29 de junio 2005 - 00:00

"Nunca me ofrecen un ciruja, siempre cultos o millonarios"

Duilio Marzio: «En 1960, estudié junto con Marilyn Monroeen Nueva York. Era una gran estrella, pero cuando entrabaa clase nadie le daba bolilla. Era una más del grupo».
Duilio Marzio: «En 1960, estudié junto con Marilyn Monroe en Nueva York. Era una gran estrella, pero cuando entraba a clase nadie le daba bolilla. Era una más del grupo».
Tras una larga espera, Duilio Marzio encontró en «Las tres caras de Venus» de Leopoldo Marechal la posibilidad de volver a la comedia brillante. El mismo estrenó la obra, en 1952, cuando integraba el teatro universitario de la Facultad de Derecho dirigido por Antonio Cunill Cabanellas: «Yo empecé a hacer teatro por gusto, por dilettante», dice el actor en diálogo con este diario. «No sabía que iba encontrar allí mi verdadera vocación. Cunill que era catalán y un tipo simpatiquísimo enseguida me dijo: 'Tú de abogado nada, tú galán, galán...'».

La nueva versión de «Las tres caras de Venus», que se estrena el 8 de julio en la sala María Guerrero del Teatro Cervantes, está dirigida por Lorenzo Quinteros y el elenco se completa con Ana María Cores, Horacio Roca y Beatriz Spelzini, entre otros. En su larga trayectoria, Marzio ha frecuentado todos los géneros, desde la comedia musical («Aplausos», «Mi bella dama») hasta el drama psicológico («La gata sobre el tejado de zinc caliente» «Equus», «Al fin y al cabo es mi vida»).

Entre sus últimos protagónicos se destaca su Jorge Luis Borges (en «Borges y Perón» de Enrique Estrázulas, estrenada en el Teatro Cervantes) por la que recibió varias distinciones. Con la cordialidad que lo caracteriza el actor pone sobre la mesa varios álbumes de fotos que recorren los principales hitos de su carrera. A los 81 años atesora tantos recuerdos que resulta casi imposible concentrar la charla en su próximo estreno. De repente, saca a relucir una hoja de papel carta, color ocre: «Mire ¿Qué dice acá?».

Periodista:
«Mrs. Arthur Miller».

Duilio Marzio: Este papel era de Marilyn. Era su preferido porque ella estaba orgullosa de ser la esposa de Arthur Miller.


P.:
¿Usted conoció a Marilyn Monroe?

D.M.: Sí, en 1960, cuando fui a tomar clases con Lee Strasberg. La primera vez que la vi yo estaba observando un ejercicio y de pronto veo una mano que acaricia un sweater que yo había dejado en una silla. Me doy vuelta y veo a una bellísima mujer. Recién al rato me di cuenta de que era Marilyn. Ella me preguntó de dónde venía y nos pusimos a charlar. Era realmente deliciosa, pero cuando entraba a la clase nadie le daba bolilla, tal vez no querían molestarla. Después volví a estudiar con Strasberg, pero ahí ya me quedé todo un año. El me había invitado a asistir a su escuela después de verme en «El sirviente» de Harold Pinter, que hice acá en Buenos Aires.


P.:
Usted se retiró de varios proyectos en los últimos años ¿No será muy exigente?

D.M.: Bueno, de «Copenhague» me echaron. Para mí fue algo muy doloroso así que prefiero no hablar del tema. «De cirujas, putas y suicidas» me fui. Al principio iba a hacer el papel de Jean Pierre Reguerraz (un porteño nostálgico) pero yo quería hacer de ciruja. A mí siempre me quieren dar papeles de millonario o de hombre culto, pero yo cada vez que tuve guita me largué a hacer papeles bien diferentes a ésos. En 1968 hicimos con Lautaro Murúa «La real cacería del sol» de Peter Schaffer, donde interpreté a un indio. La obra era buena pero fue un fracaso total. Después una amiga me explicó: «¿Quién le va a tener fe a una obra sobre la conquistadel Perú escrita por un inglés?». Como le decía, yo empecé a ensayar el papel de ciruja cambiando la forma de hablar, la manera de moverme. Pero no estaba muy convencido de lo que había logrado y abandoné, aunque reconozco que la puesta de Lía Jelín quedó espléndida. También hice la vida de Verdi en «Villa Verdi» de Beni Montresor, en el teatro Argentino de La Plata pero como había huelga se suspendió. Sólo hicimos cuatro funciones.

P.:
¿Cuál fue el último espectáculo en el que pudo trabajar sin problemas?

D.M.: «Reconocernos», un espectáculo muy lindo que dirigió Oscar Barney Finn, hace dos años, con Selva Aleman, Thelma Biral, Antonio Grimau, Inés Rinaldi. Era un recorrido por la historia argentina a través de la literatura y la poesía. En Montevideo tuvimos un éxito bárbaro. No quiero ser soberbio, pero entiéndame yo prefiero hacer cosas que me interesen, que me calienten. No puedo trabajar de otra manera.


P.:
Ahora vuelve a protagonizar «Las tres caras de Venus».

D.M.: Es una comedia muy ingeniosa, con un exquisito manejo del idioma. Marechal es un autor de mucho vuelo, yo creo que después de Borges es el escritor argentino que apunta más alto en el uso de las palabras. Y sí, el dato curioso es que yo actué en la primera puesta de esta obra junto a Pepe Soriano que también estudiaba abogacía. Y como Marechal era muy amigo de Cunill Cabanellas, vino a varios ensayos y nos invitó a su casa, ahí nos hizo firmar a todos en la pantalla de una lámpara. Era un hombre encantador y un poeta extraordinario, pero lamentablemente fue dejado de lado por cuestiones políticas. El era un peronista declarado y la Revolución Libertadora no se lo perdonó.


P.:
¿De qué trata la obra?

D.M.: Es sobre un profesor que quiere moldear a su mujer a imagen y semejanza para tenerla sujeta a él como si ella fuese una marioneta. El cuenta con un secretario y un amigo al que también le da consejos para que domine a su esposa. Hay situaciones muy divertidas y finalmente el que termina fracasando es el profesor, mi personaje. A mí esta obra me recuerda a un cuento de Mujica Láinez de «La misteriosa Buenos Aires» que se titula «El coleccionista». Es un tipo que vive entre objetos de porcelana hasta que de pronto conoce a una mujer, se enamora de ella, y a la miércoles con todo lo demás. Pero poco después aparece Sívori, el pintor de la época, para retratar a la mujer. Y una vez finalizado el retrato el hombre se olvida de ella y se queda con el cuadro. ¡Lo que es el afán de posesión! Aunque no parten de la misma idea, creo que este cuento tiene muchos puntos en común con la pieza de Marechal. También podría pensarse en «Pigmalión», pero el personaje de Bernard Shaw edifica para bien, mientras que mi profesor sólo lo hace para dominar.


Entrevista de Patricia Espinosa

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