Olguín: «La crítica setentista a la cultura norteamericana es
algo superado (...) Disfrutar de una hamburguesa o de un
comic no impide que se puedan buscar las causas por las
que adolescentes matan a sus compañeros».
A Sergio Olguín muchos escritores jóvenes le envidian que haya podido pasar a dirigir de una revista cultura a otra: de «V de Vian», emblemática de una generación a, actualmente, «La mujer de mi vida». Pero él dice que la mayor envidia tiene que ver con que, gracias a «El equipo de los sueños», una de las cuatro novelas que lleva escritas, lo llevaron a hacer una gira futbolera, con todo pago, en el Mundial de Fútbol 2006.
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Dialogamos con Olguín sobre su obra, que ahora se engrosó con su nuevo libro, «Springfield».
Periodista: ¿Cómo fue que con una novela para adolescentes se convirtió en best seller para adultos en Alemania?
Sergio Olguín: «El equipo de los sueños» se publicó acá como novela juvenil. En Alemania, cuando la leyeron en la editorial Suhrkamp, decidieron lanzarla en edición de bolsillo, en forma masiva, y para adultos, coincidiendo con el Mundial de Fútbol, dado que la novela habla de la pelota con la que jugó Maradona. Eso hizo que me invitaran a una gira por seis ciudades alemanas, y vi a «El equipo...» llegar a estar entre los más vendidos. Habían hecho una cantidad de merchandising con el tema de la novela: pelotas de papel, afiches,de todo un poco. A partir de ahí la novela se publicó en Francia, en España y, ahora, en Italia. Y que los alemanes me compraran mi novela «Lanús» y la más reciente « Springfield».
P.: Con «Springfield» pareciera estar escribiendo una saga para adolescentes que gustan del policial y del fútbol.
S.O.: De alguna manera. En «El equipo de los sueños», tres chicos de clase media de Lanús tenían como desafío cruzar toda Villa Fiorito para rescatar la primera pelota con la que jugó Maradona. Ahora, en «Springfield», esos quinceañeros tienen como desafío cruzar la Ruta 66 de los Estados Unidos.
P.: ¿Y qué salen a buscar ahora?
S.O.: Tienen que rescatar el CPU de una computadora donde se supone que está la solución de los asesinatos de profesores que ocurrieron en el colegio secundario donde ellos están por un intercambio estudiantil. Residen en Springfield, cerca de Chicago, y sin plata tienen que cruzar 1.500 kilómetros para llegar a Arizona, a la capital de la nación Chippewa, donde está el CPU.
P.: Los manda a la ciudad de los Simpson...
S.O.: En Estados Unidos hay muchas Springfield, y ésa no es exactamente la de los Simpson. Pero podría serlo. Yo trabajo mucho con lo que me fascina de la cultura norteamericana de masas, y una son los Simpson. En la novela, los protagonistas hablan de los Simpson y de la ciudad donde ellos viven. Si a la novela le puse «Springfield» es porque es un nombre que creo reconocible por distintas generaciones.
P.: ¿Por qué le gusta subrayar la enorme influencia que tiene en usted la cultura popular norteamericana?
S.O.: En los setenta hubo una crítica político-cultural a esa cultura. Se quiso, por ejemplo, leer en clave ideológica al Pato Donald. Eso es algo superado. Que se disfrute de un hamburguesa, de un comic o de la serie «Los Soprano», no quiere decir que no se pueda buscar las causas que llevan a que un grupo de adolescentes quiera asesinar a sus compañeros. En mi novela « Springfield» aparecen lateralmente esos adolescentes que se arman para ir a hacer una matanza.
P.: Pero no por eso deja de lado uno de los condimentos de sus novelas que le dio éxito: el fútbol.
S.O.: El fútbol, predominante en la primera parte, acá está menos presente. Lo que desencadena el viaje es que el tío de Ariel contrata al trío de muchachos para que traduzcan los cantitos de las hinchadas, porque después de haber fracasado con una verdulería se dedica a traer turistas norteamericanos que vienen a estudiar con los barras bravas para saber cómo comportarse cuando van a ver básquet. Pero como ellos traducen muy mal, el tío les consigue que vayan a aprender inglés a un college que hace intercambio estudiantil con todas partes del mundo. Eso hace que haya enfrentamientos entre chicos norteamericanos, europeos, asiáticos y ellos queden un poco en el medio. Pero no creo que la marca de mi estilo sea el fútbol sino el ritmo cinematográfico, busco que mis novelas -sobre todo las para adolescentes- sean como películas, y del estilo -otra influencia- de las norteamericanas.
P.: ¿Como continuará las saga de los quinceañeros, que como Harry Potter, deberán seguir creciendo?
S.O.: Probablemente la siga más adelante, ahora tengo como proyecto un par de novelas para adultos.
P.: ¿Por qué considera éstas como juveniles, cuando en Alemania y Francia no las tomaron así?
S.O.: La literatura para jóvenes tiene para mí unos límites determinados. Yo soy un tipo bastante descontrolado en mi escritura para adultos, fundamentalmente en cuestiones de sexualidad. En «Lanús» y sobre todo en «Filo» hay mucho sexo explícito. En las juveniles, el sexo está limitado a besos y no más de eso, no hay un uso del lenguaje natural con respecto a las que se consideran malas palabras o palabras obscenas. Hay algunas (tambien la ponía Roald Dahl), pero no con la abundancia que puede haber en otro tipo de literatura. Son los límites que impone el género. A la vez el género permite cosas que en la novela de adultos por lo general un escritor no se permite, por ejemplo, mostrarse de una manera más inocente con respecto a los sentimientos. Se puede amar u odiar, luchar por pasiones que se consideran justas, defender o atacar ideas desde una especie de pureza. En fin, esos ideales que se van perdiendo junto con la adolescencia. Tanto en «El equipo...» como en «Springfield» está muy claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Eso en una novela para adultos no va; tienen una mirada más cínica. A mí, por caso, me gusta trabajar con esa ambigüedad donde el que es el protagonista bueno también es un cretino.
P.: ¿Qué tema le interesa tratar en su próxima novela?
S.O.: La muerte y la infidelidad, y la relación que existe entre una y otra. Es un tema que ha obsesionado a muchos otros escritores, por ejemplo a Juan José Millás. Creo que por primera vez voy a usar como protagonista a un escritor de novelas infantiles. Y en ese caso no se trata de armar un alter ego sino ir tras la huella del John Irving de «Una mujer difícil».
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