Scott Turow,
autor de «Se
presume
inocente» y la
reciente
«Héroes
corrientes», en
diálogo con este
diario.
El novelista Scott Turow explicó en un diálogo con este diario las razones de la moda del tema judicial en las novelas y los films de más éxito. Cree que en la era del multiculturalismo la ley y los tribunales han superado a los líderes religiosos y a los educadores en la resolución de los conflictos que surgen de la convivencia de las culturas en los Estados Unidos que han renunciado a una fusión en una sola nacionalidad, un proyecto ya sin vigencia en ese país.
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Turow visita la Argentina para mostrar su última novela, «Héroes corrientes», una historia semi-autobiográfica que relata la pesquisa de un abogado sobre el pasado de su padre durante la Segunda Guerra Mundial. Un relato de espionaje con cierta profundidad psicológica en el estilo Graham Greene o John Le Carré. Turow mostró su caso como el de un escritor que se desengañó del proyecto vanguardista de ser el nuevo James Joyce para terminar escribiendo bestsellers con formato cinematográfico en donde merodean hasta personajes inspirados en la Argentina. Aquí lo principal del diálogo con este diario.
Periodista: ¿Por qué lo judicial tiene tanta importancia en la literatura de su país?
Scott Turow: La ley tiene una importancia mucho mayor hoy que cuando yo era joven. Cincuenta años atrás, para poner una fecha. Es difícil explicarlo, pero creo que cuando yo era un niño la sociedad de los EE.UU. era un crisol de razas, el «melting pot» adonde confluían gentes de la Argentina, de Rusia, como yo, otros eran eslavos, y todos buscaban ser una sola y misma cosa. Desde los años '60 hay otra visión, se termina el modelo de la sociedad unitaria americana y se abraza el pluralismo. Las mujeres musulmanas empiezan a ir al colegio con la cabeza cubierta,y nadie le dice que esté malo. Deja de existir un ciudadano modelo al que todos quieren parecerse y comienzan los conflictos de valores. ¿Cómo y quién decide entonces en esos conflictos? ¿Adónde va uno? Unos dirán que a su líder religioso, que le dará respuestas diversas, alguien recomendará que lo resuelva una autoridad educativa, pero ésta dirá que lo resuelva el líder religioso. ¿Cómo logra Ud. respuestas para todo el país, que todos las acepten? La respuesta es: vaya a Tribunales. Y ahí van las cuestiones como el aborto, la maternidad de las solteras, los matrimonio de homosexuales, temas todos que plantean conflictos de valores que deben ser resueltos por alguien. Y es la ley quien lo hace.
P.: ¿No fue así siempre?
S.T.: La ley se mete hoy mucho más en nuestras vidas si compara la vida del americano promedio de hoy con la de hace cincuenta años.
P.: Los lectores de la Argentina pueden tener interés en conocer qué entiende por literatura. Para nuestros lectores,literatura es literatura de arte; para ustedes, al menos en el tipo de novela que escribe usted, es un entretenimiento. Aunque en «Héroes corrientes» hace una mezcla de los dos tipos de literatura...
S.T: Claro, mi intención es lograr esa mezcla. Mi ambición cuando era un escritor joven era la de ser el nuevo James Joyce.
P.: Antes de ser abogado...
S.T.: Cuando terminé el « college» fui a la Universidad de Stanford, en California, que tenía una buena carrera de escritura, y estudié durante cinco años con un gran escritor, Wallace Stegman. Pero en aquella época se asumía ya que los grandes libros eran aburridos. Saul Bellow era un gran escritor, pero no tenía una historia. Al mismo tiempo a mí me atraían otros escritores como Graham Greene o John Le Carré. La cuestión era cómo mezclar las dos cosas en el mismo libro. Y cuando me convertí en fiscal me di cuenta, para mi sorpresa, de varias cosas. Una: en mis años de Stanford había estado bajo el influjo de esa idea de Ezra Pound de que el poeta es la antena de la raza («the antenna of the race», decía él), que es la persona que percibe lo que los demás no, que se para en la cima recibiendo las señales para el resto de la humanidad. Lo que pasaba era que a esa humanidad no le entraban balas, que las masas tenían la cabeza tan dura que nunca entenderían lo que el poeta iba a decir. Esa terminaba siendo una visión muy elitista de la literatura.
Descubrimiento
P.: ¿Qué descubre siendo fiscal?
S.T.: Que en los casos penales ocurre todo lo contrario de lo que considera exitoso en materia de conocimiento. Un abogado que convenza sólo a uno o dos miembros del jurado fracasa, porque se quedan otros diez sin entender lo que quiere decir. Y me di cuenta de que la idea de universalidad era muy distinta de la que planteaban los artistas de vanguardia o alguien como Ezra Pound. La cuestión era cómo contar historias que fueran universales, llamasen la atención a los poetas pero también a los cerebros a prueba de balas.
P.: ¿Dónde estaba la clave?
S.T.: La respuesta la encontré en los tribunales y en el tema criminal. El mal y cómo acontece el mal es algo que tiene un interés permanente a todos los seres humanos.
P.: En su libro «Héroes corrientes» muestra la biblioteca de sus preferencias.
Cuando los personajes hablan de libros citan a William Faulkner pero también a un novelista hoy olvidado pese a que fue muy popular, y resistido por los cenáculos refinados como...
S.T.: ... si, James Gould Cozzens. Era muy popular en los años '30 en los Estados Unidos, y creo que era un buen escritor. Sus libros padecen de lo mismo de que estaba hablando, eran historias de la gente promedio y si uno quería meterse en la vida cotidiana de un personaje, ahí estaba, pero al final uno se preguntaba, ¿qué me ha pasado, he estado leyendo a lo largo de 400 páginas y no ha pasado nada? Comienza en un pueblito y termina en un pueblito (risas).
P.: Pero la cita que hace de él parece un homenaje...
S.T.: Lo es, era un buen escritor y muy popular en su tiempo. Y Faulkner bueno, es Faulkner, un monumento del siglo XX.
P.: En esta novela, como en «Se presume inocente», no sólo el tema es judicial, sino que la estructura de la novela está armada como un expediente judicial, el relato es una sucesión de declaraciones judiciales...
S.T.: Es un modelo de escritura pero no está lejos de la literatura. Todo relato depende de convenciones, que le permiten al lector entender lo que se cuenta suspendiendo sus creencias. Cuando publiqué «Se presume inocente», hubo quien se preguntaba cómo podía ser que el relato lo hiciera en tiempo pasado, y yo respondía que cómo podía ser que un relato se hiciera en tiempo pasado. ¡Son convenciones! Porque se puede preguntar cómo se entera uno de lo que va relatando. ¡Son convenciones!
P.: Volvamos a tribunales...
S.T.: La cuestión que plantea el modelo del expediente judicial es si sirve para cumplir con las convenciones literarias lo suficiente para lograr la credibilidad del lector.
P.: ¿No cree que su última novela carece de violencia, si se las compara con las anteriores?
S.T.: ¿Qué en mis novelas no hay violencia? Siempre hubo mucho. Incluso en esta última, que transcurre durante la guerra. ¿No es violencia eso?
P.: Pero la guerra es el trasfondo, los personajes no son guerreros, el héroe es un abogado asimilado al ejército...
S.T.: ... es cierto...
P.: ... sus personajes sufren la violencia, pero no son violentos ellos, como en «Se presume inocente»...
S.T.: Pero hay otra violencia, la hubo en mis novelas anteriores. En esta usted dice que no...
P.: Es una novela donde importa la conciencia de los personajes, es una novela interior...
S.T.: Claro que es interior... pero no me daba cuenta de eso cuando la escribía. El tema de mi novela es la identidad, cada personaje termina siendo diferente de lo que él o ella parece ser. Es sobre cómo la gente forja su identidad. Y sobre la interacción entre historia e identidad.
P.: Tampoco hay mucha política en sus novelas...
S.T.: Hay política en alguno de los personajes de esta última novela. Combaten al comunismo, era otra época, hoy eso parece algo tonto, pero era la política de la Segunda Guerra Mundial. Se creía pelea contra el modelo comunista, por ejemplo el personaje del General Teedle, que encarna eso.
Entretenimiento
P.: ¿Ud. se ve cómo un literato o como una figura del mundo del entretenimiento?
S.T.: Bueno, todos queremos vernos en los dos roles. Quiero ser tomado muy en serio como escritor, y también quiero que todos en mi país, o en el mundo, lean mis libros.
P.: ¿Lo logra?
S.T.: Es lo que quiere todo escritor; creo que en términos relativos me va yendo bien. Tengo muy buena recepción por parte de los lectores y los críticos de The New York Times han sido generosos conmigo, he ganado varios premios literarios. Me va bien...
P.: Seguro dirá que su mejor novela es la próxima.
S.T.: Por supuesto. Pero eso lo voy a decir cuando termine mi novela. Un amigo mío, director de cine, Harold Ramis, dirigió «Hechizo del tiempo» («Groundhog Day», 1993), una gran película, muy profunda; él insiste en que las mejores son las que siguieron, pero... ¿Cómo decírselo?
P.: Hablando de cine. ¿Esta última novela se va a filmar?
S.T.: Con «Héroes corrientes» pasa algo extraño. Tres grupos de productores y directores se han interesado en hacer algo pero las condiciones en Hollywood no son las mejores para un tema como éste. No quieren pagar mucho dinero. Si costase U$S 10 millones se haría en el acto, pero no se puede hacer con esa plata una película de guerra. Los estudios hicieron un presupuesto de U$S 150 millones, por el nivel de talentos que requeriría hacerla. Pero se echaron atrás.
P.: ¿Qué pretexto dieron?
S.T.: Que las mujeres no van a ver películas de guerra. Y eran grandes nombres del cine. En otras épocas de hubieran animado, pero hoy no lo hacen, quieren tener aseguradas las ganancias.
P.: Igual no sería un film de guerra, es una historia psicológica...
S.T.: Bueno, ése es el desafío. La diferencia entre la literatura y el cine es que la cámara mira todo desde afuera y la literatura mira todo desde adentro. Algunos libros hacen la transición al cine más fácilmente y hay grandes adaptaciones que logran que lo interior de la literatura aflore y se vea. Las películas son mucho más epigramáticas. Recuerdo que cuando iba al set en donde se filmaba «Se presume inocente», me hice amigo del actor Brian Dehenny y me decía que lo que mi libro contenía exigía 40 horas y que estaban esforzándose en meter todo en dos horas. Muchas veces la mejor adaptación de un libro no es tan buena como un buen resumen de un libro que le pueda ofrecer Selecciones del Reader's Digest.
Empleo del tiempo
P.: Usted es un abogado en actividad. ¿Cómo reparte su tiempo entre el estudio, los tribunales y la literatura?
S.T.: En los últimos seis meses he estado dedicado a la abogacía en pleno. Es difícil apartarse del derecho si uno lo practica con dedicación, dedicarse a un negocio como ese necesita mucha concentración en los casos.
P.: ¿Cómo reparte el tiempo?
S.T.: Obviamente trabajo más cuando estoy terminando un libro; aprovecho los fines de semana. Pero escribo todos los días. Una sentada a escribir es para mí de una hora u hora y media.
P.: En «Se Presume Inocente» hay un personaje argentino, el abogado del protagonista, Sandy Stern. ¿De dónde lo sacó?
S.T.: Ese personaje está inspirado en un amigo de mis padres, que era un abogado judío que venía de Cuba. Para que no fuera tan obvio que estaba inspirado en él, me pregunté en qué país de América Latina había una comunidad judía importante. Y saltó la Argentina, por supuesto. No sabía nada de la Argentina entonces. Pero ya en la segunda novela, Sandy Stern es ya el protagonista principal, y me tuve que aprender muchas cosas de la Argentina. Tuve la ayuda de un amigo argentino.
P.: En la versión al cine de «Se presume inocente» no se hace referencia a Stern como argentino, quedó sólo en la novela.
S.T.: Lo interpretó Raul Juliá, claro que no es argentino, sino puertorriqueño.
P.: ¿Es lo último que publicó?
S.T.: El año pasado publiqué un folletín de ficción, a lo largo de 16 semanas, en «The New York Times», y pasó directamente a edición de bolsillo, no salió en edición de tapas duras. Es una «novella», un relato corto. Tenía como intención ser una publicación menos...
P.: En «The New York Times»... en nuestro diario no hacemos publicaciones menores...
S.T.: (ríe)... lo digo en el sentido de que el libro es una reedición de lo que sacó el diario...
P.: ¿Ya se tradujo al español?
S.T.: Ya va a salir...
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
S.T.: Estoy escribiendo la continuación de «Se presume inocente». Los mismos personajes veinte años después.
P.: O sea más crímenes...
S.T.: Por supuesto, más crímenes. Cuanto más cambia todo es cuando siguen exactamente igual.