29 de noviembre 2000 - 00:00
Willis resiste; la película no tanto
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Willis y Jackson.
Para empezar, es poco lo que se puede contar del argumento sin «traicionar» un guión que reserva una sorpresa final como corresponde a una película de suspenso. ¿Con algo sobrenatural? Tal vez. El caso es que Willis es un hombre evidentemente abatido viajando en un tren cuyo descarrilamiento pasa fuera de pantalla y cuyas desoladoras imágenes el espectador aprecia, como el hijo del protagonista, en un noticiero de TV.
Un intrigante mensaje en el parabrisas de su auto lo incita a preguntarse cosas de su vida como, por ejemplo, si alguna vez estuvo enfermo o sufrió heridas de algún tipo. Quien lo puso ahí es un artista plástico y coleccionista de historietas ( Samuel L. Jackson, condenado, entre otras cosas, a un vestuario realmente bizarro) cuyos huesos se quiebran fácilmente debido a una enfermedad congénita, por lo que busca convencerlo de que ambos son caras de una misma moneda.
El resto de la trama ya es parte del secreto a mantener, aunque el hecho de desconocerla no garantice que siempre vaya a resultarle atrapante al espectador, por varias razones. Entre ellas que se habla demasiado, a punto tal que un mensaje en un contestador llega a hacerse intolerable; que hay demasiados tiempos muertos pese a (o a causa de) las búsquedas de cámara y otras pretensiones formales inexistentes en «Sexto sentido»; y que Shyamalan se ha tomado su película y su curioso mensaje demasiado en serio.
Ahora bien, si hay una falla imperdonable en esta película, es la actuación de Spencer Treat Clark en el papel de hijo. Desde que aparece, muy temprano en la película, es posible adivinar que esto «Sexto sentido» no es.

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