8 de diciembre 2004 - 00:00
María Rosa Gallo fue la última gran trágica
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María Rosa Gallo: para el público de teatro fue la inigualable trágica nacional. Para el más masivo de la televisión, una incomparable «mala» de telenovelas.
En 1945 ingresó en el cine con «Eramos seis», donde también debutaba quien sería su segundo marido, Tito Alonso. El primero fue el actor y director Camilo Da Passano, con quien debió irse del país en 1950, cuando de golpe, en pleno ascenso, se le cerraron todas las puertas por haberse negado a firmar uno de los habituales besamanos de la época al régimen peronista. Entonces estudió, trabajó y crió a sus pequeños hijos Alejandra y Claudio en Italia, integrándose a compañías de Roma y Milán (la de Giorgio Strehler) con las que recorrió la península, hasta alcanzar un raro elogio del «Corriere della Sera»: «Al fin el teatro encontró la actriz capaz de recitar en un italiano artístico perfecto, sin ninguna inflexión dialectal».
Desgraciadamente, el padre falleció durante su ausencia. En 1957 toda la familia volvió al país, ella entró en la televisión (ciclo de teatro universal de Raúl Rossi) y formó destacada compañía teatral, acaso la mejor del momento, con Osvaldo Bonet (director) y Alfredo Alcón, luciendo desde el gracioso y muy difícil clásico español «El perro del hortelano» hasta la novedad inglesa del momento, « Recordando con ira». De entonces datan «La mano en la trampa» y «La cifra impar», considerados como sus mejores trabajos en el cine, aunque no deberían olvidarse los anteriores «La barca sin pescador» y «La muerte está mintiendo», con Ibáñez Menta. Curiosamente, su único premio internacional no lo obtendría por ninguna de esas obras, sino por una posterior película de terror, «La casa de las siete tumbas».
En 1963 se reencontró con Tito Alonso, y formaron pareja, tanto matrimonial como artística, en esto último tomandocomo base de repertoriolas comedias de un ascendente autor argentino, Roberto Cossa. El equipo tuvo incluso su propio teleteatro, «Dos en la ciudad», un éxito popular que le valió a la actriz el Martín Fierro 1965, pero que ella misma levantó en pleno éxito, por solidaridad con Francisco Petrone, a quien acababan de echar del canal, y a quien terminó regalando el premio.
«La Gallo» ya era una primera figura de la escena. Pero la coronación llegó cuando en 1972, un año de marcada crisis política, Bonet puso en escena el clásico «Las troyanas», de Eurípides, versión Sartre-Martínez Sierra, aquella historia de dolores y reclamos pacifistas frente a la guerra fratricida. Ahí, junto a José María Gutiérrez, Luisina Brando, Selva Alemán, Graciela Araujo y Walter Santa Ana brilló también su hermano José Antonio Gallo, como preparador del coro griego integrado entre otras mujeres por Nora Blay,Alicia Bellan, Graciela Dufau, Cristina Murta, Cecilia Rossetto, Catalina Speroni y María Estela Lorca. Pero el hermano murió muy poco después, y ese golpe afectó fuertemente la salud de la artista, que en 1977 debió ser internada y operada de urgencia tras una función de «La casa de Bernarda Alba».
Por suerte se recuperó más pronto de lo esperado, y hasta recorrió el país, y varios otros países, con diversas obras, y, menos esforzadamente, con recitales de monólogos y poesías, a veces junto con su hija Alejandra Da Passano, con quien también hizo un programa televisivo. En ese campo integró ciclos de teatro universal, sucesivamente dirigida por Raúl Rossi, David Stivel, Carlos Muñoz y Sergio Renán.




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