7 de septiembre 2007 - 00:00
Primera noche de Rodolfo en el Teatro Colón
-
HBO Max estrenó la película peor puntuada de una saga que traumó a millones de espectadores
-
La intimidad como territorio de descubrimiento
El héroe de Modena no tenía ni el plácido canto de Domingo, ni la garra de Carreras, ni mucho menos la refinada técnica de Alfredo Kraus. Sin embargo, era él: el rubicundo Pavarotti, el glorioso Caruso de la segunda mitad del siglo XX, el bon vivant, el mujeriego, el millonario,el showman, el glotón, el último exponente de una estirpe de cantantes para quienes el físico era lo de menos, y que podían protagonizar escenas de pálido romanticismo sin caer en el ridículo.
También era el inescrupuloso burlador de sus colegas en la escena, para quienes cantar junto a él -según confesaron varias veces en secreto-, lejos de ser una bendición era un suplicio. Aseguran ellos que, en algunos momentos de la representación, disfrutaba susurrando obscenidades a sus partenaires femeninas, y obsequiaba inadvertidos y dolorosos codazos a los masculinos.
Es cierto: el melómano refinado nunca lo amó, los más críticos lo escucharon con recelo, y sin embargo, esa noche inicial en el Colón, cuando llegó el momento de «Che gelida manina» y se oyó, por primera vez al natural, su legendario Do de pecho en el que se extiende la palabra «speranza» del aria, prolongado a capricho propio, el tiempo pareció paralizarse.
Lo ovación posterior no fue igual a ninguna de todas las otras ovaciones, incluyendo la de los más remisos. Nadie ignoraba que no sólo se lo estaba aplaudiendo a Pavarotti sino que, al hacerlo, se entraba a formar parte de la historia del Colón como anónimos protagonistas de una noche irrepetible y única, como la que recordarán hasta su muerte quienes aplaudieron en sus debuts a Claudia Muzio, a María Callas o a Birgit Nilsson.
No fue la única de sus visitas. Cuatro años después, en la era de los recitales masivos, cantó sus arias y canzonettas preferidas sobre un escenario montado a espaldas del Obelisco. Ya por entonces se valía de uno de sus recursos más parodiados: el pañuelo blanco en la mano izquierda, para enjugarse la frente entre un canto y el otro. Lo oyeron, esa vez, más de 200.000 personas.
Como ya no era difícil concederle, en dólares, lo que requería para cada show, sólo transcurrió un año para que regresara. En febrero de 1995 repitió casi exactamente el mismo repertorio pero a estadio cerrado y con entradas carísimas. Esa vez, alrededor de 35.000 fanáticos lo oyeron en el Campo Argentino de Polo. La última vez fue en abril de 1999, ante 20.000 espectadores, en la cancha de Boca, acompañado por Mercedes Sosa.
Un nuevo Obelisco se había planeado para marzo del año pasado como parte de su Farewell Tour; sin embargo, y aunque aún no había sido operado, la inminencia de la enfermedad que ya conocía lo llevó a cancelar ese y otros varios compromisos. Ayer, empezaron a aparecer espontáneamente quienes se autodenominaban sus « sucesores», como si fuera una cuestión de herencia, o de simple sucesión cronológica reunir una voz incontenible, carisma, picardía y ángel.




Dejá tu comentario