¿Es necesario? ¿Es justo?¿Es, cuanto menos, útil? Estos son los dilemas éticos y políticos que suscita «Munich» y que Steven Spielberg responde en términos personales y, por lo tanto, sujetos a polémicas. Pero lo hace más con lo que la película no muestra (los antecedentes del caso, sus interminables consecuencias) que con lo que sí relata.
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El film narra la toma de rehenes israelíes en la Villa Olímpica de Munich en 1972, su terror, su calvario y su matanza. Y, luego, la actividad del comando de represalia enviado a Europa por la entonces premier Golda Meir para dar con los cerebros y autores de aquel golpe terrorista y liquidarlos. «No sé qué son en realidad esos hombres», confiesa ésta su desconcierto ante un fenómeno como el del terrorismo indiscriminado, que surgía entonces y que cambiaría para siempre las reglas del conflicto árabe-israelí.
«Esos hombres» formaban parte de un comando nacionalista palestino que se hacía llamar «Septiembre Negro», bautizado así en homenaje a los tres mil muertos y diez mil heridos que dejó como saldo la operación de expulsión de palestinos montada por el ejército jordano en dicho mes de 1970. La película no muestra aquellos eventos, pero es obvio que forman parte de la cadena de violencias y venganzas que tomaron un nuevo cariz a partir de Munich y que llegan con sus dramáticos efectos hasta nuestros días.
La toma de los rehenes israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 fue, acaso, el primer acto terrorista transmitido en directo para todo el mundo por la televisión. Y fue el germen que dio lugar a un nuevo tipo de respuesta israelí, distinta de la militar convencional y que supuso la adopción de métodos de contraterrorismo que, en muchos casos, se asimilan a los de los enemigos. Así, con su película, Spielberg retrotrae el conflicto palestino-israelí a un punto fundacional, si no en cuanto a su génesis, sí en lo que hace a las herramientas con que éste se libraría desde entonces.
Aquellos hechos encierran el dramatismo, el suspenso, la violencia y los cuestionamientos morales inherentes a una buena película. Pero el espectáculo de árabes e israelíes matándose sin pausa ni piedad, y esgrimiendo argumentos para hacerlo, no podría escapar a las controversias.
Un punto de particular irritación para quienes toman partido con apasionamiento será el que un terrorista palestino y el jefe del comando israelí, Avner, usen en distintos momentos similares argumentos para justificar su lucha y sus métodos: la necesidad de pelear por un hogar nacional, la confianza en que la victoria llegará sin importar cuánto tiempo ni cuántas vidas sea necesario sacrificar en el camino. La películta está estructurada claramente desde un punto de vista israelí (u occidental), pero presenta a unos y otros como seres humanos, con sus causas, sus razones, sus ideales, sus sacrificios, sus bajezas... Y sus dudas.
Así, los dilemas reaparecen. ¿Es necesario? ¿Es justo? ¿Es, cuanto menos, útil? Desde aquellos eventos, la gran mayoría de los israelíes ya no se formula demasiado estas preguntas, que, ante la obligación de convivir por décadas con el terrorismo, parecen casi metafísicas. Pero sí lo hace hoy parte de la población estadounidense, que descubre con asombro que la ocupación de Irak no es más que un capítulo de la guerra contra el terrorismo lanzada por la Casa Blanca. Una guerra que, además de ejércitos, se vale de espionaje interno a gran escala, secuestros, asesinatos, tormentos, cárceles clandestinas... Acaso sea a esta nueva realidad a la que Spielberg dirige sus preguntas con «Munich».
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