14 de diciembre 2005 - 00:00

Travesuras de un gran escritor

Travesuras de un gran escritor
J.M. Coetzee «Hombre lento» (Bs.As., Mondadori, 259 págs.)

Todo andaba bien para el fotógrafo Paul Rayment. Sus sesenta años no le pesaban, su soledad tampoco. Salía a diario a pasear en su bicicleta. Todo marchaba. Pero es atropellado por un auto y pierde una pierna. A partir de allí toma, mas allá de su voluntad, melancólica conciencia de su finitud, se le hace evidente su soledad, se enfrenta al desvalimiento de la ancianidad y se descubre por primera vez teniendo que depender de otros. Aparecerán, entonces, tres mujeres unidas por un nombre apenas diferente: Marijana, la enfermera croata, de la que se enamora perdidamente; Marianna, una ciega con el que mantendra relaciones sexuales pagas, y Marianne, el emblema de la república francesa de sus infancia, y que le hace evocar a un perro amado que su padre mató para que, ya inválido, no sufriera más. Es en ese momento, cuando la historia parece remitir a ciertas obras de Tolstoy, que el autor ironiza: «¿a quién le puede interesar un hombre mayor que ha perdido una pierna, que toda su vida ha sido tibio y desapasionado?», y decide transformar su relato del modo más curioso, más absurdo, haciendo ingresar una intrusa, a Elizabeth Costello, una anciana escritora que ya ha sido personaje de otros libros de Coetzee. Esa mujer, tenaz alter ego del escritor, se instala a la fuerza en la casa de Rayment para que deje de fantasear con un amorío absurdo, para que vuelva a sentirse activo, para que vuelva a tomar las riendas de su destino.

Uno no espera una travesura como esa de un autor consagrado como el sudafricano J.M. Coetzee, premio Nobel 2004. Debería seguir con lo que ha hecho siempre: «marcar a carne viva los dramas de la existencia». Pero J.M. Coetzee no respeta las convenciones, sigue investigando los poderes secretos de todo relato, las conexiones entre realidad y ficción. En esta magnética novela, escrita con superfección habitual, hace que el autor, travestido en una vieja escritora, discuta pirandellianamente con su personaje, y que el personaje por momentos se rebele o, por lo menos, intente rebelarse. Si el tema de la vejez recuerda a ciertos films de Ingmar Bergman, el alter ego intruso lleva por otros caminos. Le impondrá «al hombre bala» el aprendizaje de ser ahora «el hombre lento», como lo decreta descaradamente una niña, la hija de su imposible amada. Es entonces que cambian las referencias a otros autores, Coetzee es un extraordinariocrítico, pasan a ser Beckett y Cervantes. Beckettianamente, en una pareja de viejos, la mujer propone que afronten juntos el adiós a la vida. Quijotescamente, Elizabeth Costello se vuelve un Sancho Panza que reclama nuevas aventuras. A los 65 años, casi la misma edad que su personaje, Coetzee ha decidido ser un escritor absolutamente joven, capaz de plantearse las mas curiosas e inesperadas aventuras literarias.

M.S.

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