7 de septiembre 2007 - 00:00

Primera noche de Rodolfo en el Teatro Colón

"Mamma mia!": lo dijo en voz baja, bajo el dintel de una puerta lateral del sofocante salón del Sheraton donde se celebraría la conferencia de prensa. Antes de aparecer, observó la multitud de periodistas que lo bombardearían a lugares comunes («¿Por qué canta Nessun dorma tan seguido?», por ejemplo), y se tomó la cabeza. Fue en agosto de 1987, la primera vez que Luciano Pavarotti vino a la Argentina, tras repetidos intentos frustrados por contratarlo a lo largo de los años. Como Maria Callas, como Joan Sutherland y otras leyendas de la ópera, Pavarotti debutó en el país con más gloria a sus espaldas que plenitud de voz. Pero era Pavarotti.

Vestía pesados atuendos marrones, el chal habitual, y ya sudaba antes de sentarse a la mesa, flanqueado por Ricardo Schwarzer, director general del Colón; Juan Carlos Montero, director artístico, y desde luego el intendente Carlos Grosso, quienes parecían más felices que Mimí en el momento de recibir la declaración de amor de Rodolfo: el incontratable Luciano, el tenor por antonomasia al que no había logrado nunca Enzo Valenti Ferro durante tantos años al frente del Colón, finalmente, estaba en Buenos Aires.

Se le respetaron, por supuesto, todos las condiciones: fue él quien eligió el título, la obligatoria «Bohème» (fetiche irrenunciable: su primera actuación en cualquier teatro del mundo debía ser con la ópera con la que debutó, en 1961, en Reggio Emilia). Impuso también al director de orquesta, su pariente Leone Magiera (juzgado por la mayor parte de la crítica como un «sumiso bastonero»); a su propio padre para el breve papel de Alcindoro, y a la soprano, su protegée Kallen Esperian, la hermosa cantante norteamericana a quien años después hizo participar, a través de su productor Tibor Rudas, en el CD de «Las tres sopranos», contraparte femenina del terceto de los tenores que había consagrado, durante el Mundial de Italia en 1990, con Plácido Domingo y José Carreras en las termas de Caracalla.

También exigió Pavarotti para su debut en el Colón la instalación de una cocinacomedor privados en su camarín, cargamentos de la única agua mineral que bebía, la francesa Perrier ( todavía no existía el uno a uno en el país, y aquí no era demasiado conocida). Hubo otras solicitudes, menos públicas, y no comprobables, que pertenecen al anecdotario no siempre apócrifo del Colón.

Durante las cinco funciones de «La Bohème», en las que el lleno absoluto produjo apretujones y golpes más propios de un estadio de fútbol, la reventa alcanzó valores exorbitantes, inauditos para la Argentina del dólar todavía alto. Algunos abonados hicieron, literalmente, su agosto: resignaron esa función y obtuvieron precios que hasta decuplicaron en algunos casos el de la totalidad del abono. Era la «pavarottimania» en un teatro cuya mayor parte de «habitués», sin embargo, gozaba criticándolo.

Típico: disfrutar el canto torrencial y poco educado de Pavarotti no era muy sofisticado. Algunos lo decían en voz baja, otros por lo alto.

El héroe de Modena no tenía ni el plácido canto de Domingo, ni la garra de Carreras, ni mucho menos la refinada técnica de Alfredo Kraus. Sin embargo, era él: el rubicundo Pavarotti, el glorioso Caruso de la segunda mitad del siglo XX, el bon vivant, el mujeriego, el millonario,el showman, el glotón, el último exponente de una estirpe de cantantes para quienes el físico era lo de menos, y que podían protagonizar escenas de pálido romanticismo sin caer en el ridículo.

También era el inescrupuloso burlador de sus colegas en la escena, para quienes cantar junto a él -según confesaron varias veces en secreto-, lejos de ser una bendición era un suplicio. Aseguran ellos que, en algunos momentos de la representación, disfrutaba susurrando obscenidades a sus partenaires femeninas, y obsequiaba inadvertidos y dolorosos codazos a los masculinos.

Es cierto: el melómano refinado nunca lo amó, los más críticos lo escucharon con recelo, y sin embargo, esa noche inicial en el Colón, cuando llegó el momento de «Che gelida manina» y se oyó, por primera vez al natural, su legendario Do de pecho en el que se extiende la palabra «speranza» del aria, prolongado a capricho propio, el tiempo pareció paralizarse.

Lo ovación posterior no fue igual a ninguna de todas las otras ovaciones, incluyendo la de los más remisos. Nadie ignoraba que no sólo se lo estaba aplaudiendo a Pavarotti sino que, al hacerlo, se entraba a formar parte de la historia del Colón como anónimos protagonistas de una noche irrepetible y única, como la que recordarán hasta su muerte quienes aplaudieron en sus debuts a Claudia Muzio, a María Callas o a Birgit Nilsson.

No fue la única de sus visitas. Cuatro años después, en la era de los recitales masivos, cantó sus arias y canzonettas preferidas sobre un escenario montado a espaldas del Obelisco. Ya por entonces se valía de uno de sus recursos más parodiados: el pañuelo blanco en la mano izquierda, para enjugarse la frente entre un canto y el otro. Lo oyeron, esa vez, más de 200.000 personas.

Como ya no era difícil concederle, en dólares, lo que requería para cada show, sólo transcurrió un año para que regresara. En febrero de 1995 repitió casi exactamente el mismo repertorio pero a estadio cerrado y con entradas carísimas. Esa vez, alrededor de 35.000 fanáticos lo oyeron en el Campo Argentino de Polo. La última vez fue en abril de 1999, ante 20.000 espectadores, en la cancha de Boca, acompañado por Mercedes Sosa.

Un nuevo Obelisco se había planeado para marzo del año pasado como parte de su Farewell Tour; sin embargo, y aunque aún no había sido operado, la inminencia de la enfermedad que ya conocía lo llevó a cancelar ese y otros varios compromisos. Ayer, empezaron a aparecer espontáneamente quienes se autodenominaban sus « sucesores», como si fuera una cuestión de herencia, o de simple sucesión cronológica reunir una voz incontenible, carisma, picardía y ángel.

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