27 de febrero 2006 - 00:00

Una corta producción hace aun más valioso a Manet

Una corta producción hace aun más valioso a Manet
Eduard Manet vivió tan sólo 52 años. Cuando muere en 1883, su obra carecía de mercado y de valor para sus contemporáneos, vale decir que el más completo pintor de su generación vivió en carne propia eso de que nadie es profeta en su tierra. Antes de dedicarse por entero al arte, ingresó a la Armada para cumplir los deseos de su familia que quería que fuera marino.

Artísticamente tuvo un solo profesor, el académico Tomas Couture, pero sus reales maestros y quienes inspiraron sus mayores obras fueron los grandes clásicos, por lo que llegó a ser juzgado como un vulgar imitador.

Su obsesión era ser admitido en el Salón Anual de Paris, que era consagratorio para todos los artistas. Tras algunos rechazos, llegó a contratar un salón individual para exponer 50 obras. Manet era un artista realista, aunque su amistad con los jóvenes impresionistas lo llevó a realizar pinturas con el concepto de la inmediatez que mandaba en ese movimiento, pero nunca renunció al uso del negro, su recurso favorito y quizá distintivo.

En nuestro Museo Nacional se encuentra una de sus obras importantes, «La Ninfa Sorprendida», un cuadro sometido a varios cambios por parte del artista.

Inpirada en un grabado de Rembrandt, era una obra de mayor tamaño y con tres figuras. Manet suprimió dos jóvenes que asistían a la muchacha que nos recuerda a las de Rubens, un artista al que Manet siguió por recomendación de su admirado Delacroix.

En 1863 comienza a ser conocido porque es rechazado en el salón su «Desayuno sobre la hierba», donde Victorine, su modelo favorita, luce sin tapujos su piel de porcelana rodeada por el hermano del artista y otro amigo que están vestidos. Atrás aparece semivestida otra damisela. Ni la emperatriz María Eugenia ni los parisienses de entonces consideraron fina ni representativa esta obra, posiblemente imaginando acciones e historias que nunca ocurrieron.

Curiosamente la más frontal y cruda
«Olimpia» es admitida años después. La misma modelo, desnuda y con la mano izquierda cubriendo solamente su Monte de Venus, mira al espectador frontalmente, y la acompañan una mucama negra y un gato agresivo. Por esta obra pedía Manet 25 mil francos, pero pasados unos años se vendió en tan sólo tres mil, cuando una pintura académica se vendía en más de cuarenta mil francos, y esto lo remarca Emile Zola que considera a Manet el mejor pintor en un famoso artículo que le valió ser despedidodel diario para el que escribía.

Cuando viaja a España es el momento cumbre de su carrera. Va enamorado de
Goya y vuelve enloquecido por Velázquez, a punto tal que en muchas de sus obras parece un artista español y no un francés. Al ser corta la producción, las obras de Manet salen con cuentagotas al mercado. Algunos años aparecen como mucho una pintura, una docena de grabados con precios de entre mil y ocho mil dólares y quizás algún pastel o dibujo. También las muestras de sus obras son escasas y es el Museo de Orsay y el Metropolitan de Nueva York donde se puede disfrutar de una cantidad interesante de sus cuadros. Hoy podemos estimar en cerca de 30 millones de dólares el valor de una obra mediana de Manet y no dudamos de que este valor se duplicaría si apareciera alguna obra de gran calidad.

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