Las capacidades producen nuevas capacidades
Una de las ideas más poderosas surgidas de ese trabajo podría resumirse en una fórmula de apariencia sencilla: skill begets skill. Las capacidades producen nuevas capacidades. Aprender facilita aprender; desarrollar tempranamente ciertas habilidades aumenta el rendimiento de las inversiones que vendrán después.
Heckman y sus colaboradores llaman a este proceso complementariedad dinámica: lo adquirido en una etapa modifica la productividad de aquello que podrá adquirirse en la siguiente. No estamos, por lo tanto, frente a una sucesión independiente de aprendizajes, sino frente a una estructura acumulativa en la que las ventajas y las desventajas tienden a reproducirse.
Es una idea económica, pero también una advertencia política formidable.
Durante demasiado tiempo hemos imaginado el desarrollo como si fuera fundamentalmente un problema de stocks visibles. Capital, infraestructura, energía, recursos naturales, tecnología. Todos ellos importan, naturalmente.
Pero detrás de cada uno existe otro stock mucho menos evidente: personas capaces de aprender, perseverar, confiar, coordinarse, respetar reglas, postergar recompensas, resolver problemas y trabajar con otros.
Heckman mostró además que muchas de esas capacidades que solemos tratar como rasgos secundarios —motivación, autocontrol, perseverancia, habilidades sociales— tienen efectos relevantes sobre resultados educativos, laborales y sociales, y que su formación no depende exclusivamente de la escuela. La familia, los entornos de socialización y posteriormente las organizaciones en las que las personas trabajan forman también parte del proceso.
Aquí el capital humano empieza a encontrarse con algo sobre lo que venimos reflexionando desde otra perspectiva: el capital social. Porque ninguna sociedad está constituida simplemente por individuos que acumulan capacidades en aislamiento.
Esas capacidades se despliegan dentro de redes de confianza, reciprocidad, expectativas compartidas y reglas que permiten cooperar con personas que no pertenecen al círculo inmediato.
El capital económico puede comprar una máquina; el capital humano permite operarla, mejorarla y eventualmente inventar otra; el capital social hace posible que cientos o miles de desconocidos coordinen esfuerzos para que todo aquello forme parte de una organización productiva. Pensarlos por separado puede servir analíticamente. En la vida real se potencian o se destruyen juntos.
La lección de Singapur y las falsas oposiciones argentinas
Esa interacción permite entender mejor por qué algunas sociedades parecen escapar rápidamente de la pobreza mientras otras pueden permanecer durante décadas atrapadas incluso después de haber ensayado reformas económicas razonables.
Singapur constituye probablemente uno de los casos más interesantes. Su transformación no consistió simplemente en liberar mercados ni, en sentido inverso, en reemplazarlos por planificación estatal. Consistió en construir sistemáticamente las capacidades que permitieran aprovecharlos.
Educación, formación técnica, adaptación permanente de la fuerza laboral, burocracia competente y coordinación entre Estado, empresas y trabajadores acompañaron la transformación de una economía intensiva en trabajo hacia actividades progresivamente más complejas.
La lección resulta especialmente incómoda para una Argentina acostumbrada a discutir el desarrollo mediante oposiciones demasiado simples. Estado o mercado. Gasto o ajuste. Regulación o libertad.
Cada una de esas discusiones puede ser necesaria, pero ninguna resuelve por sí sola el problema de fondo. Un mercado competitivo puede asignar recursos extraordinariamente bien, pero no puede utilizar capacidades que una sociedad dejó de producir. Tampoco un Estado puede decretarlas.
Construirlas exige familias, escuelas, empresas, comunidades e instituciones que durante años sostengan comportamientos relativamente consistentes.
Por eso la pregunta sobre si es posible recuperar una generación merece ser planteada con cuidado. Heckman ofrece aquí una respuesta bastante menos cómoda que el optimismo voluntarista, pero también menos desesperanzada que el determinismo.
Las inversiones tempranas poseen rendimientos particularmente altos porque facilitan los aprendizajes posteriores. En su análisis del Perry Preschool Program, por ejemplo, Heckman y sus colaboradores estimaron retornos sociales anuales significativos durante décadas.
Reparar mucho más tarde déficits acumulados puede resultar considerablemente más difícil y costoso. Pero de allí no se deriva que todo esté perdido después de determinada edad. Algunas capacidades, especialmente las vinculadas con la conducta, la motivación, la perseverancia y determinadas habilidades laborales, continúan siendo susceptibles de intervención durante etapas posteriores de la vida.
La diferencia es que cuanto más se demora una sociedad, más costoso, específico y exigente se vuelve el proceso de reparación.
Esta distinción importa porque modifica el modo en que deberíamos pensar la política pública. Una generación deteriorada no se recupera simplemente ampliando escolaridad, distribuyendo recursos o ofreciendo cursos de capacitación desconectados de trayectorias reales.
Si las capacidades son acumulativas, también deben serlo las intervenciones. Primera infancia, escuela, formación profesional, inserción laboral, organizaciones productivas y redes comunitarias forman parte de una misma secuencia.
El problema argentino es que solemos administrarlas como compartimentos separados y, con demasiada frecuencia, como políticas destinadas a reparar la consecuencia anterior en lugar de impedir la siguiente.
El capital puede volver antes que las capacidades
Argentina enfrenta probablemente allí uno de sus problemas estratégicos más graves. Una generación atravesada por pobreza persistente, deterioro educativo, informalidad, fragmentación social y debilitamiento de instituciones comunitarias no representa solamente una emergencia distributiva presente. Es también una restricción futura al crecimiento.
Incluso si mañana fueran corregidos algunos de nuestros desequilibrios macroeconómicos más importantes, seguiría existiendo una pregunta anterior a cualquier discusión sobre inversiones: quiénes estarán en condiciones de aprovecharlas.
Tal vez por eso resulte insuficiente imaginar la recuperación argentina exclusivamente como el regreso del capital. El capital puede volver mucho antes que las capacidades necesarias para transformarlo en desarrollo.
Y cuando esas capacidades escasean aparecen cuellos de botella, desigualdades crecientes, empleos que no encuentran trabajadores y trabajadores que no encuentran empleos, aun cuando ambas cosas convivan en el mismo territorio.
Singapur entendió algo que nosotros todavía discutimos. El desarrollo no comienza cuando llega la inversión, sino cuando existe una sociedad capaz de absorberla, multiplicarla y convertirla en capacidades nuevas.
Heckman agrega una dimensión todavía más profunda: esa sociedad empieza a construirse mucho antes, en etapas en las que todavía no hay productividad que medir ni indicadores económicos que celebrar.
Y la teoría del capital social completa el cuadro: tampoco basta con individuos capacitados si han perdido la capacidad de confiar, cooperar y construir instituciones comunes.
La discusión verdaderamente importante comienza entonces un poco antes de donde solemos situarla. No se trata solamente de cuánto crecerá Argentina, sino de qué clase de sociedad estará en condiciones de sostener ese crecimiento cuando finalmente llegue.
Quizá una nación empiece a perder su futuro mucho antes de advertir que se ha empobrecido. Pero la proposición inversa también debería ser cierta: puede comenzar a recuperarlo mucho antes de que esa recuperación aparezca en cualquier estadística económica.
Analista y Director de consiliari.com.ar