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17 de octubre 2008 - 00:00

Recorre una muestra valiosa trayectoria de Juan Lecuona

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La muestra «El devenir de un deseo» registra 26 años de trayectoria de Juan Lecuona, desde sus moldes para confección de ropa hasta las obras actuales en las que todo lo sólido parece desvanecerse en el aire.
Juan Lecuona (Buenos Aires, 1956), artista perteneciente a la llamada generación del 80, comenzó a exponer individualmente en 1984, fundó en 1985 el Grupo Babel junto a Nora Dobarro, Héctor Médici, Eduardo Médici y Gustavo López Armentía. Ganó varios importantes premios, entre ellos, el Gran Premio de Honor del Salón Nacional (2003), el Premio Trabucco (2002), y el Primer Premio Fundación Fortabat (1991).

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Gran número de exposiciones colectivas e individuales en el país y en el exterior avalan la vasta trayectoria de este artista que no se ha quedado en el molde, expresión que le cabe porque durante un importante período se lo va a identificar con moldes para la confección de ropa sobre los que superpuso capas de tela que manipuló con ácidos y pigmentos («El molde, material geométrico poseedor de valores plásticos en sí mismo, cubre la tela y es a su vez velado por la pintura»).

El molde alude al cuerpo femenino como algo inasible, fragmentado, también a la laboriosidad femenina de la que fue testigo en su infancia. Esta es una de las series que integran la muestra «El devenir de un deseo», que cubre 26 años de labor ininterrumpida y que se exhibe en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, hasta el 26 de octubre.

Muchos de estos moldes devinieron formas aladas, porejemplo, «El Angel de la Mañana» (1998), se fueron complejizando, trabajos a la manera de palimpsestos, manchas, grafismos, huellas que se superponen, un refinado color que nunca aparecerá nítido, salvo algunos azules que Nelly Perazzo calificó como «azul Lecuona».

En 1986 comenzó una serie que fue distintiva. «La Cala», en su momento flor de connotaciones mortuorias, hoy muy revalorizada como flor decorativa. Una forma que comenzó con un contorno blanco sobre fondo negro y de la que después hizo varias versiones hasta llegar al objeto, la cala de plomo. La cala se transformó en triángulo, también con muchas variaciones y fondos muy elaborados, los despoja de sus lados hasta casi su clausura en una sola pincelada negra, ominosa.

Más de 60 obras, algunas muy significativas como « Pequeños Asesinatos», óleo, pastel y papel sobre tela, (1994); «Exquisita princesita malcriada que habita el palacio de mi fracaso», acrílico, carboncillo y papel sobre tela (1996), título con resonancias tangueras; «Todas vuelan, no hay nadie que camine», acrílico, carboncillo y papel sobre tela (1999); «Surtido de Señoritas», polímero, grafito y pintura acrílica sobre papel (2002), en las que combina ciertas formas de los moldes con un arte óptico, y obras recientes en las que todo lo sólido se desvanece en el aire, en la bruma, se esparce por la superficie, dejando grandes espacios.Todo se reduce, imagen,-textura, todo es apenas.

  • Jorge Estomba

    «Emanación del cuadrado XXV» (blanco, gris y negro), «Emanación XXVII» (negro y amarillo), «Pintura 8», «Es pacio Rojo IV» «Tres Formas curvas» (escultura en madera policromada), son algunos de los títulos de las obras que Jorge Estomba expone en Galería Palatina (Arroyo 821), y que reflejan una vez más la austeridad y ese desprenderse de lo superfluo -una de las acepciones del vocablo emanación- que caracterizan a este artista que no hace concesiones.

    Aunque dominan el blanco, el negro y el gris, Estomba se arriesga con el amarillo que, como señaló Kandinsky, «tiende a ir hacia quien lo mira en su irradiación excéntrica. aprisionado en una forma geométrica, inquieta; también es el color de la prodigalidad, de las fuerzas estivales». El rojo laca que Estomba aborda esta vez, es profundo, ocupa, en ocasiones, casi todo el plano, lo que lleva al contemplador a internarse en él.

    Su obra es reticente, esquiva al análisis, creemos que es una necesidad vital casi una experiencia religiosa. Es por eso que el artista eligió para el catálogo sólo dos frases del Tractatus Lógico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein: «Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico» y, por supuesto, «De lo que no se puede hablar , mejor es callarse». Es lo que el contemplador sensible percibe ni bien entra en el espacio de exposición donde lo envuelve el silencio propicio para la reflexión.
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