Ratificó liderazgo Bienal de La Habana

Espectáculos

En su IX edición, la Bienal de La Habana se reafirmó como uno de los eventos artísticos más importantes del hemisferio sur y la principal muestra de regionalismo en Latinoamérica. Este encuentro de arte organizado desde 1984 por el Centro Wifredo Lam fue impulsado por las orientaciones trazadas por Lilian Llanes, quien fuera presidente desde la primera edición hasta 1998. Estuvo recientemente en Buenos Aires porque participó como jurado internacional en el Premio Aerolíneas-Cayc.

Desde sus inicios se propuso como un evento alternativo para la promoción del arte de sectores habitualmente excluidos de los circuitos comerciales. Se planteó como un contrapeso a la abrumadora presencia de artistas del llamado primer mundo en las muestras internacionales donde los del Sur apenas estaban representados. Las dos primeras bienales (1984 y 1986), no tuvieron un tema específico y la convocatoria fue abierta. Desde la tercera edición hubo un tema, se estructuró la participación de los creadores y se desarrollaron jornadas y talleres como actividades complementarias a las exposiciones.

La Bienal se ha transformado en una organización con proyectos bien definidos. El grupo curatorial se ha especializado en las áreas geográficas de Africa, Asia, Medio Oriente y América Latina (la participación más numerosa). Se presentan, además, algunos artistas de otras regiones, Europa y Estados Unidos. Los curadores viajan y seleccionan los participantes.

En todas sus ediciones, las muestras han sido una suerte de inventario del regionalismo crítico, rumbo estético-filosófico en que descollaron y siguen destacándose el arte y la arquitectura de los países latinoamericanos, y que ofrece una salida creativa a dos actitudes opuestas: el enclaustramiento interior y la copia de lo externo. Este regionalismo se ha planteado como una recodificación de estructuras para incorporarlas a las necesidades del testimonio local y a sus modos expresivos. No es la universalidad la que deriva en modelos regionales; son los modelos regionales los que forjan la universalidad. Un regionalismo crítico propio justamente del gran pintor cubano Wifredo Lam (1902-82), que desarrolló casi toda su creación en París, además de convertirse en uno de los adalides del Surrealismo, impuso un discurso donde la fogosa entidad geográfica y poética de su tierra pasó a ser de dominio universal. El tema propuesto para la novena edición era Dinámicas de la cultura urbana, y contó con la participación de 130 artistas, 51 países, más siete exposiciones individuales.

Cada vez más son las personas que abandonan el campo y se trasladan a las ciudades. Se estima que cerca de la mitad de la población mundial vive en áreas urbanas. De acuerdo con recientes estadísticas, el desborde demográfico es un proceso de ritmo acelerado. Los problemas que se derivan de esta situación han puesto el tema de la ciudad y la cultura urbana en el eje de los estudios contemporáneos. En la IX Bienal, las muestras presentaron expresiones de vida y cultura vinculadas con las ciudades, los procesos de confluencia y transformación, en todos los casos acompañadas por foros teóricos de reflexión.

Así, entre otras ponencias, la del ecuatoriano Rodolfo Kromfle analizó el arte de Guayaquil y comentó los procesos de regeneración urbana. En su reflexión sobre Santiago de Chile, Carlos Ossa cuestionó la modernización como proceso de anulación de la memoria. Tereza de Arruda consideró la ciudad como espacio de representación y se refirió a un grupo de artistas de Brasilia. La ponencia de Mary Jane Carrol, de Canadá, analizó los procesos migratorios entre ciudades del primer mundo y periféricas, y las respectivas interferencias en la esfera del arte. El tema Dinámicas de la cultura urbana se prestaba especialmente a intervenciones en el espacio urbano, a performances callejeras e instalaciones de gran formato en distintos lugares de la ciudad, que tiene muchas áreas de interés, como el centro histórico, el Vedado, el Nuevo Vedado, Miramar.

Las obras fueron expuestas en diversos espacios del centro de la ciudad, en la Fortaleza San Carlos de La Cabaña, el Pabellón Cuba y el Centro Wifredo Lam, entre otros. La mayor parte se exhibió en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, construida en 1763 como el mayor enclave militar español en América, que hoy alberga un museo, y el resto de sus espacios funcionan como recinto ferial. Uno de los tópicos fue el paisaje urbano como en Dionne Simpson ( Jamaica), Oscar Bonilla (Uruguay), Raquel Schwartz (Bolivia) y Pedro Abascal (Cuba), entre otros. Algunas propuestas se centraron en los conflictos sociales y ambientales, como los videos de Cinthia Marcelle y Eduardo Srur (Brasil), que cuestionaron la realidad de las ciudades sudamericanas. Entre los proyectos in situ ubicados en la Habana Vieja, estuvo el del catalán Antoni Miralda: Sabores y Lenguas, presentada en el Salón Blanco. Una macro instalación que apeló al carácter de la cultura culinaria y logró una fuerte participación del público.

En la participación argentina, se expusieron, entre otras, obras de la cordobesa conceptual Dolores Cáceres y de Laura Messing ,que reflexionasobre la «personalización» de la geografíacotidiana, a través de su doble condición: arquitecta y artista. Sus obras generan un ida y vuelta sin fin de la relación con el espacio público que ella sabe materializar. Representa a través de imágenes agudas la interdependencia entre la edificación, la demolición y el inevitable paso de la degradación. Vincula este proceso con la permanente alternancia entre orden y caos, que se despliegan en otras situaciones, como las de edificio-baldío-edificio; mercancía-despojo-mercancía.

La importancia de la Bienal de La Habana sigue vigente y de ello es testimonio la publicación que le ha dedicado la revista de artes visuales sueca «Heterogénesis», que dirige en Lundt Ximena Narea, curadora y crítica de arte chilena radicada hace muchos años en esa ciudad. Rubén del Valle Lantarón, actual director de la Bienal sostiene que la Bienal debe repensar su estrategia organizativa y curatorial. Considera que ante el nuevo panorama mundial y, dado el creciente número de bienales, trienales y simposios internacionales, la Bienal debe replantear su discurso para mantener su identidad como un espacio alternativo que no repita los esquemas de los grandes circuitos.

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