22 de noviembre 2005 - 00:00
Plisetskaya, en escena a los 80
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Maya Plisetskaya durante la "gala" en la que celebró su cumpleaños número 80 cautivando a los 6.000 asistentes con una interpretación única de "Ave Maya", la obra que le dedicó Maurice Béjart.
«Soy muy feliz de haber podido vivir en el siglo XXI, cuando todo es posible plasmarlo en la realidad. Siempre me he rebelado contra la mentira. Toda la vida he sido una resistente», señalaba Plisetskaya en vísperas de su cumpleaños.
«Don Quijote» contó con un elenco único con bailarines clásicos del Bolshoi, el Mariinsky de San Petersburgo, el Ballet Nacional de Cuba, el Royal Ballet de Londres, el Ballet de la Opera de París y de otros países.
Plisetskaya ostenta el título más prestigioso que una artista de la danza puede conseguir: «Prima ballerina assoluta». Su fama en los años 60 fue tal que incluso eclipsó a la del primer astronauta de la historia, el ruso Yuri Gagarin.
Entre el sinfín de felicitaciones y homenajes, el presidente ruso, Vladimir Putin, no perdió la ocasión de telefonear desde Tokio a la bailarina y «unirse a los millones de aficionados que la admiran en todo el mundo»... «Por derecho, usted pertenece a ese grupo de maestros de las artes y la cultura, para quienes el trabajo no es sólo una profesión, sino una vocación.A quien tuvo la suerte de verla actuar, le dejó una huella imborrable», dijo.
«Siempre está bailando. Cuando escucha música en la calle, en el supermercado, enseguida improvisa algo. Su plasticidad y musicalidad natural son únicas», señaló Rodión Schedrín, marido de la bailarina y compositor de prestigio internacional.
Juntos formaron una de las parejas artísticas más fructíferas de la historia del ballet, ya que Schedrín compuso especialmente para ella «Carmen», «Anna Karenina», «La Gaviota» y «Mujer con perro», basada en el relato de Anton Chéjov, «La dama del perrito». «Gracias a él mi vida artística se prolongó durante otros 25 años», dijo la bailarina.
Plisetskaya no tuvo una infancia fácil, ya que a los 11 años fue testigo de la detención de su padre, de origen judío, que fue finalmente ejecutado. Hija de artistas relacionados con el teatro lírico y la danza, comenzó a bailar con tres años, y en 1941 entró a formar parte del Teatro Bolshoi, donde sustituiría a la mítica Galina Ulanova.
Su encuentro con el cineasta sueco Ingmar Bergman cambió su vida, «según su testimonio», ya que éste la animó a asumir, por primera vez, la labor de directora escénica y coreógrafa de «Anna Karenina», la novela homónima de León Tolstoi.

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