar, también, de que en la estupenda muestra permanente de arte argentino hay obras que no merecen el lugar de privilegio que ocupan, esta institución sigue siendo el espacio de legitimación por excelencia, el lugar indicado para conocer la historia de nuestro arte.

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Ahora, como se trata de una historia plagada desde el origen de confusiones y olvidos, es justo celebrar la muestra de Martín Malharro (1865-1911) que el Bellas Artes expone en estos días. Curada por Ana Canakis, la exposición viene a rescatar un artista esencial, que con el impresionismo introdujo la modernidad en la Argentina.

La vida de Malharro reproduce como un calco el rechazo que provocaron los criterios innovadores de nuestros vanguardistas, en una sociedad apegada al academicismo. A principios del siglo XX, Malharro desconcertó con sus obras el gusto formal de Buenos Aires, y aunque logró despertar el interés de presidente Roca, padeció una campaña de afrentas.

Luego de vivir siete años en Montmartre y de viajar a Auvernes sur Oise (ciudad donde murió Van Gogh y pintaron Cézanne, Pisarro y Gauguin), Malharro, que compartía desde su juventud el interés por la pintura al aire libre, adhirió a la estética impresionista. Antes de su regreso, en la Exposición Centenaria de París de 1900, el impresionismo que en 1874 había provocado un generalizado rechazo, es definitivamente aceptado por el público. Pero la Argentina es un lugar difícil y distante todavía.

La pintura de Malharro rompe la visión estática del mundo, para atrapar las cambiantes apariencias del paisaje, los instantes fugitivos. Las sensaciones ópticas cambian según sea la incidencia y el devenir de la luz, así las formas se deshacen en fragmentos de colores y reflejos inestables. Como dice Cézanne: «Todo lo que vemos, ¿no es cierto?, se desvanece».

Al ver la muestra, queda en claro sin embargo, que el artista pinta un impresionismo a la Argentina, que se aleja del llamado «arte de lo apacible», y de la estetizada complacencia que desplegaban Monet y su grupo en los bosques de Fointainbleau. La obra de Malharro va más allá de la «impresión», está impregnada por el sentimiento de desolación que le provoca una tierra hostil en muchos sentidos y, sobre todo, de un particular sentimiento de melancolía que invade sus paisajes más nocturnos y sombríos.

Cuando en 1901 expuso sus pinturas en la galería Witcomb, en la revista «Caras y caretas» se ríen de su modernismo. Pero el crítico José León Pagano, que supo descubrir el talento de Cándido López y el de Prilidiano Pueyrredón, observa la situación desde otro ángulo. «En pequeño se reproduce entre nosotros la historia de París. Pero con otra pequeñez: con una pequeñez mezquina, con una pequeñez sórdida, terca y obtusa. ¿Cabe nada más dramático en lo grotesco?», cuestiona Pagano.

Hoy, pasado más de un siglo, es posible ensayar una respuesta. El olvido, que también llegó a su hora y todavía perdura, fue acaso más dramático y doloroso que el rechazo. Con ese rotundocambio estético, su sinceridad abrupta y la profundidad de sus conocimientos, que lo convirtieron en el primer pedagogo del arte argentino, Malharro se convirtió en un personaje difícil de encasillar. «Me vi obligado a romper con tradiciones que habían formado un ambiente ficticio, un reguero de prejuicios. El hecho de ser un artista nacido en tierra argentina, no implica que sólo por eso su obra sea nacional; el hecho de pintar escenas criollas no representa tampoco arte nuestro», aseguraba Malharro, creador de un método que denominó «intuitivo». Lo cierto es que varias de sus teorías para la enseñanza del arte, aún tienen vigencia, no sólo son aplicables sino hasta recomendables. La muestra cierra el 27 de agosto.

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