3 de octubre 2008 - 00:00

Trae ecos de Polanski oscura comedia policial

Colin Farrell y Brendan Gleeson cumplen muy buenas actuaciones en«Escondidos en Brujas», un film que empieza con ritmo apacible y seva volviendo cada vez más violento y hasta cruel.
Colin Farrell y Brendan Gleeson cumplen muy buenas actuaciones en «Escondidos en Brujas», un film que empieza con ritmo apacible y se va volviendo cada vez más violento y hasta cruel.
«Escondidos en Brujas» (In Bruges, G. Bretaña-Bélgica, 2008, habl. en inglés). Dir.: M. McDonagh. Int.: C. Farrell, B. Gleeson, R. Fiennes, C. Poésy, J. Prentice, T. Reuten.

Después de que un trabajo se vuelve más sangriento de lo debido, dos matones a sueldo reciben la orden de salir de Londres y refugiarse en Brujas, Bélgica, hasta que las cosas se calmen.

Tener estos dos hampones refugiados en una ciudad turística, justo antes de Navidad, no parece la idea más lógica ni verosímil, pero en todo caso esta oscura comedia policial no se rige precisamente por el realismo, sino que más bien se la podría definir -con cierto optimismo- como heredera del surrealismo del Polanski de «Cul de Sac».

Colin Farrell y Brendan Gleeson son los gángsters enviados a esta ciudad medieval más como penitencia que como premio, o tal vez como ambas cosas a la vez, dado el nivel de desequilibrio de su descontrolado jefe mafioso Ralph Fiennes.

El ritmo de la película, en principio, es apacible, ingenuo y hasta simpático, pero de a poco los paseos turísticos van siendo interrumpidos por explosiones violentas, primero relacionadas con los flashbacks de los hechos que alejaron a los protagonistas de Londres, y luego con situaciones cada vez más complicadas que van convirtiendo a la tranquila Brujas en un sitio jaqueado por la inseguridad. Lo rebuscado de la trama y sus cambios de ritmo se sostienen básicamente debido a las muy buenas actuaciones de Farrell y Gleeson y a lo interesante del tema de la culpa y los cargos de conciencia que corroen a estos asesinos, más allá de que por momentos se desdibuja a lo largo de las casi dos horas de duración.

Ralph Fiennes sobreactúa un poco, pero no aparece mucho. Todo está muy bien filmado, pero lo mejor son las secuencias violentas, crueles como pocas que haya dado el cine inglés en años.

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